La salvación “por
medio de la fe” que enseña la biblia es contraria a la “fe sola” del protestantismo
«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará
en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en
los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu
nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos
milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores
de maldad.» San
Mateo 7, 21-23
Estos
son los tres versículos “anti-sola fe” por excelencia. Es una clara exposición y
catequesis, no de algún discípulo muy bien instruido o de algún excelente
teólogo de nuestros días, sino de nuestro propio Señor Jesucristo, contra
aquellos que podrían, en una falsa y muy peligrosa confianza, creer que basta
con declarar que Él es su Señor.
«No todo el que me
dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos» es una expresión
verdaderamente letal contra la doctrina de “la salvación por la fe sola”.
Jesús dice con toda claridad que no basta con “decir” sino que además hay que HACER la voluntad del Padre.
Uno
de los versículos de los que el protestante “solofidelista” suele echar mano
para defender la fe sola es Romanos 10, 9: «que
si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que
Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» ¿Pero acaso aquellos de quien
Jesús afirma que le dirán “Señor, Señor”
no son precisamente creyentes que “confesaban con su boca” que Jesús era el
Señor? ¿Hay aquí una contradicción entre Jesús y Pablo? Claro que no, lo que hay es una concepción fragmentada,
parcializada e incompleta en la lectura bíblica del protestantismo. Cuando
el protestante desarrolla su defensa de la sola fe, no toma en cuenta versículos
como Mateo 7, 21; únicamente selecciona determinados versículos, principalmente
paulinos que, vistos aisladamente, darían un supuesto soporte a su creencia.
Pero
si tomamos Rom. 10, 9 y luego traemos junto a él Mt. 7, 21-23, todo se ve
distinto. Dice Jesús: «Muchos me dirán en
aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos
fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? » ¿No
confesaban acaso estos con su boca que Jesús era su Señor, no tenían tanta fe
que incluso echaban demonios y hacían milagros con el poder del nombre de Jesús?
Según la doctrina de la “sola fe” estos ya deberían estar salvos y justificados
sin ningún rastro de duda y sin la menor sospecha de lo contrario, y lo último
que podría esperarse que les dijera Jesús es exactamente lo que viene a
continuación: «Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores
de maldad».
No
les bastó tener fe, tanta fe que incluso hacían milagros en el nombre de Jesús,
aun así son enviados a condenación, por ser HACEDORES de maldad. Sus
obras influyeron en su destino final, no solamente su fe. Puesto que
hicieron el mal, en lugar de hacer el bien, no serán admitidos en el Reino de los
Cielos. ¿Cómo puede alguien después de ver esto afirmar que las obras no tienen
relevancia en el destino final del creyente?
¿O
a quienes son a los que el Señor les da la bienvenida en su Reino? Él mismo lo
declara en Mateo 25, 34-36 «Entonces el Rey dirá a los de su derecha:
Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la
fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me
disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis;
enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí».
Aquí
Jesús deja claro que el cumplimiento de
estas buenas obras en el amor son una condición necesaria para entrar al Reino,
y no solo un mero producto o consecuencia automática y cuasi mágica de la justificación
luego de hacer “la oración de la salvación”. Nótese que Jesús no dice «tuve
hambre y me distéis de comer como consecuencia de tu fe por la cual mi Padre te
heredó su reino», dice «Venid […] heredad
el reino […] porque tuve hambre y me
distéis de comer…». Les permite entrar al reino en recompensa de sus
buenas obras, por lo que hicieron, en consecuencia con lo que dice san Pablo en
Romanos 2, 6 «el cual pagará a cada uno CONFORME A SUS OBRAS», pues se
pagará «tribulación y angustia sobre todo ser humano que HACE LO MALO,
el judío primeramente y también el griego» pero también se pagará «gloria
y honra y paz a todo EL QUE HACE LO BUENO, al judío primeramente y
también al griego».
Aquí queda
claro que el haber hecho lo malo o haber hecho lo bueno traerá consecuencias diametralmente
distintas el día de nuestro juicio. Y aquí no vale que se diga que el que hace
lo bueno lo hace solamente porque ha sido predestinado para ser salvo y sus
buenas acciones solo son una consecuencia de la fe, pues ya veíamos que
aquellos de Mateo 7, 23 que tenían bastante fe, luego son declarados por el
Señor «hacedores de maldad». Tenían fe, sin embargo hacían el mal, una cosa no
garantiza la otra de manera ineludible. ¿Podrá haber un ejemplo más claro que
ese de que la fe no produce mágica o mecánicamente las buenas obras? Pero por
si hiciera falta, también dice san Pablo en 1 Cor. 13, 2 «aunque tenga plenitud de fe
como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy». El
apóstol nos deja claro que no necesariamente tener plenitud de fe es
equivalente a tener plenitud de caridad.
Pero
volvamos a Rom. 10, 9 ¿el apóstol contradice a Jesús? No, pues en san Pablo (como
en cualquiera de los otros escritores inspirados del Nuevo Testamento), la fe
no consiste en la mera afirmación intelectual sobre la existencia de tal o cual
persona o acontecimiento, la fe en el
lenguaje bíblico significa conformar la vida personal a la voluntad de Dios en virtud de la esperanza que produce la promesa de obtener la vida eterna (esperanza es una de las palabras más
repetidas por san Pablo en todas sus cartas).
Vivir
por la fe no significa simplemente creer que Jesús murió, resucitó, y listo,
ser declarado “salvo, siempre salvo”; nada de esto, bíblicamente vivir por la
fe más bien significa llevar una vida que
se corresponde con la esperanza que se tiene en alcanzar la vida eterna, y
este vivir por la fe es además una condición durante toda nuestra existencia
terrena, «el que persevere hasta el fin, ese será salvo». Para el
reformado la perseverancia es solo una consecuencia segura de la justificación,
mas en el lenguaje de Jesús es una condición, «el que persevere».
El
otro error garrafal del protestantismo es confundir las obras de la ley (los
preceptos mosaicos de la Torá, correspondientes a la circuncisión, las
prescripciones alimentarias, etc.) con la ley de Cristo que san Pablo manda a
cumplir. ¿Pero cómo es que san Pablo dice que somos salvos por la fe sin las
obras de la ley (Rom. 3, 28) y al mismo tiempo manda a cumplir la ley de
Cristo? («Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas y cumplan así la ley de
Cristo»; Gal. 6, 2). Porque el apóstol está hablando de dos cosas
distintas que el protestantismo ha revuelto y confundido completamente, creando
toda una deformación sobre las obras y la justificación.
¿O
es que acaso cuándo nos acusan a los católicos de presentar una salvación que
incluye la necesidad de las obras, piensan que creemos que para salvarnos
tenemos que cumplir las obras de la ley mosaica? ¿Acaso los católicos nos
circuncidamos, guardamos el sábado con toda la complejísima legislación de la
Torá, o nos abstenemos de comer cerdo y demás animales con pezuña? Saben
perfectamente bien que no hacemos nada de eso. La Iglesia católica siempre ha
sabido y enseñado que ningún hombre puede justificarse por las obras de la ley
a las que se refiere san Pablo en Rom. 3, 28.
¿Pero
si no son las prescripciones de la Torá, entonces cuales son las obras por las
que Dios pagará a cada uno? No son evidentemente las observancias de la
legislación mosaica, no es la circuncisión (el tema principal del gran debate
que llevó san Pablo en todas sus epístolas contra quienes buscaban imponer las
obras de la ley), son las obras de la fe, la ley de Cristo, que es la ley del
amor: «el que ama al prójimo, ha
cumplido la ley» (Rom. 13, 8), «la
caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, LA LEY en su plenitud»
(Rom. 13, 10). Así
vemos que la caridad no es solamente una consecuencia de la justificación, sino
también una obligación para el creyente, por eso san Pablo le llama LEY en Rom. 13, 8; 13, 10 y LEY DE CRISTO en Gal. 6, 2.
El
problema es que el protestantismo ha confundido todo esto, sin percatarse que
san Pablo no habla de las obras ni de la ley en un solo sentido, en general, como
si botara a la basura la utilidad de toda obra, sino que diferencia entre “las
obras de la ley” (entendido este concepto en su debido contexto como los
preceptos ceremoniales y rituales como la circuncisión, la comida y la bebida, los
sábados, etc.) inútiles por sí mismas para justificar, de las buenas obras que se resumen en el amor al
prójimo.
Este
amor al prójimo es la ley que se resume en el mandamiento nuevo (San Juan 13,
34), que al final es la plenitud de la ley
natural que está inscrita en los corazones, y que incluso los gentiles pueden
cumplir cuando en su conciencia son capaces de discernir entre lo bueno y lo malo,
siendo así justificados: «que no son
justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ÉSOS SERÁN
JUSTIFICADOS […] cuando los gentiles que no tienen ley, cumplen naturalmente
las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley» (Rom. 2,
13-14)
¿Cómo
“cumplen naturalmente las prescripciones de la ley” los gentiles si no se
circuncidan? No ciertamente circuncidándose o guardando estrictamente el
sábado, o la legislación sobre comida o bebida, sino guiándose por su conciencia
y sabiendo diferenciar y escoger y desechar entre lo que es propio de juicio de
condenación o de alabanza, o sea las “acciones secretas” de los hombres por las
que Dios los juzgará, como dice Rom. 2,
16.
Y
todas estas obras del amor, de la fe, de la obediencia, son también a las que
se refiere Santiago cuando dice que las obras cooperan juntamente con la fe, de
modo que la fe no sea muerta y estéril. Por eso no hay contradicción entre
Pablo y Santiago cuando el primero dice que la fe le fue contada por justicia a
Abraham, mientras que el segundo dice que fue justificado también por las
obras, ya que para Santiago la fe de Abraham que le fue contada como justicia
llegó a su pleno cumplimiento cuando Abraham obedeció ofreciendo a Isaac, y por
esa obediencia Dios aseguró el cumplimiento de la promesa que ya antes le había
hecho:
Leamos,
Dios primero le promete a Abraham que su descendencia será como las estrellas
del cielo:
«Y
sacándolo afuera le dijo “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes
contarlas”. Y le dijo: “así será tu descendencia”. Y creyó él en Yahvé, el cual
se lo contó como justicia». (Génesis 15, 6)
Ahora
veamos como esto alcanza su cumplimiento con la obediencia de Abraham al ofrecer
a Isaac en Génesis 22, 18:
«yo te
colmaré de bendiciones y acrecentaré mucho tu descendencia como las estrellas
del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la
puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de
la tierra, EN PAGO DE HABER OBEDECIDO TU MI VOZ»
¡Por
eso es que Santiago dice que por las obras la fe de Abraham alcanzó su
perfección! Y es lógico. El mismo Santiago es quien nos dice que la fe sin
obras está muerta y es estéril, así que la única fe que puede salvar, es una fe
viva, en eso estamos de acuerdo católicos y protestantes.
Pero
entonces debemos preguntarnos: ¿cómo se
discierne si la fe está viva o muerta?
¿Basta la
sola confesión de la fe para demostrar si ésta está viva o muerta? De
ningún modo, pues eso solo puede demostrarse posteriormente al acto de confesar
la fe, ¡con las obras que realice el creyente! Con éstas es como se demuestra
si se trata de una fe viva o muerta. Cuando alguien hace la “oración de la
salvación” que usan las iglesias bautistas, pentecostales, entre otras, es
imposible distinguir si se trata de una fe viva que da salvación, o de una fe
muerta que no la da, pues la oración es idéntica para todos. Lo que distinguirá a una fe de otra, lo que hará diferencia entre salvación o condenación, no será el solo acto de tener fe y confesarla, sino los frutos que produzca posteriomente esta fe, por ello es que no puede juzgarse la fe sola, sino también lo que resulta de ella y la acompaña.
¿Ven por qué es
imposible que baste la fe sola? Si Dios concediera la salvación por la sola
confesión de la fe en Jesús, Dios estaría obligado a concedérsela incluso a los
que tienen una fe muerta, es decir, a aquellos que hacen una profesión de fe
con sus labios, “recibiendo a Jesús como salvador”, independientemente de que
luego de esta acción fuesen hacedores de maldad (y no olvidemos que ya quedó
demostrado que se puede tener mucha fe y al mismo tiempo ser un hacedor de
maldad como dice Mt 7, 21-23).
Alguien
podría decir, “pero Dios todo lo sabe; Él de antemano conoce quien mostrará
tener una fe viva y quien una muerta, no necesita estar a la espera de qué
ocurrirá después”. Pero con esto también nos darían la razón a los católicos,
pues finalmente tendrían que admitir que la salvación no se decide únicamente
por la sola confesión de fe, sino también por aquello (las obras) que Dios en
su Presciencia ya sabe que la persona demostrará, contando con una fe viva y
activa, que realmente lo llevará a conformarse a Cristo y actuar en la vida en
función de la fe que posee, y por aquello que espera obtener al final de su vida terrena: la
salvación y la vida eterna. Dios ya sabe quiénes se salvarán, pero no solamente
porque sepa quiénes harán la “oración de la salvación”, sino porque ya sabe
quiénes conformarán su vida, sus obras y sus acciones a la fe en lo que esperan
alcanzar.
¿Pero
es bíblica esta visión de la fe que venimos explicando como una forma activa de
vivir en función de lo que se espera alcanzar, más que un simple pensamiento en
algo o alguien? ¡Por supuesto! El autor de Hebreos se explaya en explicar la fe
en este sentido, como una forma activa de vida. Veamos unos ejemplos:
Primero
leamos el ya famoso versículo de Hebreos 11,1: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve». En
efecto, la fe es nuestra certeza de que Dios tiene reservado un reino para
nosotros. Eso es lo que se espera, esa es nuestra esperanza, y porque tenemos
esa esperanza, actuamos en consecuencia:
«Por la
fe, ofreció Abel a Dios un sacrificio mejor que el de Caín, por ella fue
declarado justo, con la aprobación que dio Dios a sus ofrendas» (Hebreos 11, 4).
¿Se
necesita algo más claro para entenderlo? Abel tenía fe en Dios y porque tenía
fe en Él le ofreció un mejor sacrificio, su fe le hizo actuar de ese modo, y
por esa fe Dios lo declaró justo, APROBANDO SUS OFRENDAS. Su fe no
estaba separada de sus obras, Dios juzgó
su fe con la aprobación que hizo de sus ofrendas.
Veamos
más: «Por
la fe, Noé, advertido sobre lo que aún no se veía, con religioso temor
construyó un arca para salvar a su familia; por la fe, condenó al mundo y llegó
a ser heredero de la justicia según la fe». (Hebreos 11, 7)
Es
muy claro. La fe que tenía Noé en que Dios no miente y en que la advertencia
era real, lo movió a actuar, obedecer y construir un arca, y gracias a que su
fe lo llevó a obrar en consecuencia, pudo sobrevivir con su familia al diluvio.
¿Se habría salvado Noé si ante las advertencias solo hubiera dicho “sí, creo”,
pero no hubiera construido el arca? Evidentemente no. Su fe le salvó en tanto
que creyó en Dios y ACTUÓ conforme a lo que creyó, por esto heredó la justicia,
porque obró SEGÚN SU FE.
Y llegamos a Abraham. Aquí veremos el sentido
integral de lo que significa la fe en el lenguaje de todo el Nuevo Testamento.
Mientras que el protestantismo, gracias a su visión sesgada y fragmentaria de
la biblia toma Romanos 4,3 para presentar una salvación imputada que se
resuelve definitiva, eterna e irrevocablemente al momento mismo de confesar la
fe, con Hebreos tenemos la verdadera y completa concepción de lo que la
justicia por la fe significó para Abraham:
«Por
la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, OBEDECIÓ Y SALIÓ para el lugar que había de
recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, PEREGRINÓ hacia
la Tierra Prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y
Jacob, coherederos de las mismas promesas.» (Hebreos 11, 8-9)
Más claro, imposible. Por la fe, en
razón de su fe, debido a su fe, Abraham obedeció y
salió, y por su fe, PEREGRINÓ.
Todas estas palabras denotan ACCIONES que llevó a cabo por la confianza de recibir lo
que esperaba de Dios: «Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y
constructor es Dios». (Hebros 11, 10).
¡Este es el verdadero significado del «Y creyó él en Yahvé» que
le fue contado para justicia! No el acto solo de “creer”, sino lo que produjo y
acompañó a ese creer: obedecer y salir, peregrinar hacia donde Dios le indicaba.
Hebreos 11, 8-9 nos deja esto claro, dándonos el panorama completo de aquello a
lo que se refiere san Pablo en Romanos 4, 3.
El protestantismo, entendiendo la Escritura en fragmentos, piensa que Génesis
15, 6 hace referencia solo a un momento en particular cuando Abraham “creyó”, y
que a este simple acto, solo, aislado, se refiere san Pablo, de ahí que hayan
construido toda una doctrina de la imputación de la salvación que se da, y que
además es eternamente irrevocable, cuando se profesa la fe, sin percatarse, sin
entender, sin darse cuenta que Abraham ya venía teniendo fe, y obrando en
conformidad con esa fe, desde mucho tiempo atrás del momento que relata Génesis
15, 6, desde que Abraham «Marchó […] como se lo
había dicho Yahvé» en Gn. 12, 4 (este último versículo es al que hace referencia el autor de Hebreos en el capítulo 11, versículos 8 y 9).
¿Y qué nos dice también más adelante sobre el mismo Abraham?
«Por
la fe, Abrahán, sometido a la prueba, ofreció a Isaac como ofrenda, y, el que
había recibido las promesas, ofrecía a su único hijo». (Heb. 11, 17).
¡Por la fe que tenía en
Dios, en razón, en virtud de su fe, fue capaz de atreverse a ofrecer a Isaac!
Por la fe que tenía obró de tal forma.
¡Tener fe, en el lenguaje de la biblia, significa hacer algo porque confías en la promesa de Dios y le eres fiel (fe significa fidelidad) porque sabes que, a pesar de todo lo que tengas que hacer, al final Él te va dar lo que te ha prometido! Cuando se dice que somos justificados por la fe, significa que somos encontrados justos porque somos fieles a Dios, porque hacemos aquello que nos hará merecedores del premio que Dios ha prometido. ¡Esto es lo que hizo Abraham! Dios le dio la orden de dejar su tierra y le hizo la promesa de entregarle otra, él creyó que Dios le cumpliría, así que se puso en marcha. Esta es la fe que le fue contada por justicia, su acto de fidelidad, su acto de peregrinar confiando en Dios, creyendo en su promesa. La promesa para nosotros es el cielo y la vida eterna, pero aunque no hemos visto el cielo, lo esperamos (Heb 11, 1), y creemos que llegaremos a él a condición de mantengamos nuestra fidelidad (fe) a Dios, de que hagamos lo que Dios espera de nosotros. En pocas palabras, tenemos fe en la promesa de Dios que es el cielo, por tanto PEREGRINAMOS hacia él, nos ponemos en marcha (lo mismo que hizo Abraham).
La fe de Abraham no era solo una
creencia o un pensamiento que se profesa, era un actuar y un obrar concreto. Y
este obrar no era solo una mera consecuencia, sino que fue la causa que garantizó
el cumplimiento de la promesa, como citamos más arriba: «Por tu descendencia
se bendecirán todas las naciones de la tierra, EN PAGO DE HABER
OBEDECIDO TU MI VOZ» (Gn. 22, 18).
Todo
esto es lo que significa “vivir por la fe”, vivir en obediencia, vivir
conformando nuestra vida a la voluntad de Dios, porque creemos que si
perseveramos hasta el final, el cumplirá su promesa de hacernos herederos de su
reino.
Si
bien estamos de acuerdo en que la justificación es un don absolutamente
gratuito e inmerecido, que para nosotros se opera mediante el Espíritu Santo en
el bautismo sin necesidad de ninguna obra humana, y para la mayoría de los
protestantes se opera al momento de expresar la fe, la justificación no solo es
una declaración de justicia, sino ser hechos verdaderamente justos, en tanto
que hemos sido incorporados a Cristo por el bautismo (Rom. 6, 3-5) y también
por este bautismo nos hemos revestidos de Él, que es el Justo de entre los
Justos, y debido a esto, a estar unidos a Cristo, se nos ha comunicado la gracia que nos capacita para actuar conforme a la
justicia, y actuando en justicia, por el don de la gracia, conservamos nuestra propia
justificación, y esto es realmente lo que se resume en "vivir por la fe".
Estamos de acuerdo en que la
salvación es “solamente por medio de la fe” (como lo explicó reiteradamente
Benedicto XVI durante su papado), pero debe tenerse claro que bíblicamente "por medio de la fe" significa esto: Expresar en la vida una fe obediente, activa, obrante, justa, en comunión con el amor de Cristo, o sea, la salvación mediante la fe es solamente a condición de que caminemos y vivamos en fidelidad a Dios, que vivamos genuinamente en la
fe, o sería mejor decir, “que vivamos la fe”.
Dios no nos pide la circuncisión, ni dejar de
encender fuego el sábado o alguna otra carga de las prescripciones de la ley,
nos pide que vivamos solamente por medio de la fe, y vivir por medio de la fe es vivir conforme
a la justicia que se nos ha dado en Cristo, es conformar todas nuestras obras,
nuestra vida entera, a la vida de Cristo, que es el amor. Solo a condición de
vivir según la fe –y esto solo es posible aferrándonos a la fuente de la gracia
que es el Espíritu Santo- es que podremos ser salvos.
Pero
este “vivir solamente por la fe”, nunca debe confundirse (como lo ha hecho el
protestantismo) con “la fe sola”, que aunque parezca, no son ni remotamente lo
mismo.
Así
que la salvación es por gracia, mediante de la fe, pero NO por la “fe sola”.
Y
aunque pudiera seguirme extendiendo más, analizando muchos otros versículos
tanto de los Evangelios como de san Pablo, y los demás libros del Nuevo
Testamento, por ahora concluyo aquí, pues esta solo pretendía ser una respuesta
para un debate de facebook, y ya se ha extendido demasiado.
Alfredo Rodríguez