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jueves, 20 de julio de 2017

Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (Católicos-Luteranos)

DECLARACIÓN CONJUNTA
SOBRE LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN

 
(Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, a la que en 2006 se adhirió la Iglesia Metodista y en 2017 la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas.)

Preámbulo

1. La doctrina de la justificación tuvo una importancia capital para la Reforma luterana del siglo XVI. De hecho, sería el «artículo primero y principal»[1], a la vez, «rector y juez de las demás doctrinas cristianas»[2]. La versión de entonces fue sostenida y defendida en particular por su singular apreciación contra la teología y la iglesia católicas romanas de la época que, a su vez, sostenían y defendían una doctrina de la justificación de otra índole. Desde la perspectiva de la Reforma, la justificación era la raíz de todos los conflictos, y tanto en las Confesiones luteranas[3] como en el Concilio de Trento de la Iglesia Católica Romana hubo condenas de una y otra doctrinas. Estas últimas siguen vigentes, provocando divisiones dentro de la iglesia.

2. Para la tradición luterana, la doctrina de la justificación conserva esa condición particular. De ahí que desde un principio, ocupara un lugar preponderante en al diálogo oficial luterano-católico romano.

3. Al respecto, les remitimos a los informes The Gospel and the Church (1972)[4] y Church and Justification (1994)[5] de la Comisión luterano-católico romana; Justification by Faith (1983)[6] del Diálogo luterano-católico romano de los EE.UU. y The Condemnations of the Reformation Era - Do They Still Divide? (1986)[7] del Grupo de trabajo ecuménico de teólogos protestantes y católicos de Alemania. Las iglesias han acogido oficialmente algunos de estos informes de los diálogos; ejemplo importante de esta acogida es la respuesta vinculante que en 1994 dio la Iglesia Evangélica Unida de Alemania al estudio Condemnations al más alto nivel posible de reconocimiento eclesiástico, junto con las demás iglesias de la Iglesia Evangélica de Alemania.[8]

4. Respecto a los debates sobre la doctrina de la justificación, tanto los enfoques y conclusiones de los informes de los diálogos como las respuestas trasuntan un alto grado de acuerdo. Por lo tanto, ha llegado la hora de hacer acopio de los resultados de los diálogos sobre esta doctrina y resumirlos para informar a nuestras iglesias acerca de los mismos a efectos de que puedan tomar las consiguientes decisiones vinculantes.

5. Una de las finalidades de la presente Declaración conjunta es demostrar que a partir de este diálogo, las iglesias luterana y católica romana[9] se encuentran en posición de articular una interpretación común de nuestra justificación por la gracia de Dios mediante la fe en Cristo. Cabe señalar que no engloba todo lo que una y otra iglesia enseñan acerca de la justificación, limitándose a recoger el consenso sobre las verdades básicas de dicha doctrina y demostrando que las diferencias subsistentes en cuanto a su explicación, ya no dan lugar a condenas doctrinales.

6. Nuestra declaración no es un planteamiento nuevo e independiente de los informes de los diálogos y demás documentos publicados hasta la fecha; tampoco los sustituye. Más bien, tal como lo demuestra la lista de fuentes que figura en anexo, se nutre de los mismos y de los argumentos expuestos en ellos.

7. Al igual que los diálogos en sí, la presente Declaración conjunta se funda en el convicción de que al superar las cuestiones controvertidas y las condenas doctrinales de otrora, las iglesias no toman estas últimas a la ligera y reniegan su propio pasado. Por el contrario, la declaración está impregnada de la convicción de que en sus respectivas historias, nuestras iglesias han llegado a nuevos puntos de vista. Hubo hechos que no solo abrieron el camino sino que también exigieron que las iglesias examinaran con nuevos ojos aquellas condenas y cuestiones que eran fuente de división.

1. El mensaje bíblico de la justificación

8. Nuestra escucha común de la palabra de Dios en las Escrituras ha dado lugar a nuevos enfoques. Juntos oímos lo que dice el evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eterna» (San Juan 3:16). Esta buena nueva se plantea de diversas maneras en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento escuchamos la palabra de Dios acerca del pecado (Sal 51:1-5; Dn 9:5 y ss; Ec 8:9 y ss; Esd 9:6 y ss.) y la desobediencia humanos (Gn 3:1-19 y Neh 9:16-26), así como la «justicia» (Is 46:13; 51:5-8; 56:1; cf. 53:11; Jer 9:24) y el «juicio» de Dios (Ec 12:14; Sal 9:5 y ss; y 76:7-9).

9. En el Nuevo testamento se alude de diversas maneras a la «justicia» y la «justificación» en los escritos de San Mateo (5:10; 6:33 y 21:32), San Juan (16:8-11); Hebreos (5:1-3 y 10:37-38), y Santiago (2:14-26).[10] En las epístolas de San Pablo también se describe de varias maneras el don de la salvación, entre ellas: «Estad pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gá 5:1-13, cf. Ro 6:7); «Y todo esto proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo» (2 Co 5:18-21, cf. Ro 5:11); «tenemos paz para con Dios» (Ro 5:1); «nueva criatura es» (2 Co 5:17); «vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:11-23) y «santificados en Cristo Jesús» (1 Co 1:2 y 1:31; 2 Co 1:1) A la cabeza de todas ellas está la «justificación» del pecado de los seres humanos por la gracia de Dios por medio de la fe (Ro 3:23-25), que cobró singular relevancia en el período de la Reforma.

10. San Pablo asevera que el evangelio es poder de Dios para la salvación de quien ha sucumbido al pecado; mensaje que proclama que «la justicia de Dios se revela por fe y para fe» (Ro 1:16-17) y ello concede la «justificación» (Ro 3:21-31). Proclama a Jesucristo «nuestra justificación» (1 Co 1:30) atribuyendo al Señor resucitado lo que Jeremías proclama de Dios mismo (23:6). En la muerte y resurrección de Cristo están arraigadas todas las dimensiones de su labor redentora porque él es «Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Todo ser humano tiene necesidad de la justicia de Dios «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 1:18; 2:23 3:22; 11:32 y Gá 3:22). En Gálatas 3:6 y Romanos 4:3-9, San Pablo entiende que la fe de Abraham (Gn 15:6) es fe en un Dios que justifica al pecador y recurre al testimonio del Antiguo Testamento para apuntalar su prédica de que la justicia le será reconocida a todo aquel que, como Abraham, crea en la promesa de Dios. «Mas el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17 y Hab 2:4, cf. Gá 3:11). En las epístolas de San Pablo, la justicia de Dios es también poder para aquellos que tienen fe (Ro 1:17 y 2 Co 5:21). Él hace de Cristo justicia de Dios para el creyente (2 Co 5:21). La justificación nos llega a través de Cristo Jesús «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:2; véase 3:21-28). «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras...» (Ef 2:8-9).

11. La justificación es perdón de los pecados (cf. Ro 3:23-25; Hechos 13:39 y San Lucas 18:14), liberación del dominio del pecado y la muerte (Ro 5:12-21) y de la maldición de la ley (Gá 3:10-14) y aceptación de la comunión con Dios: ya pero no todavía plenamente en el reino de Dios a venir (Ro 5:12). Ella nos une a Cristo, a su muerte y resurrección (Ro 6: 5). Se opera cuando acogemos al Espíritu Santo en el bautismo, incorporándonos al cuerpo que es uno (Ro 8:1-2 y 9-11; y 1 Co 12:12-13). Todo ello proviene solo de Dios, por la gloria de Cristo y por gracia mediante la fe en «el evangelio del Hijo de Dios» (Ro 1:1-3).

12. Los justos viven por la fe que dimana de la palabra de Cristo (Ro 10:17) y que obra por el amor (Gá 5:6), que es fruto del Espíritu (Gá 5:22) pero como los justos son asediados desde dentro y desde fuera por poderes y deseos (Ro 8:35-39 y Gá 5:16-21) y sucumben al pecado (1 Jn 1:8 y 10) deben escuchar una y otra vez las promesas de Dios y confesar sus pecados (1 Jn 1:9), participar en el cuerpo y la sangre de Cristo y ser exhortados a vivir con justicia, conforme a la voluntad de Dios. De ahí que el Apóstol diga a los justos: «...ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Flp 2:12-13). Pero ello no invalida la buena nueva: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1) y en quienes Cristo vive (Gá 2:20). Por la justicia de Cristo «vino a todos los hombres la justificación que produce vida» (Ro 5:18).

2. La doctrina de la justificación en cuanto problema ecuménico

13. En el siglo XVI, las divergencias en cuanto a la interpretación y aplicación del mensaje bíblico de la justificación no solo fueron la causa principal de la división de la iglesia occidental, también dieron lugar a las condenas doctrinales. Por lo tanto, una interpretación común de la justificación es indispensable para acabar con esa división. Mediante el enfoque apropiado de estudios bíblicos recientes y recurriendo a métodos modernos de investigación sobre la historia de la teología y los dogmas, el diálogo ecuménico entablado después del Concilio Vaticano II ha permitido llegar a una convergencia notable respecto a la justificación, cuyo fruto es la presente declaración conjunta que recoge el consenso sobre los planteamientos básicos de la doctrina de la justificación. A la luz de dicho consenso, las respectivas condenas doctrinales del siglo XVI ya no se aplican a los interlocutores de nuestros días.

3. La interpretación común de la justificación


14. Las iglesias luterana y católica romana han escuchado juntas la buena nueva proclamada en las Sagradas Escrituras. Esta escucha común, junto con las conversaciones teológicas mantenidas en estos últimos años, forjaron una interpretación de la justificación que ambas comparten. Dicha interpretación engloba un consenso sobre los planteamientos básicos que, aun cuando difieran, las explicaciones de las respectivas declaraciones no contradicen.

15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conforme con la voluntad del Padre. Juntos confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11]

16. Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en palabra y sacramento en la comunidad de creyente y que, a la vez, les conduce a la renovación de su vida que Dios habrá de consumar en la vida eterna.

17. También compartimos la convicción de que el mensaje de la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que de Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio cualquiera que este sea.

18. Por consiguiente, la doctrina de la justificación que recoge y explica este mensaje es algo más que un elemento de la doctrina cristiana y establece un vínculo esencial entre todos los postulados de la fe que han de considerarse internamente relacionados entre sí. Constituye un criterio indispensable que sirve constantemente para orientar hacia Cristo el magisterio y la práctica de nuestras iglesias. Cuando los luteranos resaltan el significado sin parangón de este criterio, no niegan la interrelación y el significado de todos los postulados de la fe. Cuando los católicos se ven ligados por varios criterios, tampoco niegan la función peculiar del mensaje de la justificación. Luteranos y católicos compartimos la meta de confesar a Cristo en quien debemos creer primordialmente por ser el solo mediador (1 Ti 2:5-6) a través de quien Dios se da a sí mismo en el Espíritu Santo y prodiga sus dones renovadores (cf. fuentes de la sección 3).

4. Explicación de la interpretación común de la justificación

4.1 La impotencia y el pecado humanos respecto a la justificación

19. Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios. La libertad de la cual dispone respecto a las personas y las cosas de este mundo no es tal respecto a la salvación porque por ser pecador depende del juicio de Dios y es incapaz de volverse hacia él en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios. La justificación es obra de la sola gracia de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

20.Cuando los católicos afirman que el ser humano «coopera", aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana.

21.Según la enseñanza luterana, el ser humano es incapaz de contribuir a su salvación porque en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que el creyente participa plena y personalmente en su fe, que se realiza por la Palabra de Dios.

4.2 La justificación en cuanto perdón del pecado y fuente de justicia

22.Juntos confesamos que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador del pecado, confiriéndole el don de una nueva vida en Cristo. Cuando los seres humanos comparten en Cristo por fe, Dios ya no les imputa sus pecados y mediante el Espíritu Santo les transmite un amor activo. Estos dos elementos del obrar de la gracia de Dios no han de separarse porque los seres humanos están unidos por la fe en Cristo que personifica nuestra justificación (1 Co 1:30): perdón del pecado y presencia redentora de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

23. Cuando los luteranos ponen el énfasis en que la justicia de Cristo es justicia nuestra, por ello entienden insistir sobre todo en que la justicia ante Dios en Cristo le es garantida al pecador mediante la declaración de perdón y tan solo en la unión con Cristo su vida es renovada. Cuando subrayan que la gracia de Dios es amor redentor («el favor de Dios»)[12] no por ello niegan la renovación de la vida del cristiano. Más bien quieren decir que la justificación está exenta de la cooperación humana y no depende de los efectos renovadores de vida que surte la gracia en el ser humano.

24. Cuando los católicos hacen hincapié en la renovación de la persona desde dentro al aceptar la gracia impartida al creyente como un don,[13] quieren insistir en que la gracia del perdón de Dios siempre conlleva un don de vida nueva que en el Espíritu Santo, se convierte en verdadero amor activo. Por lo tanto, no niegan que el don de la gracia de Dios en la justificación sea independiente de la cooperación humana (cf. fuentes de la sección 4.2).

4.3 Justificación por fe y por gracia

25. Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo. Por obra del Espíritu Santo en el bautismo, se le concede el don de salvación que sienta las bases de la vida cristiana en su conjunto. Confían en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora que es esperanza en Dios y amor por él. Dicha fe es activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras, pero todo lo que en el ser humano antecede o sucede al libre don de la fe no es motivo de justificación ni la merece.

26.Según la interpretación luterana, el pecador es justificado sólo por la fe (sola fide). Por fe pone su plena confianza en el Creador y Redentor con quien vive en comunión. Dios mismo insufla esa fe, generando tal confianza en su palabra creativa. Porque la obra de Dios es una nueva creación, incide en todas las dimensiones del ser humano, conduciéndolo a una vida de amor y esperanza. En la doctrina de la «justificación por la sola fe» se hace una distinción, entre la justificación propiamente dicha y la renovación de la vida que forzosamente proviene de la justificación, sin la cual no existe la fe, pero ello no significa que se separen una y otra. Por consiguiente, se da el fundamento de la renovación de la vida que proviene del amor que Dios otorga al ser humano en la justificación. Justificación y renovación son una en Cristo quien está presente en la fe.

27. En la interpretación católica también se considera que la fe es fundamental en la justificación. Porque sin fe no puede haber justificación. El ser humano es justificado mediante el bautismo en cuanto oyente y creyente de la palabra. La justificación del pecador es perdón de los pecados y volverse justo por la gracia justificadora que nos hace hijos de Dios. En la justificación, el justo recibe de Cristo la fe, la esperanza y el amor, que lo incorporan a la comunión con él.[14] Esta nueva relación personal con Dios se funda totalmente en la gracia y depende constantemente de la obra salvífica y creativa de Dios misericordioso que es fiel a sí mismo para que se pueda confiar en él. De ahí que la gracia justificadora no sea nunca una posesión humana a la que se pueda apelar ante Dios. La enseñanza católica pone el énfasis en la renovación de la vida por la gracia justificadora; esta renovación en la fe, la esperanza y el amor siempre depende de la gracia insondable de Dios y no contribuye en nada a la justificación de la cual se podría hacer alarde ante Él (Ro 3:27). (Véase fuentes de la sección 4.3)

4.4 El pecador justificado

28. Juntos confesamos que en el bautismo, el Espíritu Santo nos hace uno en Cristo, justifica y renueva verdaderamente al ser humano, pero el justificado, a lo largo de toda su vida, debe acudir constantemente a la gracia incondicional y justificadora de Dios. Por estar expuesto, también constantemente, al poder del pecado y a sus ataques apremiantes (cf. Ro 6:12-14), el ser humano no está eximido de luchar durante toda su vida con la oposición a Dios y la codicia egoísta del viejo Adán (cf. Gá 5:16 y Ro 7:7-10). Asimismo, el justificado debe pedir perdón a Dios todos los días, como en el Padrenuestro (Mt 6:12 y 1 Jn 1:9), y es llamado incesantemente a la conversión y la penitencia, y perdonado una y otra vez.

29. Los luteranos entienden que ser cristiano es ser «al mismo tiempo justo y pecador». El creyente es plenamente justo porque Dios le perdona sus pecados mediante la Palabra y el Sacramento, y le concede la justicia de Cristo que él hace suya en la fe. En Cristo, el creyente se vuelve justo ante Dios pero viéndose a sí mismo, reconoce que también sigue siendo totalmente pecador; el pecado sigue viviendo en él (1 Jn 1:8 y Ro 7:17-20), porque se torna una y otra vez hacia falsos dioses y no ama a Dios con ese amor íntegro que debería profesar a su Creador (Dt 6:5 y Mt 22:36-40). Esta oposición a Dios es en sí un verdadero pecado pero su poder avasallador se quebranta por mérito de Cristo y ya no domina al cristiano porque es dominado por Cristo a quien el justificado está unido por la fe. En esta vida, entonces, el cristiano puede llevar una existencia medianamente justa. A pesar del pecado, el cristiano ya no está separado de Dios porque renace en el diario retorno al bautismo, y a quien ha renacido por el bautismo y el Espíritu Santo, se le perdona ese pecado. De ahí que el pecado ya no conduzca a la condenación y la muerte eterna.[15] Por lo tanto, cuando los luteranos dicen que el justificado es también pecador y que su oposición a Dios es un pecado en sí, no niegan que, a pesar de ese pecado, no sean separados de Dios y que dicho pecado sea un pecado «dominado». En estas afirmaciones coinciden con los católicos romanos, a pesar de la diferencia de la interpretación del pecado en el justificado.

30. Los católicos mantienen que la gracia impartida por Jesucristo en el bautismo lava de todo aquello que es pecado «propiamente dicho» y que es pasible de «condenación» (Ro 8:1).[16] Pero de todos modos, en el ser humano queda una propensión (concupiscencia) que proviene del pecado y compele al pecado. Dado que según la convicción católica, el pecado siempre entraña un elemento personal y dado que este elemento no interviene en dicha propensión, los católicos no la consideran pecado propiamente dicho. Por lo tanto, no niegan que esta propensión no corresponda al designio inicial de Dios para la humanidad ni que esté en contradicción con Él y sea un enemigo que hay que combatir a lo largo de toda la vida. Agradecidos por la redención en Cristo, subrayan que esta propensión que se opone a Dios no merece el castigo de la muerte eterna[17] ni aparta de Dios al justificado. Ahora bien, una vez que el ser humano se aparta de Dios por voluntad propia, no basta con que vuelva a observar los mandamientos ya que debe recibir perdón y paz en el Sacramento de la Reconciliación mediante la palabra de perdón que le es dado en virtud de la labor reconciliadora de Dios en Cristo (véase fuentes de la sección 4.4).

4.5 Ley y evangelio

31. Juntos confesamos que el ser humano es justificado por la fe en el evangelio «sin las obras de la Ley» (Ro 3:28). Cristo cumplió con ella y, por su muerte y resurrección, la superó en cuanto medio de salvación. Asimismo, confesamos que los mandamientos de Dios conservan toda su validez para el justificado y que Cristo, mediante su magisterio y ejemplo, expresó la voluntad de Dios que también es norma de conducta para el justificado.

32. Los luteranos declaran que para comprender la justificación es preciso hacer una distinción y establecer un orden entre ley y evangelio. En teología, ley significa demanda y acusación. Por ser pecadores, a lo largo de la vida de todos los seres humanos, cristianos incluidos, pesa esta acusación que revela su pecado para que mediante la fe en el evangelio se encomienden sin reservas a la misericordia de Dios en Cristo que es la única que los justifica.

33. Puesto que la ley en cuanto medio de salvación fue cumplida y superada a través del evangelio, los católicos pueden decir que Cristo no es un «legislador» como lo fue Moisés. Cuando los católicos hacen hincapié en que el justo está obligado a observar los mandamientos de Dios, no por ello niegan que mediante Jesucristo, Dios ha prometido misericordiosamente a sus hijos, la gracia de la vida eterna[18] (véase fuentes de la sección 4.5)

4.6 Certeza de salvación

34. Juntos confesamos que el creyente puede confiar en la misericordia y las promesas de Dios. A pesar de su propia flaqueza y de las múltiples amenazas que acechan su fe, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo puede edificar a partir de la promesa efectiva de la gracia de Dios en la Palabra y el Sacramento y estar seguros de esa gracia.

35. Los reformadores pusieron un énfasis particular en ello: En medio de la tentación, el creyente no debería mirarse a sí mismo sino contemplar únicamente a Cristo y confiar tan solo en él. Al confiar en la promesa de Dios tiene la certeza de su salvación que nunca tendrá mirándose a sí mismo.

36. Los católicos pueden compartir la preocupación de los reformadores por arraigar la fe en la realidad objetiva de la promesa de Cristo, prescindiendo de la propia experiencia y confiando solo en la palabra de perdón de Cristo (cf. Mt 16:19 y 18:18). Con el Concilio Vaticano II, las católicos declaran: Tener fe es encomendarse plenamente a Dios[19] que nos libera de la oscuridad del pecado y la muerte y nos despierta a la vida eterna.[20] Al respecto, cabe señalar que no se puede creer en Dios y, a la vez, considerar que la divina promesa es indigna de confianza. Nadie puede dudar de la misericordia de Dios ni del mérito de Cristo. No obstante, todo ser humano puede interrogarse acerca de su salvación, al constatar sus flaquezas e imperfecciones. Ahora bien, reconociendo sus propios defectos, puede tener la certeza de que Dios ha previsto su salvación (véase fuentes de la sección 4.6).

4.7 Las buenas obras del justificado

37. Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor.

38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humanos por sus actos.

39. Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios «méritos", también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una «recompensa» inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente.

5. Significado y alcance del consenso logrado

40. La interpretación de la doctrina de la justificación expuesta en la presente declaración demuestra que entre luteranos y católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de dicha doctrina. A la luz de este consenso, las diferencias restantes de lenguaje, elaboración teológica y énfasis, descritas en los párrafos 18 a 39, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias de las explicaciones luterana y católica de la justificación están abiertas unas a otras y no desbaratan el consenso relativo a los postulados fundamentales.

41. De ahí que las condenas doctrinales del siglo XVI, por lo menos en lo que atañe a la doctrina de la justificación, se vean con nuevos ojos: Las condenas del Concilio de Trento no se aplican al magisterio de las iglesias luteranas expuesto en la presente declaración y, la condenas de las Confesiones Luteranas, no se aplican al magisterio de la Iglesia Católica Romana, expuesto en la presente declaración.

42. Ello no quita seriedad alguna a las condenas relativas a la doctrina de la justificación. Algunas distaban de ser simples futilidades y siguen siendo para nosotros «advertencias saludables» a las cuales debemos atender en nuestro magisterio y práctica.[21]

43. Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación debe llegar a influir en la vida y el magisterio de nuestras iglesias. Allí se comprobará. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor o menor importancia que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas tales como: La relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la iglesia, eclesiología, autoridad en la iglesia, ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y ética social. Estamos convencidos de que el consenso que hemos alcanzado sienta sólidas bases para esta aclaración. Las iglesias luteranas y la Iglesia Católica Romana seguirán bregando juntas por profundizar esta interpretación común de la justificación y hacerla fructificar en la vida y el magisterio de las iglesias.

44. Damos gracias al Señor por este paso decisivo en el camino de superar la división de la iglesia. Pedimos al Espíritu Santo que nos siga conduciendo hacia esa unidad visible que es voluntad de Cristo.


Iglesia Católica - Federación Luterana Mundial.
Augsburgo, 31 de octubre de 1999 


______

N.de T. Se dejaron en inglés o alemán las notas al pie de página y los documentos de referencia que no se han publicado en español.

[1]Artículos de Esmascalda, II, 1; Libro de concordia, 292.

[2]«Rector et judex super omnia genera doctrinarum», Weimar Edition of Luther's Works (WA), 39,I,205.

[3]Cabe señalar que las confesiones vinculantes de algunas iglesias luteranas solo abarcan la Confesión de Augsburgo y el Catecismo menor de Lutero, textos que no contienen condenas acerca de la justificación en relación con la Iglesia Católica Romana.

[4]Report of the Joint Lutheran-Roman Catholic Study Commission, published in Growth in Agreement (New York; Geneva, 1984) - pp.168-189.

[5]Published by the Lutheran World Federation (Geneva, 1994).

[6]Lutheran and Catholics in Dialogue VII (Minneapolis, 1985).

[7]Minneapolis, 1990.

[8]Gemeinsame Stellungnahme der Arnoldshainer Konferenz, der Vereinigten Kirche und des Deutschen Nationalkomitees des Lutherischen Weltbundes zum Dokument «Lehrverurteilungen-kirchentrennend?», Ökumenische Rundschau 44 (1995):99-102; including the position papers which underlie this resolution, cf. Lehrverurteilungen im Gespräch, Die ersten offiziellen Stellungnahmen aus den evangelischen Kirchen in Deutschland (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 1993).

[9]En la presente declaración, la palabra «iglesia» se utiliza para reflejar las propias interpretaciones de las iglesias participantes sin que se pretenda resolver ninguna de las cuestiones eclesiológicas relativas a dicho término.

[10]Cf.Malta Report paras. 26-30 y Justification by Faith, paras. 122-147. At the request of the US dialogue on justification, the non-Pauline New Testament texts were addressed in Righteousness in the New Testament, by John Reumann, with responses by Joseph A. Fitzmyer and Jerome D.Quinn (Philadelphia; New York: 1982), pp.124-180. The results of this study were summarized in the dialogue report Justification by Faith in paras 139-142.

[11]All Under One Christ, para 14 in Growth in Agreement, 241-247.

[12]Cf.WA 8:106; American Edition 32:227.

[13]Cf. DS 1528.

[14]Cf. DS 1530.

[15]Cf. Apology II:38-45, Libro de concordia, 105f.

[16]Cf. DS 1515.

[17]Cf. DS 1515.

[18]Cf. DS 1545.

[19]Cf. DV 5.

[20]Cf. DV 4.

[21]Condemnations of the Reformation Era,27.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Reseña de los grupos separados de la Iglesia catolica y las múltiples divisiones del protestantismo

La Iglesia católica de nuestro de nuestro Señor Jesucristo fue fundada hace cerca de 2,000 años, y en estos dos milenios, tristemente, ha tenido que enfrentar no en pocas ocasiones las dolorosas rupturas en su seno.

En las últimas décadas, luego del Concilio Vaticano II, la Iglesia, como madre que es, se ha esforzado por reunir de nueva cuenta a sus hijos, y ha puesto empeño en el diálogo con quienes se han separado de ella a fin de que en algún momento se restablezca la unidad tan anhelada por su fundador, como nos dice la Sagrada Escritura en San Juan 17:21 "para que todos sean uno. Como tu Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Aquí hacemos un recuento breve de las principales rupturas y de las subdivisiones que a su vez han surgido en los grupos que se han separado de la comunión con la Iglesia:

El cisma de oriente

En el año 1054 ocurrió una muy dolorosa división en el cristianismo, pues la Iglesia Universal vería fraccionarse a las iglesias de oriente, representadas en sus cuatro principales patriarcados (Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén). Al conjunto de todos estos patriarcados orientales es a lo que hoy conocemos como 'Iglesia Ortodoxa' y a sus fieles como 'Ortodoxos' o 'Católicos Ortodoxos'.

Si bien formalmente el gran detonante de la ruptura fue el tema teológico del Filioque, también, muy lamentablemente, influyeron temas de carácter político, pues la Iglesia de oriente estaba en territorio del imperio bizantino y la Iglesia de occidente en el territorio del sacro imperio romano germánico, éste último fundado menos de un siglo antes de la ruptura, y que inevitablemente comenzó a rivalizar con su contraparte oriental, lo que de manera directa o indirecta vició las relaciones entre ambos "pulmones de la Iglesia".

El Filioque es una expresión en latín que significa "y del hijo", una adición al Credo en la parte que dice "Creo en el Espíritu Santo que procede del Padre [y del hijo]". El Filioque no estaba incluido en el primer Credo aprobado en los Concilios de Nicea del año 325 y de Constantinopla del 381, pero la Iglesia latina lo incluyó en el Concilio de Toledo del año 589, como un intento de socavar la influencia de los herejes arrianos que negaban la divinidad de Jesús. Sin embargo en oriente nunca aceptaron la adición del Filioque al Credo y esta diferencia terminó por estallar en el año 1054, cuando el Papa León IX excomulgó al Arzobispo y Patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario.

En los últimos años los acercamientos entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa son cada vez más constantes y abonan a la esperanza de una posible reconciliación en un futuro cercano.

El cisma de occidente.


- Principales figuras.

Lutero


El otro gran cisma es el de occidente, mejor conocido, aunque no es el término más preciso, como "reforma protestante" en el siglo XVI. La llamada "reforma" comenzó con la publicación de las 95 tesis del monje agustino Martín Lutero (supuestamente clavadas en la catedral de Wittenberg en Alemania, aunque este acontecimiento en particular más bien podría tratarse de un mito) en 1517, en las que el religioso alemán protesta contra los abusos de algunos clérigos en la venta de indulgencias. Este conflicto, que empezó como una protesta sobre las indulgencias fue escalando hasta convertirse en una verdadera revuelta teológica contra muchas otras doctrinas de la Iglesia, lo que llevaría a Lutero a proclamar su doctrina herética de la salvación por la "sola fe" y declarar la "sola scriptura", es decir afirmar que la Biblia era el único criterio de autoridad para los cristianos, y no ya los Concilios, ni la Santa Tradición ni el Magisterio de la Iglesia.

Lutero sería excomulgado de la Iglesia en 1521, luego de negarse a retractarse sobre algunas de sus tesis.

Buen número de los príncipes alemanes apoyaron la rebelión luterana, lo que implicó que en muchos lugares se llevaran a cabo las "reformas" eclasiásticas de Lutero, cocretándose así una gran división en el cristianismo occidental.

Zwinglio.

Siguiendo el ejemplo de Lutero, Ulrico Zwinglio, un presbítero suizo, inició el movimiento “reformador” en Suiza, predicando contra la necesidad de las buenas obras para ser salvo, se opuso a la Misa como un culto válido hacia Dios y sobre todo fue radical en su oposición a la Eucaristía como verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo. Zwinglio es el gran padre, teológicamente hablando, de la infinidad de grupos neoevangélicos que hoy predican que la Eucaristía es solo un símbolo, y no un sacramento donde se comulgue con Cristo


Zwinglio nunca pudo ponerse de acuerdo con Lutero en muchos temas, quizá el más importante en el que chocaron fue el de la Eucaristía, que terminó por generar entre ellos una animadversión mutua y un intercambio de insultos que nunca cesaría. Incluso ambos se reunieron en 1529 en Marburgo a iniciativa del príncipe Felipe I de Hesse, que buscó, sin ningún resultado positivo, unificar a todas las corrientes protestantes. Si bien Lutero negó la Transubstanciación de la Fe Católica, nunca se atrevió a negar que Cristo estuviera realmente presente en la Eucaristía, inclusive tildaba de "ignorantes" y "locos" a quienes lo negaban, mientras que Zwinglio se mantuvo firmemente en su convicción de que no se trataba más que de un símbolo.

Calvino.

Otro reformador, quizá solo menos famoso que Lutero es Juan Calvino, teólogo francés, que influenciado por el movimiento comenzado por el ex-monje alemán, en los años 30 del siglo XVI comienza a predicar y a escribir sobre la suficiencia de la fe para lograr la justificación de Dios. Es Calvino el verdadero desarrollador de las "doctrinas de la gracia", sistematizándolas en las "5 solas" (sola escritura, sola fe, sola gracia, solo Cristo, solo a Dios la gloria).

Calvino tampoco pudo ponerse de acuerdo, ni con Lutero, ni con Zwinglio, sobre el tema de la Eucaristía. Para Lutero seguía estando el Cuerpo y Sangre de Cristo en el pan y en el vino, para Zwinglio era solo un mero símbolo y para Calvino había alguna clase de presencia de Cristo, pero de manera espiritual. 


Entre estas tres diferentes nociones sobre la Cena del Señor se siguen dividiendo hasta hoy la infinidad de grupos protestantes y evangélicos.

Calvino viene a ser el gran inspirador teológico de las llamadas iglesias "reformadas" y presbiterianas, que predican la teología del "TULIP", un acrónimo por sus siglas en inglés de cinco punto doctrinales: "Total Depravity" (Depravación Total); "Unconditional Election" (Elección Incondicional); Limited Atonement (Expiación Limitada); "Irresistible Grace" (Gracia Irresistible); y "Perseverance of Saints" (Perseverancia de los Santos).


Arminio. 

Jacobo Arminio fue un teólogo protestante holandés, sus doctrinas son la antítesis del calvinismo, incluso se puede decir que Arminio es el gran padre del anticalvinismo en el campo protestante. Combatió la doctrina de la predestinación radical de los calvinistas,  defendió que la expiación de Cristo fue realizada para la salvación de todos los hombres, quienes, para recibirla gratuitamente, deben sin embargo responder a la gracia libremente con su voluntad aceptando la salvación que les ofrece. Además, Arminio y sus seguidores defendieron la doctrina de que la salvación puede ser perdida si el hombre, de manera libre y voluntaria, decide rechazar la obra de Cristo, se vuelve atrás y abandona la fe.

- Principales denominaciones 
 

Luteranos 

Presentes básicamente en Alemania y algunos países europeos como Suecia, Dinamarca, etc., como su propio nombre lo dice las iglesias luteranas son aquellas que en el siglo XVI rompieron su unidad con el obispo de Roma y siguieron las doctrinas del alemán Martin Lutero

Admiten solo dos sacramentos, el bautismo y la cena del Señor. Al bautismo admiten también a los bebés, de la Eucaristía aceptan la 'consustanciación' (presencia real del Cuerpo y Sangre de Cristo con y junto al pan y al vino).

Eliminaron toda doctrina de intercesión de los santos y veneración de imágenes, aunque en el altar siguen conservando el crucifijo y en muchos de sus templos pueden verse algunas imágenes con fines ornamentales.

Anglicanos.

Con el nombre de Iglesia anglicana se conoce a la Iglesia de Inglaterra que rompió su comunión con el obispo de Roma en el año 1534. Esta ruptura tuvo como causa no un gran conflicto teológico, sino el capricho del rey de Inglaterra Enrique VIII que queriéndose deshacerse de su esposa, la reina Catalina de Aragón para poder casarse con otra, pidió a la Iglesia la anulación de su matrimonio. La Iglesia se opuso a conceder la anulación no habiendo causa alguna que no fuera el capricho del rey por volverse a casar, lo que hizo que Enrique VIII decidiera separar a la Iglesia de su reino de la comunión con el Papa y declararse él a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra. 



Episcopalianos

Los episcopalianos, podríamos decir brevemente, no son otra cosa que los anglicanos norteamericanos. Los anglicanos de las colonias inglesas en Norteamérica, una vez estallada la revolución de independencia en los Estados Unidos se separan de la autoridad de Inglaterra, convirtiéndose en una iglesia separada e independiente que se gobierna por su propia cuenta (aunque se mantienen en la llamada "Comunión Anglicana").


Presbiterianos

El presbiterianismo es una corriente de iglesias protestantes fundada por el escocés John Knox, su nombre proviene de la forma de gobierno que adquirieron estas iglesias, rechazando el gobierno episcopal, que tiene como autoridad superior de una diócesis a un obispo (como ocurre en la Iglesia católica, la ortodoxa, anglicana, etc.), los presbiterianos se deshicieron de esta figura y organizaron sus iglesias por medio de consistorios que gobiernan la congregación que a su vez crean presbiterios regionales. 

Para entender sus principales ideas teológicas bastara con leer el apartado de 'calvinismo', pues los presbiterianos son, antes que cualquier otra cosa y de principio a fin, calvinistas. 

Son defensores tajantes de las "cinco solas" de la reforma protestante: sola
escritura, sola fe, sola gracia, solo Cristo, solo a Dios la gloria y de los "cinco puntos del calvinismo" (mencionados en el apartado de 'calvinismo').


Una diferencia radical de los presbiterianos con otros grupos protestantes es su defensa de la práctica de bautizar bebés, una práctica fuertemente rechazada por otras corrientes protestantes como la bautista, que veremos a continuación.

Bautistas

Los bautistas nacen de la ruptura de algunos cuantos predicadores anglicanos con su Iglesia. Uno de estos fue John Smyth, un sacerdote anglicano que en 1602 radicalizó sus posiciones, hizo una reinterpretación de las Escrituras y llegó a la conclusión de que el bautismo de bebés era ajeno a la Biblia, por lo cual rompió con la Iglesia anglicana (que bautiza bebés) y creó congregaciones independientes que se diferenciaban principalmente pro bautizar solo a creyentes adultos. Smyth isn duda tuvo influencias del movimiento anabaptista, que entre otras cosas, como vivir una vida alejada "del mundo", también defendían el bautismo exclusivo para adultos.  


Los bautistas no son un solo cuerpo uniforme, históricamente están divididos en dos campos. A unos se les conoce como "bautistas generales", entre la mayoría de estos se defiende la doctrina de que Jesús murió por todo el género humano (de ahí lo de "generales") y que la salvación es alcanzada por cualquier hombre que acepte los méritos de Cristo en la cruz para salvar su alma. Además, por la simpatía de esta corriente bautista de la teología arminiana, tiene la noción de que la salvación puede llegar a perderse si el creyente voluntariamente se aparta de la fe. 

La otra corriente bautista es la de los llamados "bautistas particulares" o "bautistas reformados". A diferencia de los "generales", los "bautistas particulares", fieles a las doctrinas calvinistas, afirman que Jesús murió solo por una parte de los seres humanos, el sacrificio de la cruz solo sirve para aquellos que habrían sido "predestinados" para ser salvos, ya que todos los demás han sido "predestinados" para condenación desde antes de la fundación del mundo. 

Otra doctrina que separa a los "bautistas generales" de los "particulares" es la de la  "seguridad eterna" de la salvación, que enseña que un creyente una vez que ha creído en Jesucristo como su Señor y Salvador y ha sido justificado, nunca podrá perder su salvación, de ahí la famosa expresión "una vez salvo, siempre salvo".

Cuáqueros

Este también es un grupo de origen inglés, fundado por un anglicano disidente, George Fox, un británico que viven el siglo XVII y que, desilusionado con lo que para él solo eran rituales superfluos e incluso supersticiosos, comenzó a predicar un "cristianismo" que se deshiciera de los actos rituales como los sacramentos y los cultos formales y estructurados. Junto a sus seguidores fundó la "Sociedad Religiosa de los Amigos", llamada despectivamente "quakers" (los "tembladores" o "los que tiemblan") por un juez que se burló de una famosa frase que Fox solía repetir a sus seguidores en sus sermones "hay que temblar en el nombre del Señor".

La ruptura de los cuáqueros con toda forma que consideren "ritualista" es tan radical que este grupo no practica el bautismo en agua, ni siquiera como una "ordenanza" como lo practican la gran mayoría de los grupos evangélicos. Tampoco realizan la comunión o "cena del Señor", ni siquiera como acto simbólico. Defienden que el bautismo y la comunión son internos y espirituales, por lo cual no pueden realizarse de manera externa. 


Metodistas.

Los metodistas también provienen del anglicanismo, nacen en el siglo XVIII. Su principal influencia teológica es la del predicador anglicano John Wesley, quien hacía énfasis en la vida de santidad, mientras vivió en Pensilvania predicó arduamente y se constituyeron grupos de estudio que, posteriormente, terminarían separándose del anglicanismo, al cual veían como muy frío y poco dado a la promoción de la santidad, fundando así una iglesia independiente, aunque esta no fue la intención de Wesley, que hacia el final de su vida volvió a Inglaterra y murió como anglicano.

Pentecostales.

A finales del siglo XIX nace el pentecostalismo, que se desprende en buena medida de sectores que se separaron de la Iglesia metodista y que estaban más interesados en promover los "dones" del Espíritu Santo, haciendo un fuerte énfasis en las sanaciones milagrosas, el "hablar en lenguas" y el anuncio incesante del "rapto de la Iglesia", en el cual Jesús sacaría a los cristianos del mundo dejando solo en él a los pecadores quienes tendrían que pasar por la gran tribulación en el mundo durante 7 años antes de que Jesús vuelva a la tierra (aunque en este tema no hay un acuerdo, pues algunos pentecostales sostienen que el rapto será no antes, sino en medio de la tribulación y otros sostienen que al final).

Unicitarios.

 
Los unicitarios básicamente son pentecostales anti-trinitarios. Los unicitarios nacieron como una división de los grupos pentecostales convencionales que aceptaban la doctrina de la Trinidad. El pentecostalismo unicitario tiene su origen en los Estados Unidos hace apenas un siglo, y en sus orígenes tiene la marcada influencia de la propaganda fundamentalista anticatólica inundada de historias falsas y fantasiosas sobre los supuestos orígenes "paganos" de muchas de las doctrinas cristianas catolicas primitivas, y entre las que este grupo incluyó a la Trinidad, afirmando, con argumentos muy débiles y más bien de carácter "conspiracionista", que esta enseñanza tiene orígenes griegos politeístas no bíblicos y que habría sido introducida por la Iglesia "paganizada" del siglo IV. Según los unicitarios, no existen tres personas divinas en un solo y único Dios verdadero como afirman los trinitarios, sino una sola persona divina (Jesucristo) que se ha manifestado de tres maneras distintas, primero como Padre, luego como Hijo y luego como Espíritu Santo, pero tratándose siempre del mismo Jesucristo. El unicitarismo es la actualización de la antigua herejía sabeliana del siglo III que planteaba exactamente lo mismo. La herejía de Sabelio fue refutada y condenada por la Iglesia primitiva.