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sábado, 25 de agosto de 2018

¿Se puede adquirir la vida eterna con buenas obras? La biblia dice que sí.

Como enseña la biblia y siempre lo ha enseñado la Iglesia católica, la fe salva, pero la fe que salva es la que actúa por medio de la caridad, la fe que es sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios, que es el amor. 

¿El hombre puede adquirir la vida eterna con buenas obras?

Aunque a los protestantes les escandalice porque contradice su doctrina: ¡LA BIBLIA DICE QUE SÍ!
1 Timoteo 6, 18-19: «que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera
(Biblia de Jerusalén).
Vemos cómo para San Pablo la verdadera doctrina de la Gracia no excluye la necesidad de las obras, pues nuestras buenas obras son posibilitadas por la gracia que Dios nos proporciona por medio de los Sacramentos para unirnos al amor de Cristo y poder dar fruto.
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miércoles, 20 de diciembre de 2017

Réplica a comentarios de un evangélico sobre mi estudio de la salvación por medio de la fe y la sola fe.

Para entender el contexto de estas respuestas es necesario antes haber leído «La salvación "por medio de la fe" no es igual a la "fe sola" protestante».


Lo que a continuación presento son mis réplicas a una respuesta recibida por un pastor evangélico ecuatoriano (Jinsop Manosalvas Dávila) a mi texto.

(Todo lo que se ve en color celeste son los comentarios del pastor Jinsop y lo que se puede leer en rojo son mis réplicas. Algunas partes aparecen en negro, son citas que Jinsop hizo de mi texto original para darle respuesta).

Para cualquier duda, se me puede contactar enviando un mensaje privado a: http://facebook.com/alfredordzmx
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(Jisnsop): El propósito de responder a este estudio es defender La Sana Doctrina, en este caso “La fe es suficiente para ser salvo” “La Salvación solo por fe” o “Las obras ayudan a la fe para ser salvo” “Salvación por fe mas obras”.

(Alfredo): No. La doctrina católica no es de “fe más obras” como si fueran dos cosas extrañas que hay que procurar en reunir. La doctrina católica formal y oficial de la Iglesia es la de la justificación por la gracia y la salvación solamente por medio de la fe, o a través de la fe, lo que quiere decir vivir perseverando en fidelidad a Dios, o sea teniendo una fe viva, que no puede ser otra que una fe obrante.

Salvarse solamente por medio de la fe supone vivir acorde a la fe que se tiene, es decir, obrando en fidelidad (el protestante objeta que él es fiel porque ya es salvo, pero eso no es lo que enseña la Escritura; la biblia enseña que se salvará el que sea fiel, no que es fiel el que ya es salvo, pues en la justificación se obtiene la esperanza de la salvación, algo que se espera alcanzar, no algo que ya podamos ver y garantizar, porque si lo pudiéramos ver, ya no sería esperanza –favor de ver y leer detenidamente Rom. 8, 24-).

La fe y las obras no son una suma en una ecuación, como si estuvieran aisladas, sino que más bien el creyente obra en fidelidad porque le tiene fe a Dios y a sus promesas, y tiene certeza de que si es fiel hasta el final, recibirá la vida eterna.

(Jinsop): La perspectiva en cuanto a Mateo 7:21-23 es muy clara.

Jesús desenmascaró a las personas que aparentaban ser religiosas pero no tenían una relación personal con El. En el Día del Juicio, solo nuestra relación con Cristo, nuestra aceptación de El cómo Señor y Salvador y nuestra obediencia a Él, será tomada en cuenta. Muchas personas piensan que si son "buenas" y aparentan religiosidad serán premiadas con la vida eterna. La fe en Cristo es lo que se tendrá en cuenta en el juicio.

(Alfredo): Esto nos da la razón a los católicos; en efecto, hay muchos que aparentan ser creyentes, que incluso presumen que ya son salvos porque ya “aceptaron a Cristo” y han sido salvos solo por fe, incluso predican y hasta hacen esfuerzos por “evangelizar” católicos invitando a que salgan de la Iglesia y sean salvos “solo por fe”, pero que en sus acciones secretas (que serán juzgadas por Dios según Rom 2, 16) no viven como creyentes; podrán haber hecho la “oración de la salvación” y predicar y presumir que ya son salvos, pero en su juicio se llevarán una gran sorpresa, cuando vean que al haber hecho una profesión de fe no les bastó para que se les imputara la salvación de la que presumían, porque no entraron en una verdadera obediencia y fidelidad a Dios, y esto es lo que Dios juzgará al final, no las proclamaciones de fe, sino la obediencia y la fidelidad con la que haya vivido cada uno.

(Jinsop): No veo la relación de Mateo 7:21-23 con la salvación por obras en “mi perspectiva” a cerca de este capítulo de Mateo expreso más bien la convicción de un genuino Cristiano por eso dice: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

(Alfredo): Insisto en lo que dije al principio, no existe en el catolicismo la “salvación por obras”, eso es un fantasma y un muñeco de paja del protestantismo. Nadie se puede salvar por sí mismo sin la gracia como decían los pelagianos. Lo que existe en el catolicismo es la salvación por la gracia de Dios a través o por medio de la fe (una fe actuante, obrante, obediente, no una fe sola, ni por obras solas).

Lo que el Señor dice en Mt. 7, 21-23 es que nadie se salva por proclamar que tiene fe, se salva el que HACE la voluntad del Padre. Esto es lo que al final se juzga, quien HIZO la voluntad del Padre y quién no. Esos versículos descartan la imputación penal de la salvación cuando se confiesa la fe.

(Jinsop): Texto clave: “Nunca os conocí”, es, en otras palabras, que aunque parecían ser salvos desde la perspectiva humana, nunca lo fueron, las obras en este texto no determinan la salvación (en este caso estos textos serían aplicados en cuanto a si se pierde o no la salvación).

(Alfredo): Otra vez se nos da la razón, no basta con “parecer salvos” y mucho menos con presumir que ya se es salvo como hacen ustedes, porque la realidad es que eso no lo sabrá nadie sino hasta su juicio, presumir que uno ya tiene garantizada la salvación, sin haber pasado por su juicio particular, es de hecho un pecado de soberbia que le será juzgado. Insisto en Rom. 8, 24 porque es un versículo que parece que los protestantes meten debajo de la alfombra, ya que ese versículo refuta la salvación imputada en un solo acto, y la seguridad de la misma, pues san Pablo dice que hemos sido salvos EN ESPERANZA. Por eso es que nadie debería de andar por ahí presumiendo que ya le fue imputada la salvación y que no hay manera de perderla, pues corren el riesgo de que Jesús les diga “¡Jamás los conocí; apártense de mí, hacedores de maldad”.

(Jinsop): Los “Hacedores de maldad” se pueden caracterizar por la deducción de que “Nunca fueron de nosotros” 1ª Juan 2:19: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.”

(Alfredo): Ese versículo solo demuestra precisamente que en el mundo conviven cristianos verdaderos y cristianos hipócritas. En algunos casos su falsedad se hace evidente cuando “salen de nosotros”, cuando se apartan de la fe apostatando de la misma, volviendo a los vicios del mundo, yendo detrás de una religión falsa, haciendo ateos, etc. Pero también hay casos de aparente fidelidad hasta el fin, pero únicamente Dios conoce verdaderamente el corazón de cada uno, y el destino final de cada persona será juzgado al final de su vida, según su obrar, según su obediencia a la voluntad del Padre, no según la oración que haya hecho algún día para “recibir a Cristo”. Porque “recibir a Cristo” lo puede hacer un verdadero creyente y un hipócrita, uno de lado del otro, pero según la doctrina de “la fe sola” ambos tendrían que recibir la salvación, pues hicieron el acto de profesar la fe y recibirlo como salvador. En realidad proclamar la fe es solo el principio del camino hacia la salvación. Repito, Dios no va juzgar si hiciste un acto para recibirlo, sino lo que hiciste luego de recibirlo.

(Jinsop) Entonces quienes son los hacedores de maldad…? Los falsos maestros que, “salieron de nosotros”; estos no eran regenerados (es decir salvos, por eso digo que en este texto que citas: las obras no determinan la salvación). Si alguien pensó que tenía la salvación y era “hacedor de maldad” entonces nunca fue de Dios.

(Alfredo): Por eso justamente ya expliqué que nadie debería de andar por ahí pensando, y peor, presumiendo, que ya es salvo. No es uno mismo, ni los demás seres humanos los que han de juzgar quien es o no un "hacedor de maldad" para poder afirmar si se es salvo o no, eso lo juzgará el Señor, cuando, como afirma la Escritura, juzgue las acciones secretas de los hombres. Públicamente cualquiera puede aparentar ser santo, pero Jesús, juzgará también las acciones secretas. 
  
No veo consistencia en los textos que citas para amparar las obras en la salvación Romanos 2:6 en su contexto habla del juicio de Dios sobre el que no ha tenido un corazón arrepentido. En Romanos 2:6 La frase conforme a sus obras no contradice el evangelio de salvación como una dádiva gratuita que no puede ser ganada

(Alfredo): Dices No veo consistencia en los textos que citas para amparar las obras en la salvación”. Pues si no te es suficiente con leer que recibirá gloria, honra y paz el que HACE LO BUENO, y tribulación y angustia el que HACE lo malo, no se qué te podrá convencer. HACER implica OBRAR, ACTUAR, REALIZAR, TRABAJAR. El versículo y todo el contexto son clarísimos, Dios juzgará y pagará a cada uno conforme a sus obras, lo que por supuesto no excluye a la fe. Volvemos a lo mismo, si me esfuerzo por hacer lo bueno, es porque tengo fe en lo que Dios me promete si hago el bien; mi fe en Dios y en sus promesas me mueven a actuar de tal o cual modo (como movió a Abrahán a peregrinar o a Noé a construir un arca). Tengo fe que haciendo lo bueno Dios me juzgará digno para entrar a su reino.

Luego dices: La frase conforme a sus obras no contradice el evangelio de salvación como una dádiva gratuita que no puede ser ganada”.

Pues nosotros los católicos sabemos perfectamente que no lo contradice, nosotros siempre hemos sabido que “la salvación es una dádiva gratuita que no puede ser ganada”, son ustedes los que creen que entre la fe y las obras hay una contradicción, no nosotros. Para la fe católica desde hace 2000 años ha sido claro que la salvación proviene de Dios, y que incluso la obediencia y la fidelidad (las obras) que serán juzgadas al final de nuestras vidas, solo son posibles por la moción del Espíritu Santo en nuestras vidas, por el actuar de la gracia de Dios en nuestra conciencia.

Como dice el catecismo de la Iglesia católica:

2007 Frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre Él y nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de Él, nuestro Creador.

Y en el siguiente numeral:

“los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente. Por otra parte, el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.”

(Jinsop): El versículo sintetiza lo que realmente sucederá: los incrédulos serán juzgados por sus pecados; y los creyentes, quienes han sido liberados de sus pecados gracias al sacrificio de Cristo Romanos 3.21-26, serán recompensados en el cielo de acuerdo con su conducta en esta vida. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.

(Alfredo): Perdón, pero estás alterando el sentido del texto para hacer encajar tu creencia. En ninguna parte del contexto dice que los creyentes serán excluidos del juicio según sus obras. San Pablo dice “a cada uno”, y para ser aun más claro dice que primeramente al judío y también al griego, nunca dice que los “incrédulos” serán juzgados según sus pecados y que los creyentes no. Según las palabras de san Pablo TODOS seremos juzgados y seremos recompensados conforme a nuestras obras. Pero aquí ya pareces volver al recurrente error protestante al confundir las obras. ¿Seremos juzgados conforme a las obras de la ley? Pues no, si los católicos creyéramos eso, nos circuncidaríamos al octavo día, no comeríamos puerco, guardaríamos el sábado y ofreceríamos animales. Seremos juzgados conforme a las obras de fidelidad y obediencia a la voluntad del Padre, y la voluntad del Padre es el amor. Esa es la ley de la fe, actuar por medio de la caridad.

(Jinsop): "Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios, -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy."

1º Carta a los Corintios, 13 - Bíblia Católica Online


El amor es un dado por Dios, no tiene nada que ver salvación por obras.

(Alfredo): Sí, efectivamente, el amor es un don dado por Dios. ¿Recuerdas la parábola de los talentos? ¿Qué recibió por recompensa aquel a quien se le dio un millón y no hizo nada con él? Se le envió a las tinieblas. Dios va juzgar qué es lo que hiciste con lo que él te dio. Él nos dio la caridad ¿qué estamos haciendo con ella? ¿Estamos dando fruto o la estamos dejando enterrada? Eso es lo que Dios juzgará al final. Lo que hagamos con los dones de Dios puede determinar nuestro destino final.

(Jinsop) Como conformas la vida personal a la voluntad de Dios? Por medio de las obras? O por medio del arrepentimiento?

(Alfredo): La pregunta está mal planteada. Mis obras son las que determinan si estoy conformando mi vida a la voluntad de Dios. El arrepentimiento forma parte de someter mi vida a Dios, ¿pero todo se reduce al arrepentimiento? Conformarse a la voluntad de Dios abarca todas las dimensiones de nuestras vidas.

(Jinsop): Mateo 24:13 fuera de contexto.

(Alfredo): No explicaste nada, quizá porque en el fondo sepas que no está fuera de contexto. El contexto es claro, “el que persevere hasta el fin, ese será salvo” ¿Necesita explicación? Perseveraste hasta el fin, te salvas; no perseveraste hasta el fin, te condenas. Es bien sencillo.

(Jinsop): Sean obras de la ley o sean obras de la Iglesia católica nada tiene que ver con la Salvación. Gálatas 6:2 La ley de Cristo es Espiritual, no tiene que ver con obras, La Ley de Cristo es amarse los unos a los otros como él nos amó.

Gálatas 5:14 Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

(Alfredo): La ley de Cristo es el amor, el amor se concreta en actos. “Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas” ¿Cómo nos ayudamos mutuamente a llevar nuestras cargas? Con actos concretos, con acciones concretas. Todo eso Dios lo juzgará para saber si cumpliste con la ley de Cristo o no. Tu entrada al cielo dependerá de que la hayas cumplido, o sea, de que hayas conformado tu vida al amor.

(Jinsop): 2Timoteo 1:9…quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos…

(Alfredo): Aquí san Pablo, en su interminable combate contra los judaizantes, se refiere a las obras DE LA LEY, no a las obras del amor en Cristo Jesús. Pero estás haciendo exactamente aquello que expongo en mi texto: mezclas y confundes las obras de la ley con las obras según la fe, según el amor, según la gracia.

Pablo distingue muy claro entre unas obras y otras, por eso es que unas veces dice que “no es por obras”, refiriéndose a las pesadas observancias de la ley de Moisés, y otras veces nos dice que a cada uno se le pagará según sus obras, ya que está hablando de dos cosas distintas, pero ustedes las mezclan, las confunden y las condenan a todas por igual como innecesarias para la salvación.

(Jinsop): Que contradicción Según CIC 2068: El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (cf DS 1569-1670). Y el Concilio Vaticano II afirma que: “Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor [...] la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación.” (LG 24).

Y en efecto ¡NADIE SE VA SALVAR SI NO CUMPLE LOS MANDAMIENTOS!, que como sabemos se reducen a dos, amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. ¡El que no ama a Dios sobre todas las cosas y no ama al prójimo, evidentemente no se salvará! Esto mismo es lo que enseñó Jesús, cuando le preguntaron que se tenía que hacer para ganar la vida eterna, pues eso respondió Jesús, cumplir los mandamientos. Y evidentemente Jesús no pensaba como protestante, no le dijo “solo ten fe”, tampoco le dijo “vas a obedecer los mandamientos porque ya eres salvo, no para ser salvo”, sino que le dejó claro que será salvo el que los cumpla. ¿No dice también san Pablo que quien cumple esto ya cumplió la ley? El problema, otra vez, es la confusión protestante, como confunden las obras, así también confunden la ley. San Pablo deja claro que incluso los gentiles tienen la ley grabada en su corazón, ¿pero cómo, acaso se circuncidan o guardan el sábado o se purifican luego de tener un hijo? No, nada de eso, Pablo se refiere a la ley natural, que se resume en el decálogo, que todo cristiano efectivamente está obligado a cumplir en el amar a Dios y en el amar al prójimo. Luego está la ley ceremonial (sábados, comidas, bebida, circuncisión, sacrificios de sangre, etc.) por la cual nadie podrá salvarse.


[Aqui Jinsop cita mi texto]: El problema es que el protestantismo ha confundido todo esto, sin percatarse que san Pablo no habla de las obras ni de la ley en un solo sentido, en general, como si botara a la basura la utilidad de toda obra, sino que diferencia entre “las obras de la ley” (entendido este concepto en su debido contexto como los preceptos ceremoniales y rituales como la circuncisión, la comida y la bebida, los sábados, etc.) inútiles por sí mismas para justificar, de  las buenas obras que se resumen en el amor al prójimo. 

(Jinsop): Entonces porque obras son justificados los católicos? La obras de la fe? la ley de Cristo, que es la ley del amor?

Precisamente el Amor es un don otorgado por el Espíritu Santo y es el fruto de un regenerado de un Salvo no podría ser de otra manera.


(Alfredo): Si la ley de Cristo es una ley, como tú mismo lo admites, y como lo dice la Escritura, no solo es un fruto, es también una obligación, si no fuera una obligación, no se le llamaría ley, pero san Pablo es claro cuando ordena CUMPLIR LA LEY DE CRISTO. El justificado no solo producirá fruto como una consecuencia fatal e inevitable como lo cree el protestantismo, el justificado ESTÁ OBLIGADO a dar fruto, y cumplir así la ley del amor.

(Jinsop): Tito 3:5 nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo…


(Alfredo): Eso no es algo que se nos tenga que explicar a nosotros. La fe católica ha enseñado siempre que la salvación es una iniciativa de Dios y un acto de su infinita misericordia. La doctrina de la salvación por gracia es tan potente en el catolicismo que la justificación se nos da gratuitamente en el bautismo, sin ningún mérito de nuestra parte, por pura gracia de Dios. El protestante cree que primero necesita crecer y luego creer para recibir la justificación. ¡En el catolicismo la gracia va aun más lejos, pues hasta un bebé que aun no sabe nada –pero que aun así necesita nacer para Dios, pues ha nacido según el hombre viejo- recibe la gracia, el don, el regalo inmerecido de la justificación en el lavamiento de la regeneración y la renovación en el Espíritu en el bautismo!

Como dice el Concilio de Trento:

«Las causas de esta justificación son: la final, la gloria de Dios y de Cristo y la vida eterna; la eficiente, Dios misericordioso, que gratuitamente lava y santifica, sellando y ungiendo con el Espíritu Santo de su promesa, que es prenda de nuestra herencia; la meritoria, su Unigénito muy amado, nuestro Señor Jesucristo, el cual, cuando éramos enemigos, por la excesiva caridad con que nos amó, nos mereció la justificación por su pasión santísima en el leño de la cruz y satisfizo por nosotros a Dios Padre»

Y también:

«somos justificados gratuitamente, porque nada de aquello que precede a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia misma de la justificación».

El problema con el protestante es que está ya condicionado a pensar la salvación como un acto que se ejecuta e imputa en un solo momento (cuando profesa la fe), y como algo ya consumado, garantizado, irrevocable. De ahí que no pueda entender el lenguaje de la Iglesia cristiana que existió por 16 siglos antes que el protestantismo, donde la salvación siempre se enseñó como todo un camino o una carrera (¡exactamente como lo enseña san Pablo en Filipenses 3, 12!) que comienza en la justificación que se nos ha dado gratuitamente, y donde el siguiente paso es que perseveremos hasta el fin en obediencia a Dios, uniendo nuestra voluntad a la de Dios, y cuya voluntad es el amor.

(Jinsop): Añadamos también que: [todo lo que aparece a continuación en color negro es una cita muy larga que Jinsop hace de mi texto, el cual el lector puede leer completo aquí]

Este amor al prójimo es la ley que se resume en el mandamiento nuevo (San Juan 13, 34), que al final es la  plenitud de la ley natural que está inscrita en los corazones, y que incluso los gentiles pueden cumplir cuando en su conciencia son capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, siendo así justificados: «que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ÉSOS SERÁN JUSTIFICADOS […] cuando los gentiles que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley» (Rom. 2, 13-14) 


¿Cómo “cumplen naturalmente las prescripciones de la ley” los gentiles si no se circuncidan? No ciertamente circuncidándose o guardando estrictamente el sábado, o la legislación sobre comida o bebida, sino guiándose por su conciencia y sabiendo diferenciar y escoger y desechar entre lo que es propio de juicio de condenación o de alabanza, o sea las “acciones secretas” de los hombres por las que Dios los juzgará, como dice Rom. 2, 16.

Y todas estas obras del amor, de la fe, de la obediencia, son también a las que se refiere Santiago cuando dice que las obras cooperan juntamente con la fe, de modo que la fe no sea muerta y estéril. Por eso no hay contradicción entre Pablo y Santiago cuando el primero dice que la fe le fue contada por justicia a Abrahán, mientras que el segundo dice que fue justificado también por las obras, ya que para Santiago la fe de Abrahán que le fue contada como justicia llegó a su pleno cumplimiento cuando Abrahán obedeció ofreciendo a Isaac, y por esa obediencia Dios aseguró el cumplimiento de la promesa que ya antes le había hecho:

Leamos, Dios primero le promete a Abrahán que su descendencia será como las estrellas del cielo:

«Y sacándolo afuera le dijo “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”. Y le dijo: “así será tu descendencia”. Y creyó él en Yahvé, el cual se lo contó como justicia». (Génesis 15, 6)

Ahora veamos como esto alcanza su cumplimiento con la obediencia de Abrahán al ofrecer a Isaac en Génesis 22, 18:

«yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré mucho tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, EN PAGO DE HABER OBEDECIDO TU MI VOZ» 

¡Por eso es que Santiago dice que por las obras la fe de Abrahán alcanzó su perfección! Y es lógico. El mismo Santiago es quien nos dice que la fe sin obras está muerta y es estéril, así que la única fe que puede salvar, es una fe viva, en eso estamos de acuerdo católicos y protestantes. 

Pero entonces debemos preguntarnos: ¿cómo se discierne si la fe está viva o muerta?

 ¿Basta la sola confesión de la fe para demostrar si ésta está viva o muerta? De ningún modo, pues eso solo puede demostrarse posteriormente al acto de confesar la fe, ¡con las obras que realice el creyente! Con éstas es como se demuestra si se trata de una fe viva o muerta. Cuando alguien hace la “oración de la salvación” que usan las iglesias bautistas, pentecostales, entre otras, es imposible distinguir si se trata de una fe viva que da salvación, o de una fe muerta que no la da, pues la oración es idéntica para todos. Lo que distinguirá a una fe de otra, lo que hará diferencia entre salvación o condenación, no será el solo acto de tener fe y confesarla, sino los frutos que produzca posteriomente esta fe, por ello es que no puede juzgarse la fe sola, sino tambien lo que resulta de ella y la acompaña.

¿Ven por qué es imposible que baste la fe sola? Si Dios concediera la salvación por la sola confesión de la fe en Jesús, Dios estaría obligado a concedérsela incluso a los que tienen una fe muerta, es decir, a aquellos que hacen una profesión de fe con sus labios, “recibiendo a Jesús como salvador”, independientemente de que luego de esta acción fuesen hacedores de maldad (y no olvidemos que ya quedó demostrado que se puede tener mucha fe y al mismo tiempo ser un hacedor de maldad como dice Mt 7, 21-23).

(Jinsop): Santiago 2:26 dice que la fe sin obras es muerta, pero de lo que Santiago está hablando es que la fe muerta no produce obras. El contexto del capítulo empieza en el versículo 14 donde Santiago dice: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” La fe de la que está hablando es la falsa, la cual más adelante clarifica cuando menciona cómo el diablo también cree en Dios (v. 19). El Diablo tiene una fe muerta: él solo reconoce la existencia de Dios.

Así que con un Cristiano verdadero, las buenas obras son el resultado de la fe salvadora, no un factor que contribuye a la salvación ni nuestras obras nos sostendrán nuestra salvación. Si éste fuera el caso, entonces la salvación sería por obras.


(Alfredo): Vuelves al mismo muñeco de paja, la Iglesia católica no enseña y nunca enseñó que la salvación sea “por obras”. Ahora bien, las obras no están excluidas del camino de  la salvación (no es por obras, pero tampoco sin ellas) como piensan ustedes, aunque los contradiga la biblia. Santiago dice claramente que las obras perfeccionan la fe, una fe sin obras es imperfecta, está muerta, y no salva, son las obras las que la vuelven viva y perfecta. ¿Y cuando están dos personas una de lado de la otra haciendo la oración de la salvación cómo se discierne cual de las dos tiene una fe viva y cual una fe muerta? No se discierne cuando están ahí haciendo la oración ¡sino cuando comienzan a actuar después de esa oración! Las dos profesaron la fe, ¿ya son salvas las dos? No, lo que determinará si son salvas es si su fe es viva o muerta y eso depende de las obras.  Las obras son el examen de la fe. Dios va examinar la fe según las obras de cada uno.

(Jinsop): ¿Qué dice Romanos 4:1-4?

“¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda”.

La fe verdadera será suficiente para Dios. Sin embargo, la iglesia revela la fe por las obras de aquellos que pertenecen a esta. Por lo tanto, no existe ninguna contradicción entre la epístola de Santiago y la epístola a los Romanos.


(Alfredo): Pues claro que Abrahán no fue justificado por las obras DE LA LEY (que es contra lo que está combatiendo san Pablo en ese contexto), pues la ley no fue dada sino 430 años después como dice Gal. 3, 17.

Ahora bien, en mi texto ya demostré que la fe de Abrahán no estaba ni remotamente sola, como hace pensar el protestantismo cuando cita Rom. 4, pues como expliqué, Hebreos 11 demuestra que la fe es una “fidelidad”, una obediencia, no un mero acto intelectual de “creer algo”. Como dice Hebreos, por la fe Abrahán OBEDECIÓ Y SALIÓ, y por la fe ofreció a su hijo Isaac. Si bien Pablo cita Gn. 15, 6 y el protestante podría decir que la obediencia solo fue una consecuencia de la justificación, basta ir más atrás para ver que Abrahán ya venía obedeciendo mucho antes de que se nos diga que su fe le fue contada por justicia, y no solo a partir de ese momento (ver Gn 12, 4 como ejemplo de que Abrahán ya había marchado hacia donde Dios le indicó).
   
(Jinsop): Es interesante notar que hablas de que la salvación es por La obras de la fe, la ley de Cristo, que es la ley del amor. Pero también hablas que eres justificado por medio del bautismo.

(Alfredo): ¿Y dónde está la contradicción? En efecto, somos justificados gratuita e inmerecidamente en el bautismo, ¿y ese es el fin de la historia? No, pues ya vimos que san Pablo explica la salvación como una carrera, es decir, como un proceso que dura toda la vida. El protestantismo deformando completamente el mensaje paulino cree que en la justificación todo queda resuelto irreversible e irrevocablemente, que todo comienza y termina en un solo instante y no hay más nada qué hacer. Pues no es así, pues aquel que ha sido justificado, y precisamente porque ha sido justificado, siendo revestido de Cristo en el bautismo, está obligado a sostener su justificación expresando en el prójimo el amor de aquel a quien ha sido unido en el bautismo, Cristo. 

Por eso precisamente la biblia le llama “ley de Cristo”, porque obliga a los cristianos, que por Cristo hemos sido justificados. Pero ustedes se olvidan que amar al prójimo es verdaderamente una ley que se tiene que cumplir, y objetan que solo es una consecuencia que ya no tiene relevancia en la salvación.

(Jinsop): Pero la escritura es muy clara Pablo dice en Tito 3:5 “…nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo…”

(Alfredo): Pues precisamente este versículo me da la razón. El lavamiento de la regeneración es el bautismo que hemos recibido gratuita e inmerecidamente, aunque el protestantismo no acepte esto porque contradice a sus doctrinas, separando al bautismo del nuevo nacimiento. Romanos 6 es claro, y te invito a leerlo detenidamente. En el bautismo verdaderamente somos muertos al hombre viejo que hemos heredado en Adán, a fin de nacer nuevamente para Dios y que vivamos una vida nueva. 

(Jinsop): Según la Iglesia Católica: “…El bautismo es el primer y principal sacramento del perdón de pecados debido a que éste nos une con Cristo, quien murió por nuestros pecados y se levantó para nuestra justificación, así que ‘nosotros también podemos caminar en novedad de vida.’” Según el (Catecismo de la Iglesia Católica, parágrafo 977).

“Nos merecemos la justificación por la Pasión de Cristo. Se nos concede a través del Bautismo. Ésta nos conforma a la justicia de Dios, el cual nos justifica. Tiene por meta la gloria de Dios y la de Cristo y el regalo de la vida eterna. Es la obra más excelente de la misericordia de Dios.” (Catecismo de la Iglesia Católica, par. 2020).

Pero la Biblia dice sobre la salvación en: Efesios2:8-9 “Porque por gracia son salvos por medio de la fe, y esto no de ustedes, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.


(Alfredo): Pues exacto, es por gracia, y el bautismo es la gracia divina en su más pura y excelsa expresión. El bautismo es un medio de gracia, no una obra humana (vamos, que hasta Lutero decía que el bautismo no es una obra del hombre, sino de Dios sobre el hombre); por el bautismo somos revestidos de Cristo, ¿y se puede ser revestido de Cristo sin ser revestido de su gracia?
Pero hasta que no entiendas que el bautismo es un sacramento (medio por el cual Dios otorga su gracia), no vas a entender este punto, pues te empeñas en creer que el bautismo es una “obra humana”, cuando es todo lo contrario.

(Jinsop): Romanos5:1“Por lo tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo”.

Luego de este paso sigue la lista de procedimientos para alcanzar la salvación como la penitencia, las indulgencias, etc, y no conforme con esto aún tienes el purgatorio.


(Alfredo): Esto ni merece mucho análisis, porque has creado un muñeco de paja. Ni la penitencia, ni las indulgencias ni el purgatorio son “procedimientos” para alcanzar la salvación. El purgatorio es PARA LOS SALVOS, no para los que “intentan salvarse”. De hecho el purgatorio es una expresión maravillosa de la gracia de Dios y de su misericordia, pues si un cristiano muere con algunos pecados menores sin que haya tenido el tiempo de arrepentirse, en lugar de ser enviado al infierno por sus faltas, solo es purificado de las “manchas” que sus faltas leves hayan provocado en su alma para que entre perfectamente limpio y sin mancha a la gloria de Dios. 

(Jinsop): Para ser breve en cuanto a Abraham puedo decirte que tienes una perspectiva fuera de contexto en cuanto a su justificación. Realmente lo que le justificó fue su Fe, esto implica su regeneración por tanto su obediencia.

(Alfredo): Ya expliqué más arriba que Hebreos deja claro que la fe de Abrahán lleva implícitas sus obras de obediencia (salir y peregrinar, ofrecer a Isaac, etc.) y que Abrahán ya venía obedeciendo desde Gn. 12 aunque se nos habla de su justificación hasta Gn. 15, por lo que es imposible demostrar que su obediencia solo fue producto de su justificación y no una de sus razones. 

(Jinsop): Lo mismo pasa en el cristiano, no es que sus obras lo justifican, ya que nadie puede justificarse por obras sino el creer en el sacrificio de Cristo en la Cruz.

(Alfredo): Esto ya está muy explicado. Que alguien diga que cree en el sacrificio de Cristo en la cruz no determina nada, lo que determina su destino es que tenga una fe que ACTÚE por medio del amor como dice Gálatas 5, 6, puesto que la única fe que salva es la que actúa, o sea, la que obra.

(Jinsop): En cuanto a Mateo 7:21-23 es un claro ejemplo que no has discernido. Las buenas obras no salvan sino la regeneración que viene con el Creer y Recibir a Jesús.

Más de lo mismo. Solo remito al ejemplo ya dado. Dos personas pueden estar una de lado de la otra y hacer el acto de “creer y recibir a Jesús como Señor y Salvador”, incluso ambos pueden ser sinceros al hacer ese acto, pero supongamos que uno persevera toda su vida y el otro al paso de los años se enfría y se aparta de la fe. ¿Cuál de los dos se salvará si los dos ya recibieron a Cristo? Solo el que persevere hasta el fin, haciendo que su fe actúe por medio del amor. Con eso se demuestra que su destino no quedó resuelto en un instante, cuando ambos “recibieron a Cristo”, sino que todo lo que hicieron posterior a ese acto también incidirá en su salvación o condenación.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Benedicto XVI: La justificación en la enseñanza de san Pablo.

Benedicto XVI: La justificación en la enseñanza de san Pablo.
Audiencia General.
Miércoles 19 de noviembre de 2008.


Queridos hermanos y hermanas:

En el camino que estamos recorriendo guiados por san Pablo, queremos reflexionar ahora sobre un tema que está en el centro de las controversias del siglo de la Reforma: la cuestión de la justificación. ¿Cómo llega a ser justo el hombre a los ojos de Dios? Cuando san Pablo se encontró con el Resucitado en el camino de Damasco era un hombre realizado: irreprensible en cuanto a la justicia que deriva de la Ley (cf. Flp 3, 6), superaba a muchos de sus coetáneos en la observancia de las prescripciones mosaicas y era celoso en sostener las tradiciones de sus padres (cf. Ga 1, 14). La iluminación de Damasco le cambió radicalmente la existencia: comenzó a considerar todos sus méritos, logrados en una carrera religiosa integérrima, como “basura” frente a la sublimidad del conocimiento de Jesucristo (cf. Flp 3, 8). La carta a los Filipenses nos ofrece un testimonio conmovedor del paso de san Pablo de una justicia fundada en la Ley y conseguida con la observancia de las obras prescritas, a una justicia basada en la fe en Cristo: comprendió que todo lo que hasta entonces le había parecido una ganancia, en realidad frente a Dios era una pérdida, y por ello decidió apostar toda su existencia por Jesucristo (cf. Flp 3, 7). El tesoro escondido en el campo y la perla preciosa, por cuya adquisición invierte todo lo demás, ya no eran las obras de la Ley, sino Jesucristo, su Señor.

La relación entre san Pablo y el Resucitado llegó a ser tan profunda que lo impulsó a afirmar que Cristo ya no era solamente su vida, sino su vivir, hasta el punto de que para poder alcanzarlo, incluso el morir era una ganancia (cf. Flp 1, 21). No es que despreciara la vida, sino que había comprendido que para él el vivir ya no tenía otro objetivo, y por tanto ya no albergaba otro deseo que alcanzar a Cristo, como en una competición de atletismo, para estar siempre con él: el Resucitado se había convertido en el principio y el fin de su existencia, el motivo y la meta de su carrera.

Sólo la preocupación por el crecimiento en la fe de aquellos a los que había evangelizado y la solicitud por todas las Iglesias que había fundado (cf. 2 Co 11, 28) lo impulsaban a ralentizar la carrera hacia su único Señor, para esperar a los discípulos de modo que pudieran correr con él hacia la meta. Aunque en la anterior observancia de la Ley no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista de la integridad moral, una vez alcanzado por Cristo prefería no juzgarse a sí mismo (cf. 1 Co 4, 3-4), sino que se limitaba a correr para conquistar a Aquel por el que había sido conquistado (cf. Flp 3, 12).

Precisamente por esta experiencia personal de la relación con Jesucristo, san Pablo pone ya en el centro de su Evangelio una irreductible oposición entre dos itinerarios alternativos hacia la justicia: 


- uno construido sobre las obras de la Ley,
- el otro fundado sobre la gracia de la fe en Cristo.

La alternativa entre la justicia por las obras de la Ley y la justicia por la fe en Cristo se convierte así en uno de los temas predominantes en sus cartas: “Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores; a pesar de todo, conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la Ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley, pues por las obras de la Ley nadie será justificado” (Ga 2, 15-16). Y a los cristianos de Roma les reafirma que “todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Rm 3, 23-24). Y añade: “Pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la Ley” (Rm 3, 28). Lutero en este punto tradujo “justificado sólo por la fe”. Volveré sobre esto al final de la catequesis, pues antes debemos aclarar qué es esta “Ley” de la que hemos sido liberados y qué son esas “obras de la Ley” que no justifican.

Ya en la comunidad de Corinto existía la opinión, que se repetirá muchas veces a lo largo de la historia, según la cual se trataba de la ley moral y que, por tanto, la libertad cristiana consistía en la liberación de la ética. Así, en Corinto circulaba la expresión “πάντα μοι έξεστιν” (todo me es lícito). Es obvio que esta interpretación es errónea: la libertad cristiana no es libertinaje; la liberación de la que habla san Pablo no es liberación de hacer el bien.

¿Pero qué significa, por consiguiente, la Ley de la que hemos sido liberados y que no salva? Para san Pablo, como para todos sus contemporáneos, la palabra Ley significaba la Torá en su totalidad, es decir, los cinco libros de Moisés. En la interpretación de los fariseos, la que había estudiado y hecho suya san Pablo, la Torá implicaba un conjunto de comportamientos que iban desde el núcleo ético hasta las observancias rituales y cultuales que determinaban sustancialmente la identidad del hombre justo. De modo particular, la circuncisión, las observancias acerca del alimento puro y en general la pureza ritual, las reglas sobre la observancia del sábado, etc. Esos comportamientos también aparecen a menudo en los debates entre Jesús y sus contemporáneos.

Todas estas observancias, que expresan una identidad social, cultural y religiosa, habían llegado a ser singularmente importantes en el tiempo de la cultura helenística, comenzando desde el siglo III a.C. Esta cultura, que se había convertido en la cultura universal de entonces y era una cultura aparentemente racional, una cultura politeísta aparentemente tolerante, constituía una fuerte presión hacia la uniformidad cultural y así amenazaba la identidad de Israel, que se veía políticamente obligado a entrar en esa identidad común de la cultura helenística con la consiguiente pérdida de su propia identidad, que implicaba también la pérdida de la preciosa herencia de la fe de sus padres, de la fe en el único Dios y en las promesas de Dios.

Contra esa presión cultural, que no sólo amenazaba la identidad israelita, sino también la fe en el único Dios y en sus promesas, era necesario crear un muro de contención, un escudo de defensa que protegiera la preciosa herencia de la fe; ese muro consistía precisamente en las observancias y prescripciones judías. San Pablo, que había aprendido estas observancias precisamente en su función defensiva del don de Dios, de la herencia de la fe en un único Dios, veía amenazada esta identidad por la libertad de los cristianos: por eso los perseguía.

En el momento de su encuentro con el Resucitado comprendió que con la resurrección de Cristo la situación había cambiado radicalmente. Con Cristo, el Dios de Israel, el único Dios verdadero, se convertía en el Dios de todos los pueblos. El muro entre Israel y los paganos —así lo dice la carta a los Efesios— ya no era necesario: es Cristo quien nos protege contra el politeísmo y todas sus desviaciones; es Cristo quien nos une con Dios y en el único Dios; es Cristo quien garantiza nuestra verdadera identidad en la diversidad de las culturas. El muro ya no es necesario. Cristo es nuestra identidad común en la diversidad de las culturas, y es él el que nos hace justos. Ser justo quiere decir sencillamente estar con Cristo y en Cristo. Y esto basta. Ya no son necesarias otras observancias. Por eso la expresión “sola fide” de Lutero es verdadera si no se opone la fe a la caridad, al amor. La fe es mirar a Cristo, encomendarse a Cristo, unirse a Cristo, conformarse a Cristo, a su vida. Y la forma, la vida de Cristo es el amor; por tanto, creer es conformarse a Cristo y entrar en su amor. Por eso, san Pablo en la carta a los Gálatas, en la que sobre todo ha desarrollado su doctrina sobre la justificación, habla de la fe que obra por medio de la caridad (cf. Ga 5, 6).

San Pablo sabe que en el doble amor a Dios y al prójimo está presente y se cumple toda la Ley. Así, en la comunión con Cristo, en la fe que crea la caridad, se realiza toda la Ley. Somos justos cuando entramos en comunión con Cristo, que es el amor. Veremos lo mismo en el evangelio del próximo domingo, solemnidad de Cristo Rey. Es el evangelio del juez cuyo único criterio es el amor. Sólo pide esto: ¿Me visitaste cuando estaba enfermo?, ¿cuando estaba en la cárcel? ¿Me diste de comer cuando tenía hambre?, ¿me vestiste cuando estaba desnudo? Así la justicia se decide en la caridad. Así, al final de este evangelio, podemos decir casi: sólo amor, sólo caridad. Pero no hay contradicción entre este evangelio y san Pablo. Es la misma visión según la cual la comunión con Cristo, la fe en Cristo, crea la caridad. Y la caridad es realización de la comunión con Cristo. Así, estando unidos a él, somos justos, y de ninguna otra forma.

Al final, sólo podemos orar al Señor para que nos ayude a creer. Creer realmente; así, creer llega a ser vida, unidad con Cristo, transformación de nuestra vida. Y así, transformados por su amor, por el amor a Dios y al prójimo, podemos ser realmente justos a los ojos de Dios.

jueves, 20 de julio de 2017

Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (Católicos-Luteranos)

DECLARACIÓN CONJUNTA
SOBRE LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN

 
(Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, a la que en 2006 se adhirió la Iglesia Metodista y en 2017 la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas.)

Preámbulo

1. La doctrina de la justificación tuvo una importancia capital para la Reforma luterana del siglo XVI. De hecho, sería el «artículo primero y principal»[1], a la vez, «rector y juez de las demás doctrinas cristianas»[2]. La versión de entonces fue sostenida y defendida en particular por su singular apreciación contra la teología y la iglesia católicas romanas de la época que, a su vez, sostenían y defendían una doctrina de la justificación de otra índole. Desde la perspectiva de la Reforma, la justificación era la raíz de todos los conflictos, y tanto en las Confesiones luteranas[3] como en el Concilio de Trento de la Iglesia Católica Romana hubo condenas de una y otra doctrinas. Estas últimas siguen vigentes, provocando divisiones dentro de la iglesia.

2. Para la tradición luterana, la doctrina de la justificación conserva esa condición particular. De ahí que desde un principio, ocupara un lugar preponderante en al diálogo oficial luterano-católico romano.

3. Al respecto, les remitimos a los informes The Gospel and the Church (1972)[4] y Church and Justification (1994)[5] de la Comisión luterano-católico romana; Justification by Faith (1983)[6] del Diálogo luterano-católico romano de los EE.UU. y The Condemnations of the Reformation Era - Do They Still Divide? (1986)[7] del Grupo de trabajo ecuménico de teólogos protestantes y católicos de Alemania. Las iglesias han acogido oficialmente algunos de estos informes de los diálogos; ejemplo importante de esta acogida es la respuesta vinculante que en 1994 dio la Iglesia Evangélica Unida de Alemania al estudio Condemnations al más alto nivel posible de reconocimiento eclesiástico, junto con las demás iglesias de la Iglesia Evangélica de Alemania.[8]

4. Respecto a los debates sobre la doctrina de la justificación, tanto los enfoques y conclusiones de los informes de los diálogos como las respuestas trasuntan un alto grado de acuerdo. Por lo tanto, ha llegado la hora de hacer acopio de los resultados de los diálogos sobre esta doctrina y resumirlos para informar a nuestras iglesias acerca de los mismos a efectos de que puedan tomar las consiguientes decisiones vinculantes.

5. Una de las finalidades de la presente Declaración conjunta es demostrar que a partir de este diálogo, las iglesias luterana y católica romana[9] se encuentran en posición de articular una interpretación común de nuestra justificación por la gracia de Dios mediante la fe en Cristo. Cabe señalar que no engloba todo lo que una y otra iglesia enseñan acerca de la justificación, limitándose a recoger el consenso sobre las verdades básicas de dicha doctrina y demostrando que las diferencias subsistentes en cuanto a su explicación, ya no dan lugar a condenas doctrinales.

6. Nuestra declaración no es un planteamiento nuevo e independiente de los informes de los diálogos y demás documentos publicados hasta la fecha; tampoco los sustituye. Más bien, tal como lo demuestra la lista de fuentes que figura en anexo, se nutre de los mismos y de los argumentos expuestos en ellos.

7. Al igual que los diálogos en sí, la presente Declaración conjunta se funda en el convicción de que al superar las cuestiones controvertidas y las condenas doctrinales de otrora, las iglesias no toman estas últimas a la ligera y reniegan su propio pasado. Por el contrario, la declaración está impregnada de la convicción de que en sus respectivas historias, nuestras iglesias han llegado a nuevos puntos de vista. Hubo hechos que no solo abrieron el camino sino que también exigieron que las iglesias examinaran con nuevos ojos aquellas condenas y cuestiones que eran fuente de división.

1. El mensaje bíblico de la justificación

8. Nuestra escucha común de la palabra de Dios en las Escrituras ha dado lugar a nuevos enfoques. Juntos oímos lo que dice el evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eterna» (San Juan 3:16). Esta buena nueva se plantea de diversas maneras en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento escuchamos la palabra de Dios acerca del pecado (Sal 51:1-5; Dn 9:5 y ss; Ec 8:9 y ss; Esd 9:6 y ss.) y la desobediencia humanos (Gn 3:1-19 y Neh 9:16-26), así como la «justicia» (Is 46:13; 51:5-8; 56:1; cf. 53:11; Jer 9:24) y el «juicio» de Dios (Ec 12:14; Sal 9:5 y ss; y 76:7-9).

9. En el Nuevo testamento se alude de diversas maneras a la «justicia» y la «justificación» en los escritos de San Mateo (5:10; 6:33 y 21:32), San Juan (16:8-11); Hebreos (5:1-3 y 10:37-38), y Santiago (2:14-26).[10] En las epístolas de San Pablo también se describe de varias maneras el don de la salvación, entre ellas: «Estad pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gá 5:1-13, cf. Ro 6:7); «Y todo esto proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo» (2 Co 5:18-21, cf. Ro 5:11); «tenemos paz para con Dios» (Ro 5:1); «nueva criatura es» (2 Co 5:17); «vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:11-23) y «santificados en Cristo Jesús» (1 Co 1:2 y 1:31; 2 Co 1:1) A la cabeza de todas ellas está la «justificación» del pecado de los seres humanos por la gracia de Dios por medio de la fe (Ro 3:23-25), que cobró singular relevancia en el período de la Reforma.

10. San Pablo asevera que el evangelio es poder de Dios para la salvación de quien ha sucumbido al pecado; mensaje que proclama que «la justicia de Dios se revela por fe y para fe» (Ro 1:16-17) y ello concede la «justificación» (Ro 3:21-31). Proclama a Jesucristo «nuestra justificación» (1 Co 1:30) atribuyendo al Señor resucitado lo que Jeremías proclama de Dios mismo (23:6). En la muerte y resurrección de Cristo están arraigadas todas las dimensiones de su labor redentora porque él es «Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Todo ser humano tiene necesidad de la justicia de Dios «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 1:18; 2:23 3:22; 11:32 y Gá 3:22). En Gálatas 3:6 y Romanos 4:3-9, San Pablo entiende que la fe de Abraham (Gn 15:6) es fe en un Dios que justifica al pecador y recurre al testimonio del Antiguo Testamento para apuntalar su prédica de que la justicia le será reconocida a todo aquel que, como Abraham, crea en la promesa de Dios. «Mas el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17 y Hab 2:4, cf. Gá 3:11). En las epístolas de San Pablo, la justicia de Dios es también poder para aquellos que tienen fe (Ro 1:17 y 2 Co 5:21). Él hace de Cristo justicia de Dios para el creyente (2 Co 5:21). La justificación nos llega a través de Cristo Jesús «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:2; véase 3:21-28). «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras...» (Ef 2:8-9).

11. La justificación es perdón de los pecados (cf. Ro 3:23-25; Hechos 13:39 y San Lucas 18:14), liberación del dominio del pecado y la muerte (Ro 5:12-21) y de la maldición de la ley (Gá 3:10-14) y aceptación de la comunión con Dios: ya pero no todavía plenamente en el reino de Dios a venir (Ro 5:12). Ella nos une a Cristo, a su muerte y resurrección (Ro 6: 5). Se opera cuando acogemos al Espíritu Santo en el bautismo, incorporándonos al cuerpo que es uno (Ro 8:1-2 y 9-11; y 1 Co 12:12-13). Todo ello proviene solo de Dios, por la gloria de Cristo y por gracia mediante la fe en «el evangelio del Hijo de Dios» (Ro 1:1-3).

12. Los justos viven por la fe que dimana de la palabra de Cristo (Ro 10:17) y que obra por el amor (Gá 5:6), que es fruto del Espíritu (Gá 5:22) pero como los justos son asediados desde dentro y desde fuera por poderes y deseos (Ro 8:35-39 y Gá 5:16-21) y sucumben al pecado (1 Jn 1:8 y 10) deben escuchar una y otra vez las promesas de Dios y confesar sus pecados (1 Jn 1:9), participar en el cuerpo y la sangre de Cristo y ser exhortados a vivir con justicia, conforme a la voluntad de Dios. De ahí que el Apóstol diga a los justos: «...ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Flp 2:12-13). Pero ello no invalida la buena nueva: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1) y en quienes Cristo vive (Gá 2:20). Por la justicia de Cristo «vino a todos los hombres la justificación que produce vida» (Ro 5:18).

2. La doctrina de la justificación en cuanto problema ecuménico

13. En el siglo XVI, las divergencias en cuanto a la interpretación y aplicación del mensaje bíblico de la justificación no solo fueron la causa principal de la división de la iglesia occidental, también dieron lugar a las condenas doctrinales. Por lo tanto, una interpretación común de la justificación es indispensable para acabar con esa división. Mediante el enfoque apropiado de estudios bíblicos recientes y recurriendo a métodos modernos de investigación sobre la historia de la teología y los dogmas, el diálogo ecuménico entablado después del Concilio Vaticano II ha permitido llegar a una convergencia notable respecto a la justificación, cuyo fruto es la presente declaración conjunta que recoge el consenso sobre los planteamientos básicos de la doctrina de la justificación. A la luz de dicho consenso, las respectivas condenas doctrinales del siglo XVI ya no se aplican a los interlocutores de nuestros días.

3. La interpretación común de la justificación


14. Las iglesias luterana y católica romana han escuchado juntas la buena nueva proclamada en las Sagradas Escrituras. Esta escucha común, junto con las conversaciones teológicas mantenidas en estos últimos años, forjaron una interpretación de la justificación que ambas comparten. Dicha interpretación engloba un consenso sobre los planteamientos básicos que, aun cuando difieran, las explicaciones de las respectivas declaraciones no contradicen.

15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conforme con la voluntad del Padre. Juntos confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11]

16. Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en palabra y sacramento en la comunidad de creyente y que, a la vez, les conduce a la renovación de su vida que Dios habrá de consumar en la vida eterna.

17. También compartimos la convicción de que el mensaje de la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que de Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio cualquiera que este sea.

18. Por consiguiente, la doctrina de la justificación que recoge y explica este mensaje es algo más que un elemento de la doctrina cristiana y establece un vínculo esencial entre todos los postulados de la fe que han de considerarse internamente relacionados entre sí. Constituye un criterio indispensable que sirve constantemente para orientar hacia Cristo el magisterio y la práctica de nuestras iglesias. Cuando los luteranos resaltan el significado sin parangón de este criterio, no niegan la interrelación y el significado de todos los postulados de la fe. Cuando los católicos se ven ligados por varios criterios, tampoco niegan la función peculiar del mensaje de la justificación. Luteranos y católicos compartimos la meta de confesar a Cristo en quien debemos creer primordialmente por ser el solo mediador (1 Ti 2:5-6) a través de quien Dios se da a sí mismo en el Espíritu Santo y prodiga sus dones renovadores (cf. fuentes de la sección 3).

4. Explicación de la interpretación común de la justificación

4.1 La impotencia y el pecado humanos respecto a la justificación

19. Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios. La libertad de la cual dispone respecto a las personas y las cosas de este mundo no es tal respecto a la salvación porque por ser pecador depende del juicio de Dios y es incapaz de volverse hacia él en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios. La justificación es obra de la sola gracia de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

20.Cuando los católicos afirman que el ser humano «coopera", aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana.

21.Según la enseñanza luterana, el ser humano es incapaz de contribuir a su salvación porque en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que el creyente participa plena y personalmente en su fe, que se realiza por la Palabra de Dios.

4.2 La justificación en cuanto perdón del pecado y fuente de justicia

22.Juntos confesamos que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador del pecado, confiriéndole el don de una nueva vida en Cristo. Cuando los seres humanos comparten en Cristo por fe, Dios ya no les imputa sus pecados y mediante el Espíritu Santo les transmite un amor activo. Estos dos elementos del obrar de la gracia de Dios no han de separarse porque los seres humanos están unidos por la fe en Cristo que personifica nuestra justificación (1 Co 1:30): perdón del pecado y presencia redentora de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

23. Cuando los luteranos ponen el énfasis en que la justicia de Cristo es justicia nuestra, por ello entienden insistir sobre todo en que la justicia ante Dios en Cristo le es garantida al pecador mediante la declaración de perdón y tan solo en la unión con Cristo su vida es renovada. Cuando subrayan que la gracia de Dios es amor redentor («el favor de Dios»)[12] no por ello niegan la renovación de la vida del cristiano. Más bien quieren decir que la justificación está exenta de la cooperación humana y no depende de los efectos renovadores de vida que surte la gracia en el ser humano.

24. Cuando los católicos hacen hincapié en la renovación de la persona desde dentro al aceptar la gracia impartida al creyente como un don,[13] quieren insistir en que la gracia del perdón de Dios siempre conlleva un don de vida nueva que en el Espíritu Santo, se convierte en verdadero amor activo. Por lo tanto, no niegan que el don de la gracia de Dios en la justificación sea independiente de la cooperación humana (cf. fuentes de la sección 4.2).

4.3 Justificación por fe y por gracia

25. Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo. Por obra del Espíritu Santo en el bautismo, se le concede el don de salvación que sienta las bases de la vida cristiana en su conjunto. Confían en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora que es esperanza en Dios y amor por él. Dicha fe es activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras, pero todo lo que en el ser humano antecede o sucede al libre don de la fe no es motivo de justificación ni la merece.

26.Según la interpretación luterana, el pecador es justificado sólo por la fe (sola fide). Por fe pone su plena confianza en el Creador y Redentor con quien vive en comunión. Dios mismo insufla esa fe, generando tal confianza en su palabra creativa. Porque la obra de Dios es una nueva creación, incide en todas las dimensiones del ser humano, conduciéndolo a una vida de amor y esperanza. En la doctrina de la «justificación por la sola fe» se hace una distinción, entre la justificación propiamente dicha y la renovación de la vida que forzosamente proviene de la justificación, sin la cual no existe la fe, pero ello no significa que se separen una y otra. Por consiguiente, se da el fundamento de la renovación de la vida que proviene del amor que Dios otorga al ser humano en la justificación. Justificación y renovación son una en Cristo quien está presente en la fe.

27. En la interpretación católica también se considera que la fe es fundamental en la justificación. Porque sin fe no puede haber justificación. El ser humano es justificado mediante el bautismo en cuanto oyente y creyente de la palabra. La justificación del pecador es perdón de los pecados y volverse justo por la gracia justificadora que nos hace hijos de Dios. En la justificación, el justo recibe de Cristo la fe, la esperanza y el amor, que lo incorporan a la comunión con él.[14] Esta nueva relación personal con Dios se funda totalmente en la gracia y depende constantemente de la obra salvífica y creativa de Dios misericordioso que es fiel a sí mismo para que se pueda confiar en él. De ahí que la gracia justificadora no sea nunca una posesión humana a la que se pueda apelar ante Dios. La enseñanza católica pone el énfasis en la renovación de la vida por la gracia justificadora; esta renovación en la fe, la esperanza y el amor siempre depende de la gracia insondable de Dios y no contribuye en nada a la justificación de la cual se podría hacer alarde ante Él (Ro 3:27). (Véase fuentes de la sección 4.3)

4.4 El pecador justificado

28. Juntos confesamos que en el bautismo, el Espíritu Santo nos hace uno en Cristo, justifica y renueva verdaderamente al ser humano, pero el justificado, a lo largo de toda su vida, debe acudir constantemente a la gracia incondicional y justificadora de Dios. Por estar expuesto, también constantemente, al poder del pecado y a sus ataques apremiantes (cf. Ro 6:12-14), el ser humano no está eximido de luchar durante toda su vida con la oposición a Dios y la codicia egoísta del viejo Adán (cf. Gá 5:16 y Ro 7:7-10). Asimismo, el justificado debe pedir perdón a Dios todos los días, como en el Padrenuestro (Mt 6:12 y 1 Jn 1:9), y es llamado incesantemente a la conversión y la penitencia, y perdonado una y otra vez.

29. Los luteranos entienden que ser cristiano es ser «al mismo tiempo justo y pecador». El creyente es plenamente justo porque Dios le perdona sus pecados mediante la Palabra y el Sacramento, y le concede la justicia de Cristo que él hace suya en la fe. En Cristo, el creyente se vuelve justo ante Dios pero viéndose a sí mismo, reconoce que también sigue siendo totalmente pecador; el pecado sigue viviendo en él (1 Jn 1:8 y Ro 7:17-20), porque se torna una y otra vez hacia falsos dioses y no ama a Dios con ese amor íntegro que debería profesar a su Creador (Dt 6:5 y Mt 22:36-40). Esta oposición a Dios es en sí un verdadero pecado pero su poder avasallador se quebranta por mérito de Cristo y ya no domina al cristiano porque es dominado por Cristo a quien el justificado está unido por la fe. En esta vida, entonces, el cristiano puede llevar una existencia medianamente justa. A pesar del pecado, el cristiano ya no está separado de Dios porque renace en el diario retorno al bautismo, y a quien ha renacido por el bautismo y el Espíritu Santo, se le perdona ese pecado. De ahí que el pecado ya no conduzca a la condenación y la muerte eterna.[15] Por lo tanto, cuando los luteranos dicen que el justificado es también pecador y que su oposición a Dios es un pecado en sí, no niegan que, a pesar de ese pecado, no sean separados de Dios y que dicho pecado sea un pecado «dominado». En estas afirmaciones coinciden con los católicos romanos, a pesar de la diferencia de la interpretación del pecado en el justificado.

30. Los católicos mantienen que la gracia impartida por Jesucristo en el bautismo lava de todo aquello que es pecado «propiamente dicho» y que es pasible de «condenación» (Ro 8:1).[16] Pero de todos modos, en el ser humano queda una propensión (concupiscencia) que proviene del pecado y compele al pecado. Dado que según la convicción católica, el pecado siempre entraña un elemento personal y dado que este elemento no interviene en dicha propensión, los católicos no la consideran pecado propiamente dicho. Por lo tanto, no niegan que esta propensión no corresponda al designio inicial de Dios para la humanidad ni que esté en contradicción con Él y sea un enemigo que hay que combatir a lo largo de toda la vida. Agradecidos por la redención en Cristo, subrayan que esta propensión que se opone a Dios no merece el castigo de la muerte eterna[17] ni aparta de Dios al justificado. Ahora bien, una vez que el ser humano se aparta de Dios por voluntad propia, no basta con que vuelva a observar los mandamientos ya que debe recibir perdón y paz en el Sacramento de la Reconciliación mediante la palabra de perdón que le es dado en virtud de la labor reconciliadora de Dios en Cristo (véase fuentes de la sección 4.4).

4.5 Ley y evangelio

31. Juntos confesamos que el ser humano es justificado por la fe en el evangelio «sin las obras de la Ley» (Ro 3:28). Cristo cumplió con ella y, por su muerte y resurrección, la superó en cuanto medio de salvación. Asimismo, confesamos que los mandamientos de Dios conservan toda su validez para el justificado y que Cristo, mediante su magisterio y ejemplo, expresó la voluntad de Dios que también es norma de conducta para el justificado.

32. Los luteranos declaran que para comprender la justificación es preciso hacer una distinción y establecer un orden entre ley y evangelio. En teología, ley significa demanda y acusación. Por ser pecadores, a lo largo de la vida de todos los seres humanos, cristianos incluidos, pesa esta acusación que revela su pecado para que mediante la fe en el evangelio se encomienden sin reservas a la misericordia de Dios en Cristo que es la única que los justifica.

33. Puesto que la ley en cuanto medio de salvación fue cumplida y superada a través del evangelio, los católicos pueden decir que Cristo no es un «legislador» como lo fue Moisés. Cuando los católicos hacen hincapié en que el justo está obligado a observar los mandamientos de Dios, no por ello niegan que mediante Jesucristo, Dios ha prometido misericordiosamente a sus hijos, la gracia de la vida eterna[18] (véase fuentes de la sección 4.5)

4.6 Certeza de salvación

34. Juntos confesamos que el creyente puede confiar en la misericordia y las promesas de Dios. A pesar de su propia flaqueza y de las múltiples amenazas que acechan su fe, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo puede edificar a partir de la promesa efectiva de la gracia de Dios en la Palabra y el Sacramento y estar seguros de esa gracia.

35. Los reformadores pusieron un énfasis particular en ello: En medio de la tentación, el creyente no debería mirarse a sí mismo sino contemplar únicamente a Cristo y confiar tan solo en él. Al confiar en la promesa de Dios tiene la certeza de su salvación que nunca tendrá mirándose a sí mismo.

36. Los católicos pueden compartir la preocupación de los reformadores por arraigar la fe en la realidad objetiva de la promesa de Cristo, prescindiendo de la propia experiencia y confiando solo en la palabra de perdón de Cristo (cf. Mt 16:19 y 18:18). Con el Concilio Vaticano II, las católicos declaran: Tener fe es encomendarse plenamente a Dios[19] que nos libera de la oscuridad del pecado y la muerte y nos despierta a la vida eterna.[20] Al respecto, cabe señalar que no se puede creer en Dios y, a la vez, considerar que la divina promesa es indigna de confianza. Nadie puede dudar de la misericordia de Dios ni del mérito de Cristo. No obstante, todo ser humano puede interrogarse acerca de su salvación, al constatar sus flaquezas e imperfecciones. Ahora bien, reconociendo sus propios defectos, puede tener la certeza de que Dios ha previsto su salvación (véase fuentes de la sección 4.6).

4.7 Las buenas obras del justificado

37. Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor.

38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humanos por sus actos.

39. Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios «méritos", también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una «recompensa» inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente.

5. Significado y alcance del consenso logrado

40. La interpretación de la doctrina de la justificación expuesta en la presente declaración demuestra que entre luteranos y católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de dicha doctrina. A la luz de este consenso, las diferencias restantes de lenguaje, elaboración teológica y énfasis, descritas en los párrafos 18 a 39, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias de las explicaciones luterana y católica de la justificación están abiertas unas a otras y no desbaratan el consenso relativo a los postulados fundamentales.

41. De ahí que las condenas doctrinales del siglo XVI, por lo menos en lo que atañe a la doctrina de la justificación, se vean con nuevos ojos: Las condenas del Concilio de Trento no se aplican al magisterio de las iglesias luteranas expuesto en la presente declaración y, la condenas de las Confesiones Luteranas, no se aplican al magisterio de la Iglesia Católica Romana, expuesto en la presente declaración.

42. Ello no quita seriedad alguna a las condenas relativas a la doctrina de la justificación. Algunas distaban de ser simples futilidades y siguen siendo para nosotros «advertencias saludables» a las cuales debemos atender en nuestro magisterio y práctica.[21]

43. Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación debe llegar a influir en la vida y el magisterio de nuestras iglesias. Allí se comprobará. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor o menor importancia que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas tales como: La relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la iglesia, eclesiología, autoridad en la iglesia, ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y ética social. Estamos convencidos de que el consenso que hemos alcanzado sienta sólidas bases para esta aclaración. Las iglesias luteranas y la Iglesia Católica Romana seguirán bregando juntas por profundizar esta interpretación común de la justificación y hacerla fructificar en la vida y el magisterio de las iglesias.

44. Damos gracias al Señor por este paso decisivo en el camino de superar la división de la iglesia. Pedimos al Espíritu Santo que nos siga conduciendo hacia esa unidad visible que es voluntad de Cristo.


Iglesia Católica - Federación Luterana Mundial.
Augsburgo, 31 de octubre de 1999 


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N.de T. Se dejaron en inglés o alemán las notas al pie de página y los documentos de referencia que no se han publicado en español.

[1]Artículos de Esmascalda, II, 1; Libro de concordia, 292.

[2]«Rector et judex super omnia genera doctrinarum», Weimar Edition of Luther's Works (WA), 39,I,205.

[3]Cabe señalar que las confesiones vinculantes de algunas iglesias luteranas solo abarcan la Confesión de Augsburgo y el Catecismo menor de Lutero, textos que no contienen condenas acerca de la justificación en relación con la Iglesia Católica Romana.

[4]Report of the Joint Lutheran-Roman Catholic Study Commission, published in Growth in Agreement (New York; Geneva, 1984) - pp.168-189.

[5]Published by the Lutheran World Federation (Geneva, 1994).

[6]Lutheran and Catholics in Dialogue VII (Minneapolis, 1985).

[7]Minneapolis, 1990.

[8]Gemeinsame Stellungnahme der Arnoldshainer Konferenz, der Vereinigten Kirche und des Deutschen Nationalkomitees des Lutherischen Weltbundes zum Dokument «Lehrverurteilungen-kirchentrennend?», Ökumenische Rundschau 44 (1995):99-102; including the position papers which underlie this resolution, cf. Lehrverurteilungen im Gespräch, Die ersten offiziellen Stellungnahmen aus den evangelischen Kirchen in Deutschland (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 1993).

[9]En la presente declaración, la palabra «iglesia» se utiliza para reflejar las propias interpretaciones de las iglesias participantes sin que se pretenda resolver ninguna de las cuestiones eclesiológicas relativas a dicho término.

[10]Cf.Malta Report paras. 26-30 y Justification by Faith, paras. 122-147. At the request of the US dialogue on justification, the non-Pauline New Testament texts were addressed in Righteousness in the New Testament, by John Reumann, with responses by Joseph A. Fitzmyer and Jerome D.Quinn (Philadelphia; New York: 1982), pp.124-180. The results of this study were summarized in the dialogue report Justification by Faith in paras 139-142.

[11]All Under One Christ, para 14 in Growth in Agreement, 241-247.

[12]Cf.WA 8:106; American Edition 32:227.

[13]Cf. DS 1528.

[14]Cf. DS 1530.

[15]Cf. Apology II:38-45, Libro de concordia, 105f.

[16]Cf. DS 1515.

[17]Cf. DS 1515.

[18]Cf. DS 1545.

[19]Cf. DV 5.

[20]Cf. DV 4.

[21]Condemnations of the Reformation Era,27.