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martes, 4 de febrero de 2020

¿Qué significa "Dios te salve" en el Ave María?


Una de las oraciones más populares en el mundo entero es el "Ave María", una oración que el pueblo cristiano ha atesorado desde hace muchos siglos y con la cual se identifica por la forma en que de manera tan sencilla resume la profundidad de grandes verdades relatadas en el Evangelio, por un lado, el saludo del ángel a María para anunciar que el Verbo de Dios se haría carne en su vientre, así como el saludo de Santa Isabel, que llena del Espíritu Santo exclama a su prima, María, "bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre", cuando por inspiración reconoce que aquél que crece en el seno de su prima, la Virgen, era su Salvador.  

¿Pero qué significa esto de "Dios te salve" que se repite tantas veces en el Rosario?

Esta hermosa oración practicada por siglos en la cristiandad católica, tiene sin embargo grandes detractores entre los grupos neo-protestantes de fuerte cariz anti-católico.

Hace días una página de esta clase de grupos cuestionaba el Ave María preguntándose cómo es que los católicos decimos por una parte que María tuvo una concepción inmaculada, es decir, sin pecado, y al mismo tiempo pedimos que Dios "salve a María". 

Claramente, estos hermanos separados están profundamente confundidos, tanto en cuanto a lo que nos referimos por 'Inmaculada Concepción', como a lo que queremos expresar al recitar el Ave María. Pero seguramente más de algún hermano católico también se ha preguntado alguna vez de manera sincera qué significa el "Dios te salve". ¿Será que dudamos de la salvación de la Virgen y rogamos una y otra vez para que Dios la salve? Nada de eso.

La expresión "Dios te salve", en el Ave María no es una petición para que Dios salve a María (la Virgen no espera su salvación, ya la disfruta, pues ya es salva y goza de toda la gloria de la redención traída por su Hijo Jesús, pero de eso hablaremos en la parte final de este artículo), "Dios te salve" es un saludo.

La oración del Ave María en español es una traducción del latín, y en dicho idioma esta oración no comienza mencionando a Dios, sino que dice directamente "Ave Maria, Gratia Plena, Dominus tecum...". La palabra "Ave", como ya hemos mencionado, es un saludo en latín, es el saludo del ángel a María y está tomado del Evangelio de San Lucas 1, 28.

Pero sabemos que los evangelios no se escribieron en latín, sino en griego, así que este "Ave" en latín es a su vez una traducción del griego "Χαῖρε" (Chaíre).

¿Y qué significa "Ave"? Si bien ya sabemos que es una expresión para saludar, su origen proviene de "Avēre". que significa "estar bien".

"Ave" es prácticamente intercambiable por otra palabra latina, "Salve" (que es la palabra que aquí nos ocupa), una forma imperativa de "salvēre", que significa "tener salud". Así vemos que "Ave" o "Salve" son saludos (de hecho, como su nombre lo indica, dar un saludo es una forma de desear salud, desear que la otra persona esté bien).

La palabra "Salve", aunque es tomada del latín, fue ampliamente usada en el español antiguo a forma de saludo, de ahí que cuando se fue desarrollando el "Ave María" se dijera en español "Dios te salve, María", que sencillamente significa "Dios te saluda, María".

El evangelista escribió en griego: "Chaire kecharitōmenē ho Kyrios meta sou", que si lo tradujéramos de la manera más popular posible, sería algo así como "Saludos, Llena de Gracia, el Señor es contigo".

¿Y por qué decir "Dios te salve, María" y no solo "Salve, María" si Lucas no escribió la palabra Dios en el salud del ángel?

¡Precisamente para evitar malos entendidos! ¡Imagínense lo que dirían los protestantes si nos escucharan decir "Salve, María, llena eres de gracia"! Dirían seguramente que le estamos pidiendo a María que ella nos salve, y que con eso estamos negando el papel de Jesús como único Salvador por medio de su Sacrificio en la cruz.

Los católicos reconocemos a Jesús, en su entrega en Sacrificio expiatorio, como al único, verdadero y suficiente Salvador de todos, incluida María.

¿Pero entonces por qué decimos que María necesitaba de la salvación de Jesús y al mismo tiempo decimos que nació sin pecado?

Porque una cosa no contradice a la otra. María no nació sin pecado por un deseo o un poder propio; si ella nació sin pecado es porque así Dios lo quiso y lo decidió (y lo decidió así en virtud de Jesús, para que el Verbo Divino tuviera un lugar digno de su Suma Santidad y Divinidad, encarnándose en un vientre absolutamente puro y santo, en un cuerpo que nunca hubiese estado bajo la potestad del pecado) es decir, que quien evitó que María fuese manchada por el pecado, es el mismo Dios que luego nos lavó del pecado a todos los demás. El poder salvífico de Dios operó en María evitando que fuera manchada por el pecado, del mismo modo que en los demás ese mismo poder salvífico operó limpiándonos de la mancha del pecado. 

Dios salvó a María evitando que cayera, mientras a los demás nos salvó levantándonos de la caída, sin embargo a todos nos salvó. 

Hay un ejemplo muy común que nos ayuda a entender esto: Imagina que una persona cae a un pozo y no hay nadie cercano que la pueda auxiliar, por lo que corre el riesgo que darse allí sin agua, alimento, etc., pero de pronto alguien escucha sus gritos, se acerca y le rescata. La persona que estaba atrapada bien podría decir a quien lo auxilió "gracias, me salvaste la vida". Ahora bien, si esa misma persona, hubiera estado junto al pozo a punto de caer y la otra le hubiese jalado, evitando que cayera, también podría decirle "gracias, me salvaste la vida".

¿Esto implica que María no necesitó del derramamiento de la Sangre de Jesús en la cruz para ser salvada? 

No, no significa esto de ningún modo. También María es salva gracias a la Sangre de Jesús. Es en previsión a la obra salvadora de Jesús, que se haría hombre y vendría al mundo a derramar su Sangre, que Dios crea a María con las virtudes de un verdadero Tabernáculo humano perfectamente puro. Es decir, la Inmaculada Concepción que Dios le concedió a María, es en atención a la necesidad de que Jesús se hiciera hombre, tuviera sangre como los hombres, y la entregara por nuestros pecados. 

Además, la salvación propiamente dicha es la entrada definitiva a la vida eterna, y las puertas del cielo, para gozar de dicha vida eterna, fueron abiertas gracias a que Jesús las abrió con el precio de su Sangre, por eso nadie entró al cielo antes que Jesús. María pudo ser asunta al cielo, para gozar de la vida eterna, gracias a que Jesús abrió el cielo con su sacrificio.


lunes, 28 de octubre de 2019

El devoto de San Judas Tadeo debe ser antes que todo un buen devoto de Jesucristo


Si eres devoto de San Judas Tadeo, está bien, pero nunca olvides que San Judas era devoto de Nuestro Señor Jesucristo; fue siervo y discípulo de Jesús. El centro de nuestra fe siempre debe ser Cristo, y el mejor ejemplo es la imagen de San Judas, ¿ya viste a quien tiene en el centro de su corazón? ¡A JESÚS! En el centro de tu corazón también debe estar Jesús.

No permitas que tu devoción se desvíe, San Judas, como nuestro hermano en Cristo que ya goza de la presencia del Señor en el cielo, puede ayudarnos intercediendo, pero el único Todopoderoso que puede concedernos milagros es Dios.


Los Católicos no somos "sanjudistas", somos CRISTIANOS.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Jesús, único mediador entre Dios y los hombres; María mediadora de las gracias. Explicación a una hermana separada.


Una hermana separada, miembro de una denominación bautista particular (de corriente calvinista), me cuestionaba cómo es que los cristianos católicos podíamos afirmar que Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres y al mismo tiempo admitir que María es 'mediadora', lo que, a su entender, era una grave contradicción, lo mismo que llamarle a María 'puerta del cielo' en las letanías, cuando Jesús dice en el Evangelio de San Juan que Él es la puerta.

¿Cómo se aclaran y resuelven estas aparentes contradicciones? Lo podemos ver a continuación (lo siguiente es la respuesta que se le dio a esta hermana protestante):

Me preguntas “¿cómo es que se declarara mediador a otro más que a Cristo, y se dice de otro que es “puerta del cielo” aparte de Cristo?”

Te respondo: ¿Mediador con respecto a qué? Porque si nos referimos a la mediación de la nueva alianza de Dios con los hombres, la Iglesia católica enseña -como lo verás más adelante con una cita del Catecismo- que el único mediador es Cristo, nadie más.

El problema es que ustedes ven un título o un concepto y en lugar de preguntar a qué se refiere la Iglesia hacen conjeturas apresuradas.

Cuando la Escritura dice “hay un solo mediador entre Dios y los hombres” se refiere al sentido pactual, en que la Nueva Alianza tiene a Cristo por único mediador, siendo su sacrificio el medio de reconciliación de Dios con el hombre pecador. Y de éste sacrificio mediador surge toda la obra de evangelización, a la que Dios nos ha querido asociar a todos (incluida a su madre).

Pero bueno, el punto es que cuando la Iglesia le llama mediadora a la Virgen especifica muy claro que es mediadora DE LAS GRACIAS, NO DEL PACTO. La Iglesia cree que Dios, porque así le ha placido en su soberanía, ha querido utilizar a la Virgen como un medio para hacer llegar gracias y bendiciones a su pueblo, eso NO invalida la única mediación de Cristo, por medio de su sangre, con respecto a la Nueva Alianza.

Y cuando le llama “puerta del cielo”, es por algo muy sencillo: Porque Cristo entró al mundo a través de ella. Ustedes confunden “la dirección” de esa puerta, no se le llama puerta “de aquí hacia allá”, sino que fue la puerta utilizada por Cristo “de allá hacia acá”. ¿O acaso no fue María la puerta por la que Dios hecho hombre entró al mundo?

También me dices: «O ¿qué es lo que se debe entender cuando se dice de ella que “puede librar las almas de muerte”?»

Aquí es donde ustedes los protestantes comienzan a fabricar una especie de competencia extraña entre Jesús con su propia madre. María es una sierva e instrumento de Dios, y como sierva e instrumento, Dios ha querido asignarle ciertas tareas, algo que no debería asombrar ni escandalizar a nadie, tomando en cuenta que a TODOS LOS BAUTIZADOS nos ha constituido instrumentos para colaborar en su plan de salvación. ¿O no colaboramos con Dios en la salvación de un alma si la traemos al conocimiento y la fe de Cristo? Pues claro que sí, y no porque Dios nos necesite, sino porque nos ha querido asociar a su obra de redención. Dios te salva -casi siempre por medio de otros que te llevan a Cristo- y luego tú, a su vez, participas en la salvación de otros, (no como causa efectiva, que es únicamente el sacrificio de Cristo, claro está, sino predicando o intercediendo por la conversión de alguien, etc.)

¿Hay que escandalizarnos entonces porque María puede librarnos de la condenación? Primero, antes de hacer conjeturas apresuradas, deberíamos preguntarnos a qué se refiere esto. ¿Es librarnos de la muerte aparte de Cristo o como instrumento supeditado a la obra de redención de Cristo? Por supuesto que es en función del papel que ella cumple en la obra de salvación de su Hijo, no por su cuenta propia. Evidentemente María no puede ayudar a librar a nadie de la muerte que no tenga a Cristo como Señor.

María puede obtenernos con sus ruegos (toma en cuenta que rogar ya de antemano implica una subordinación a Dios, por eso es que le ruega) tal o cual gracia para nuestra conversión, y podrá también , quizá como muchos otros santos (posiblemente incluidos hasta protestantes que se han salvado) abogar ante el Justo Juez en nuestro juicio a la hora de la muerte, etc., pero siempre su papel emana de lo que Cristo hizo en la cruz.

O sea, en efecto, el único que puede librar de la muerte es Dios, lo que no niega la participación de sus santos en esta obra.

O dime, si evangelizas a un pagano que adora a alguna falsa deidad o a algún pecador empedernido y lo llevas a Cristo, ¿no estás librándolo de la muerte, en el sentido de que le estás llevando a aquel que le ofrece la vida?

En el fondo, Ana, muchas de las atribuciones que le damos a la Virgen son características de la participación de todos los cristianos en la obra de Cristo, solo que creemos que María, por su relación singular con Cristo, tiene precisamente un rol bastante singular en esa participación.

Te cito el siguiente numeral del Catecismo que creo que sintetiza perfectamente lo que te estoy explicando con respecto a que Cristo nos ha querido unir a su obra de salvación, aunque su madre está unida de una manera singular (en este sentido, diría yo, todos somos “corredentores” con Cristo cuando le anunciamos el evangelio a alguien o intercedemos orando para obtenerle de Dios la gracia de la conversión, de ahí que tampoco debería ser un escándalo decir que la Madre del Señor tenga un papel en esta misión "corredentora" con Cristo en la que participamos todos los cristianos). Ahora sí para finalizar te cito el Catecismo:

«Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2) Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida [...] se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque Él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):».


jueves, 29 de agosto de 2019

Las 24 hermosas Súplicas a Nuestro Señor Jesucristo de San Juan Crisóstomo.

 
San Juan Crisóstomo es uno de los llamados 'Santos Padres de la Iglesia Primitiva', es uno de los Cuatro Grandes Padres de Oriente. 

Los Padres de la Iglesia llevan ese título porque debido a sus aportes doctrinales y espirituales pusieron la semilla y sentaron en los primeros siglos del Cristianismo las bases teológicas, doctrinales, litúrgicas y morales de la Fe de la Iglesia Cristiana. 

Hasta nuestros días las Iglesias católicos de ritos orientales siguen celebrando la Misa cuyo marco litúrgico se atribuye a San Juan Crisóstomo en el siglo IV. 

Estas 24 súplicas al Señor son atribuidas a este gran santo y muchos cristianos en oriente las recitan diariamente.

La tradición oriental afirma que son 24 en alusión a las 24 horas del día, en el sentido de que debemos rogar al Señor a toda hora, aunque claro está que se pueden hacer todas de una sola vez, por ejemplo, al inicio del día.

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Los 24 'Oh Señor' de San Juan Crisóstomo.


1. Oh Señor, no me prives de Tu Bendición Celestial.

2. Oh Señor, líbrame del tormento eterno.

3. Oh Señor, si yo pequé por pensamientos, palabras o acciones, perdóname.

4. Oh Señor, líbrame de toda ignorancia, de la mezquindad del alma y de la dureza del corazón.

5. Oh Señor, líbrame de toda tentación.

6. Oh Señor, ilumina mi corazón oscurecido por los deseos del maligno.

7. Oh Señor, siendo yo un ser humano, soy pecador. Siendo el Señor Dios, perdóname en Tu Amor, pues Tú sabes que mi alma es débil.

8. Oh Señor, envía tu Gracia en mi auxilio, para que yo pueda glorificar Tu Santo Nombre.

9. Oh Señor Jesucristo, inscribe a Tu siervo en el Libro de la Vida y concédeme un fin bendecido.

10. Oh Señor mi Dios, aunque no haya hecho el bien para Ti, sin embargo concédeme, de acuerdo con Tu Gracia, que pueda comenzar a hacerlo.

11. Oh Señor, rocía mi corazón con Tu Gracia.

12. Oh Señor del Cielo y de la tierra, acuérdate de mi, Tu siervo pecador, impuro y frío de corazón, en Tu Reino.

13. Oh Señor, acepta mi arrepentimiento.

14. Oh Señor, no me abandones.

15. Oh Señor, sálvame de la tentación.

16. Oh Señor, concédeme pensamientos puros.

17. Oh Señor, concédeme las lágrimas del arrepentimiento, el recuerdo de la muerte y el sentido de la paz.

18. Oh Señor, concédeme la humildad, la caridad y la obediencia.

19. Oh Señor, concédeme la confesión de los pecados.

20. Oh Señor, concédeme la tolerancia, la magnanimidad y la dulzura.

21. Oh Señor, sitúa en mí la fuente de todas las bendiciones: el temor de Ti en mi corazón.

22. Oh Señor, concede que pueda amarte con todo mi corazón y toda mi alma, y que pueda obedecer siempre tu voluntad.

23. Oh Señor, defiéndeme de las personas y también de los demonios, de las pasiones, de todos los errores.

24. Oh Señor, que creó al todo y que sobre el todo ejerces Tu Voluntad, haz que Tu Voluntad también me tome, yo pecador, por Tu Eterna Bendición. Amén.

miércoles, 17 de julio de 2019

Sí, soy católico, por esto y más.


- ¿Eres católico?

- Sí

- ¿De esa Iglesia llena de curas pederastas?

- Aunque no es una justificación, solo alrededor de un 0.3% del clero ha estado involucrado en esos penosos casos, así que eso de “llena” es un tanto exagerado.

- Pero en fin, han surgido de esa Iglesia y tú eres parte de ella.

- Sí, han surgido de esa Iglesia, de la que también han surgido durante 2000 años miles y miles de santos, conocidos y anónimos, con vidas ejemplares e intachables que han sabido imitar en grado excelso la vida de Cristo en el servicio y el amor al prójimo; de esa misma Iglesia que fundó y sostiene la Organización de Caridad más grande del mundo, Cáritas Internacional; de esa misma Iglesia que atiende gratuitamente a miles de ancianos abandonados, de enfermos terminales o niños huérfanos en miles de asilos, hospitales y orfanatos atendidos por religiosos y laicos a lo largo y ancho de toda la tierra; de esa misma Iglesia que cada domingo educa ciudadanos haciendo escuchar a millones de personas en la Misa alguna predicación sobre cosas buenas, como lo bueno que es amar a los semejantes, ser fiel a tu pareja, no robar, ayudar al enfermo o al pobre, etc. –que luego no todos lo apliquen, es otra cosa-.

De esa misma Iglesia que aporta un valor incalculable a la salud del tejido social agrupando a decenas de miles de niños, adolescentes y jóvenes en los grupos parroquiales donde conviven sanamente y reciben formación en valores morales que les mantienen alejados de las drogas, de las pandillas y de la delincuencia, que les desarrollan una personalidad apta para la convivencia pacífica en sus comunidades y que hacen innumerables actividades de ayuda social y caritativa de la que se beneficia toda la sociedad. SÍ, SÍ SOY PARTE DE ESA IGLESIA.

jueves, 20 de junio de 2019

¿Se puede ser Católico y creer en el 'Karma'?



Hoy día en occidente se han puesto de moda muchas creencias orientales sobre el alma, debido al auge de la llamada "Nueva Era", que ofrece la experiencia de una "espiritualidad" sin la necesidad de un Dios Personal, el cual es sustituido por una especie de "energía universal" impersonal. Estas ideas se han vuelto tan populares en nuestra sociedad que muchos ya las dan por sentadas, a pesar de que al mismo tiempo profesen una fe cristiana. No es muy extraño escuchar a alguien formalmente católico decir que a tal o cual persona le pasó algo debido al "karma". Así que es necesario preguntarnos: ¿Se puede ser católico y al mismo tiempo creer en el karma?

Y la respuesta es un rotundo NO. No es posible empatizar la fe cristiana del catolicismo con el karma.
 

¿Pero por qué no son compatibles?

El 'Karma' es incompatible con la fe católica porque es exactamente lo contrario a la GRACIA y la doctrina de la Gracia es central, fundamental e insustituible para el cristianismo.

Los Cristianos creemos que alcanzamos la salvación del alma porque Dios, gratuitamente, sin mérito humano de por medio, ha decidido entregar a su propio Hijo como Cordero propicio por nuestros pecados y los méritos salvíficos del Sacrificio de Cristo realizado en la cruz nos son infundidos ordinariamente de manera gratuitamente por medio de los Sacramentos (medios de Gracia).

Esto es muy importante, pues según la idea del 'karma', lo único que hubiese merecido la humanidad, debido a su constante y terrible pecado, era un castigo indescriptible, proporcional a su pecado, pues a sus malas acciones hubiera merecido unas muy malas consecuencias, sin embargo Dios, por su Divina Misericordia, sin que lo mereciéramos, decidió reconciliarnos con Él por medio de su Hijo: "mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Romanos 5, 8).

Lo que hizo Dios, por su Gracia, el enviar a su Hijo a morir por los hombres, siendo los hombres terriblemente pecadores, es completamente contrario a la ley del karma. Merecíamos castigo, y un castigo muy severo, pero por su Gracia hemos recibido perdón.

Pero la Gracia, además de ser el regalo mismo de la salvación, es una asistencia sobrenatural en el alma que nos fortalece para poder cumplir la voluntad de Dios y permanecer en Comunión con Él. Sin esta fuerza sobrenatural que es la Gracia en nuestras almas, el hombre, abandonado a sus propias fuerzas, no podría agradar a Dios, puesto que debido a la concupiscencia, siempre tiene una inclinación al pecado, inclinación que solo puede ser derrotada con la ayuda de la Gracia. La Gracia se nos regala para que podamos, con ella, vencer al pecado.

En la enseñanza del Karma es el alma la que se castiga o se recompensa a sí misma por sus propias obras, sin la intervención de Dios. El 'Karma' no considera la Misericordia Divina, por lo tanto es una enseñanza ajena a la creencia cristiana.

Ahora bien, ¿no dice acaso la biblia que Dios dará a cada uno según sus obras? ¿No sería esto compatible con el karma?

No es compatible porque, como ya hemos dicho, en el Karma no es necesaria ni siquiera la participación de un Dios Personal que juzga y retribuye, pues el karma sería una energía que "equilibra", una especie de ley de "causa-efecto" que rige al universo.

En la fe cristiana por su parte, si bien Dios dará a cada uno según sus obras, y recompensará al justo y castigará al impío, no supone esto una sustitución de la Gracia Divina. Dios concederá la salvación a aquellos que, unidos a Cristo, y gracias a Él, a Su Gracia infundida en sus almas, hayan dado buenos frutos, porque como bien dice el Señor ("porque separados de mí no pueden hacer nada". Juan 15, 5).

Dios nos recompensará si somos justos, pero solo podemos obrar en justicia si dejamos que su gracia opere en nuestras almas.
 

Así que en resumen, en tanto que la creencia del 'karma' sostiene que el alma avanza o retrocede en cada vida (la reencarnación, dicho sea de paso, también es una idea contraria a la fe católica), debido a las propias acciones personales, que se equilibran a sí mismas por una ley o energía impersonal, sin un Dios que juzgue a cada uno al final de la vida, es definitivamente una creencia del todo incompatible con la fe en Jesucristo que enseña la Iglesia católica.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Cómo rezar el Rosario de las Santas Llagas de Jesús.

El Rosario de las Santas Llagas nace de una revelación dada por nuestro Señor Jesucristo en el siglo XIX a la hermana María Martha Chambon, religiosa de la Orden de la Visitación. 

Entre otras cosas, el Señor le pidió difundir la devoción a sus Santas Llagas, signo del sufrimiento en la cruz que por amor padeció en favor nuestro, revelándole que sus llagas son un tesoro y una fuente infinita de la Gracia Divina, a la que debíamos recurrir sin cansancio todos los cristianos para obtener perdón, misericordia y muchas otras gracias particulares con las cuales sostener nuestra vida de fe.

Nuestro Señor Jesús le dijo a la Hermana María Martha: "Con estas invocaciones eres más poderosa que un ejército para detener a mis enemigos".

Así que recomendamos ampliamente practicar y difundir esta hermosa devoción.

¿Cómo rezar el Rosario de las Santas Llagas de Jesús?

Tomando la camándula (rosario), en la Cruz diremos: "Oh Jesús, Redentor Divino, se misericordioso con nosotros y con el mundo entero".

En las siguientes tres cuentas  que están unidas diremos: 

- Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero. (en la primera cuenta)

- ¡Perdón! ¡Misericordia, Jesús mío! Durante los presentes peligros, cúbrenos con tu preciosa Sangre. (en la segunda cuenta).

- Padre Eterno: Ten misericordia por la Sangre de Jesucristo, tu Hijo único; ten misericordia de nosotros, te lo suplicamos. Amén, amén, amén.

En las cuentas grandes, pensando en Jesús crucificado, haremos una adoración a cada una de las 5 Llagas (una por cada decena). Por ejemplo, en la primer cuenta grande, diremos:

Jesús mío, yo adoro las Santas Llagas de tus pies, y por el dolor que en ellas sufriste y la Sangre que de ellas derramaste, te suplico que perdones mis pecados y que tengas misericordia de mi alma y la de todos mis hermanos.
-
PADRE ETERNO, YO TE OFREZCO LAS LLAGAS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, PARA QUE CURES LAS LLAGAS DE NUESTRAS ALMAS.

En las 10 cuentas pequeñas diremos:

Jesús mío, perdón y misericordia, por los méritos de tus Santas Llagas.

En la segunda cuenta grande para iniciar la segunda decena, diremos:

Jesús mío, yo adoro la Santa Llaga de tu costado, y por el dolor que en ella sufriste y la Sangre que de ella derramaste, te suplico que perdones mis pecados y que tengas misericordia de mi alma y la de todos mis hermanos

Padre Eterno, yo te ofrezco las Llagas de nuestro Señor Jesucristo, para que cures las llagas de nuestras almas.

En la tercera, cuarta y quina cuenta grande solo cambiará la Llaga (Llaga de la mano izquierda, Llaga de la mano derecha, Llagas de la cabeza).
 

Al finalizar las cinco Llagas y para concluir el Rosario diremos tres veces:

Padre Eterno, yo te ofrezco las Llagas de nuestro Señor Jesucristo, para que cures las llagas de nuestras almas.
 

sábado, 16 de diciembre de 2017

Monición de entrada para la Misa del 17 de diciembre de 2017. (Tercer domingo de adviento).

Buenos días, 

Estamos ya en el tercer domingo de adviento, y en la liturgia de este domingo, Juan el Bautista viene a exhortarnos, con palabras del profeta Isaías, a enderezar nuestros caminos para aguardar en un espíritu de verdadera conversión de corazón, a aquel que viene en camino, el Mesías Verdadero, nuestro Señor Jesucristo.

Comenzamos la celebración de estos Sagrados Misterios de pie, para entonar juntos el canto de entrada.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Monición de entrada para la Misa del 10 de diciembre de 2017. (Segundo domingo de adviento).

En este segundo domingo del tiempo de adviento, el evangelio nos exhorta a preparar el camino del Señor que viene a nuestro encuentro.

Convocados por las palabras de Juan el bautista a una sincera conversión de nuestros corazones para recibir a Cristo que ya viene en camino, nos ponemos de pie, y entonamos con júbilo el canto de entrada para iniciar la celebración de estos Sagrados Misterios.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Monición de entrada para Misa del 3 de diciembre de 2017 (primer domingo de adviento).


Buenos días,

Hoy la Iglesia entra en el tiempo litúrgico del adviento, y los cristianos somos convocados a prepararnos espiritualmente durante estas cuatro semanas para la celebración del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo.

Pongámonos de pie e iniciemos con gozo este primer domingo de adviento en la espera de nuestro redentor, entonando todos juntos el canto de entrada.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Monición de entrada para Misa del 26 de noviembre de 2017 (Cristo, Rey del Universo)



Buenos días,

Hemos llegado al último domingo del Tiempo Ordinario, y nada más apropiado para la vida de la Iglesia, que concluir este tiempo litúrgico celebrando la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

Nos ponemos de pie y damos inicio a esta fiesta con nuestros corazones llenos de alegría, porque Cristo, el Rey de nuestras vidas, es el Rey de todo el Universo. 


¡Viva Cristo Rey!
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Monición para el próximo domingo: 3 de diciembe (primer domingo de adviento).

martes, 21 de noviembre de 2017

La salvación “por medio de la fe” no es igual a la “fe sola” protestante.


La salvación “por medio de la fe” que enseña la biblia es contraria a la “fe sola” del protestantismo

 «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.» San Mateo 7, 21-23

Estos son los tres versículos “anti-sola fe” por excelencia. Es una clara exposición y catequesis, no de algún discípulo muy bien instruido o de algún excelente teólogo de nuestros días, sino de nuestro propio Señor Jesucristo, contra aquellos que podrían, en una falsa y muy peligrosa confianza, creer que basta con declarar que Él es su Señor.

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» es una expresión verdaderamente letal contra la doctrina de “la salvación por la fe sola”. Jesús dice con toda claridad que no basta con “decir” sino que además hay que HACER la voluntad del Padre. 

Uno de los versículos de los que el protestante “solofidelista” suele echar mano para defender la fe sola es Romanos 10, 9: «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» ¿Pero acaso aquellos de quien Jesús afirma que le dirán “Señor, Señor” no son precisamente creyentes que “confesaban con su boca” que Jesús era el Señor? ¿Hay aquí una contradicción entre Jesús y Pablo? Claro que no, lo que hay es una concepción fragmentada, parcializada e incompleta en la lectura bíblica del protestantismo. Cuando el protestante desarrolla su defensa de la sola fe, no toma en cuenta versículos como Mateo 7, 21; únicamente selecciona determinados versículos, principalmente paulinos que, vistos aisladamente, darían un supuesto soporte a su creencia. 

Pero si tomamos Rom. 10, 9 y luego traemos junto a él Mt. 7, 21-23, todo se ve distinto. Dice Jesús: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? » ¿No confesaban acaso estos con su boca que Jesús era su Señor, no tenían tanta fe que incluso echaban demonios y hacían milagros con el poder del nombre de Jesús? Según la doctrina de la “sola fe” estos ya deberían estar salvos y justificados sin ningún rastro de duda y sin la menor sospecha de lo contrario, y lo último que podría esperarse que les dijera Jesús es exactamente lo que viene a continuación: «Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad».
 
No les bastó tener fe, tanta fe que incluso hacían milagros en el nombre de Jesús, aun así son enviados a condenación, por ser HACEDORES de maldad. Sus obras influyeron en su destino final, no solamente su fe. Puesto que hicieron el mal, en lugar de hacer el bien, no serán admitidos en el Reino de los Cielos. ¿Cómo puede alguien después de ver esto afirmar que las obras no tienen relevancia en el destino final del creyente? 

¿O a quienes son a los que el Señor les da la bienvenida en su Reino? Él mismo lo declara en Mateo 25, 34-36 «Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí».

Aquí Jesús deja claro que el cumplimiento de estas buenas obras en el amor son una condición necesaria para entrar al Reino, y no solo un mero producto o consecuencia automática y cuasi mágica de la justificación luego de hacer “la oración de la salvación”. Nótese que Jesús no dice «tuve hambre y me distéis de comer como consecuencia de tu fe por la cual mi Padre te heredó su reino», dice «Venid […] heredad el reino […] porque tuve hambre y me distéis de comer…». Les permite entrar al reino en recompensa de sus buenas obras, por lo que hicieron, en consecuencia con lo que dice san Pablo en Romanos 2, 6 «el cual pagará a cada uno CONFORME A SUS OBRAS», pues se pagará «tribulación y angustia sobre todo ser humano que HACE LO MALO, el judío primeramente y también el griego» pero también se pagará «gloria y honra y paz a todo EL QUE HACE LO BUENO, al judío primeramente y también al griego».

Aquí queda claro que el haber hecho lo malo o haber hecho lo bueno traerá consecuencias diametralmente distintas el día de nuestro juicio. Y aquí no vale que se diga que el que hace lo bueno lo hace solamente porque ha sido predestinado para ser salvo y sus buenas acciones solo son una consecuencia de la fe, pues ya veíamos que aquellos de Mateo 7, 23 que tenían bastante fe, luego son declarados por el Señor «hacedores de maldad». Tenían fe, sin embargo hacían el mal, una cosa no garantiza la otra de manera ineludible. ¿Podrá haber un ejemplo más claro que ese de que la fe no produce mágica o mecánicamente las buenas obras? Pero por si hiciera falta, también dice san Pablo en 1 Cor. 13, 2 «aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy». El apóstol nos deja claro que no necesariamente tener plenitud de fe es equivalente a tener plenitud de caridad. 
  
Pero volvamos a Rom. 10, 9 ¿el apóstol contradice a Jesús? No, pues en san Pablo (como en cualquiera de los otros escritores inspirados del Nuevo Testamento), la fe no consiste en la mera afirmación intelectual sobre la existencia de tal o cual persona o acontecimiento, la fe en el lenguaje bíblico significa conformar la vida personal a la voluntad de Dios en virtud de la esperanza que produce la promesa de obtener la vida eterna (esperanza es una de las palabras más repetidas por san Pablo en todas sus cartas).

Vivir por la fe no significa simplemente creer que Jesús murió, resucitó, y listo, ser declarado “salvo, siempre salvo”; nada de esto, bíblicamente vivir por la fe más bien significa llevar una vida que se corresponde con la esperanza que se tiene en alcanzar la vida eterna, y este vivir por la fe es además una condición durante toda nuestra existencia terrena, «el que persevere hasta el fin, ese será salvo». Para el reformado la perseverancia es solo una consecuencia segura de la justificación, mas en el lenguaje de Jesús es una condición, «el que persevere».

El otro error garrafal del protestantismo es confundir las obras de la ley (los preceptos mosaicos de la Torá, correspondientes a la circuncisión, las prescripciones alimentarias, etc.) con la ley de Cristo que san Pablo manda a cumplir. ¿Pero cómo es que san Pablo dice que somos salvos por la fe sin las obras de la ley (Rom. 3, 28) y al mismo tiempo manda a cumplir la ley de Cristo? («Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas y cumplan así la ley de Cristo»; Gal. 6, 2). Porque el apóstol está hablando de dos cosas distintas que el protestantismo ha revuelto y confundido completamente, creando toda una deformación sobre las obras y la justificación.

¿O es que acaso cuándo nos acusan a los católicos de presentar una salvación que incluye la necesidad de las obras, piensan que creemos que para salvarnos tenemos que cumplir las obras de la ley mosaica? ¿Acaso los católicos nos circuncidamos, guardamos el sábado con toda la complejísima legislación de la Torá, o nos abstenemos de comer cerdo y demás animales con pezuña? Saben perfectamente bien que no hacemos nada de eso. La Iglesia católica siempre ha sabido y enseñado que ningún hombre puede justificarse por las obras de la ley a las que se refiere san Pablo en Rom. 3, 28

¿Pero si no son las prescripciones de la Torá, entonces cuales son las obras por las que Dios pagará a cada uno? No son evidentemente las observancias de la legislación mosaica, no es la circuncisión (el tema principal del gran debate que llevó san Pablo en todas sus epístolas contra quienes buscaban imponer las obras de la ley), son las obras de la fe, la ley de Cristo, que es la ley del amor: «el que ama al prójimo, ha cumplido la ley» (Rom. 13, 8), «la caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, LA LEY en su plenitud» (Rom. 13, 10). Así vemos que la caridad no es solamente una consecuencia de la justificación, sino también una obligación para el creyente, por eso san Pablo le llama LEY en Rom. 13, 8; 13, 10 y LEY DE CRISTO en Gal. 6, 2.

El problema es que el protestantismo ha confundido todo esto, sin percatarse que san Pablo no habla de las obras ni de la ley en un solo sentido, en general, como si botara a la basura la utilidad de toda obra, sino que diferencia entre “las obras de la ley” (entendido este concepto en su debido contexto como los preceptos ceremoniales y rituales como la circuncisión, la comida y la bebida, los sábados, etc.) inútiles por sí mismas para justificar, de las buenas obras que se resumen en el amor al prójimo. 

Este amor al prójimo es la ley que se resume en el mandamiento nuevo (San Juan 13, 34), que al final es la  plenitud de la ley natural que está inscrita en los corazones, y que incluso los gentiles pueden cumplir cuando en su conciencia son capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, siendo así justificados: «que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ÉSOS SERÁN JUSTIFICADOS […] cuando los gentiles que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley» (Rom. 2, 13-14) 

¿Cómo “cumplen naturalmente las prescripciones de la ley” los gentiles si no se circuncidan? No ciertamente circuncidándose o guardando estrictamente el sábado, o la legislación sobre comida o bebida, sino guiándose por su conciencia y sabiendo diferenciar y escoger y desechar entre lo que es propio de juicio de condenación o de alabanza, o sea las “acciones secretas” de los hombres por las que Dios los juzgará, como dice Rom. 2, 16.

Y todas estas obras del amor, de la fe, de la obediencia, son también a las que se refiere Santiago cuando dice que las obras cooperan juntamente con la fe, de modo que la fe no sea muerta y estéril. Por eso no hay contradicción entre Pablo y Santiago cuando el primero dice que la fe le fue contada por justicia a Abraham, mientras que el segundo dice que fue justificado también por las obras, ya que para Santiago la fe de Abraham que le fue contada como justicia llegó a su pleno cumplimiento cuando Abraham obedeció ofreciendo a Isaac, y por esa obediencia Dios aseguró el cumplimiento de la promesa que ya antes le había hecho:

Leamos, Dios primero le promete a Abraham que su descendencia será como las estrellas del cielo:

«Y sacándolo afuera le dijo “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”. Y le dijo: “así será tu descendencia”. Y creyó él en Yahvé, el cual se lo contó como justicia». (Génesis 15, 6)

Ahora veamos como esto alcanza su cumplimiento con la obediencia de Abraham al ofrecer a Isaac en Génesis 22, 18:

«yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré mucho tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, EN PAGO DE HABER OBEDECIDO TU MI VOZ» 

¡Por eso es que Santiago dice que por las obras la fe de Abraham alcanzó su perfección! Y es lógico. El mismo Santiago es quien nos dice que la fe sin obras está muerta y es estéril, así que la única fe que puede salvar, es una fe viva, en eso estamos de acuerdo católicos y protestantes. 

Pero entonces debemos preguntarnos: ¿cómo se discierne si la fe está viva o muerta?

 ¿Basta la sola confesión de la fe para demostrar si ésta está viva o muerta? De ningún modo, pues eso solo puede demostrarse posteriormente al acto de confesar la fe, ¡con las obras que realice el creyente! Con éstas es como se demuestra si se trata de una fe viva o muerta. Cuando alguien hace la “oración de la salvación” que usan las iglesias bautistas, pentecostales, entre otras, es imposible distinguir si se trata de una fe viva que da salvación, o de una fe muerta que no la da, pues la oración es idéntica para todos. Lo que distinguirá a una fe de otra, lo que hará diferencia entre salvación o condenación, no será el solo acto de tener fe y confesarla, sino los frutos que produzca posteriomente esta fe, por ello es que no puede juzgarse la fe sola, sino también lo que resulta de ella y la acompaña.

¿Ven por qué es imposible que baste la fe sola? Si Dios concediera la salvación por la sola confesión de la fe en Jesús, Dios estaría obligado a concedérsela incluso a los que tienen una fe muerta, es decir, a aquellos que hacen una profesión de fe con sus labios, “recibiendo a Jesús como salvador”, independientemente de que luego de esta acción fuesen hacedores de maldad (y no olvidemos que ya quedó demostrado que se puede tener mucha fe y al mismo tiempo ser un hacedor de maldad como dice Mt 7, 21-23).

Alguien podría decir, “pero Dios todo lo sabe; Él de antemano conoce quien mostrará tener una fe viva y quien una muerta, no necesita estar a la espera de qué ocurrirá después”. Pero con esto también nos darían la razón a los católicos, pues finalmente tendrían que admitir que la salvación no se decide únicamente por la sola confesión de fe, sino también por aquello (las obras) que Dios en su Presciencia ya sabe que la persona demostrará, contando con una fe viva y activa, que realmente lo llevará a conformarse a Cristo y actuar en la vida en función de la fe que posee, y por aquello que espera obtener al final de su vida terrena: la salvación y la vida eterna. Dios ya sabe quiénes se salvarán, pero no solamente porque sepa quiénes harán la “oración de la salvación”, sino porque ya sabe quiénes conformarán su vida, sus obras y sus acciones a la fe en lo que esperan alcanzar. 

¿Pero es bíblica esta visión de la fe que venimos explicando como una forma activa de vivir en función de lo que se espera alcanzar, más que un simple pensamiento en algo o alguien? ¡Por supuesto! El autor de Hebreos se explaya en explicar la fe en este sentido, como una forma activa de vida. Veamos unos ejemplos:

Primero leamos el ya famoso versículo de Hebreos 11,1: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve». En efecto, la fe es nuestra certeza de que Dios tiene reservado un reino para nosotros. Eso es lo que se espera, esa es nuestra esperanza, y porque tenemos esa esperanza, actuamos en consecuencia:

«Por la fe, ofreció Abel a Dios un sacrificio mejor que el de Caín, por ella fue declarado justo, con la aprobación que dio Dios a sus ofrendas» (Hebreos 11, 4).

¿Se necesita algo más claro para entenderlo? Abel tenía fe en Dios y porque tenía fe en Él le ofreció un mejor sacrificio, su fe le hizo actuar de ese modo, y por esa fe Dios lo declaró justo, APROBANDO SUS OFRENDAS. Su fe no estaba separada de sus obras, Dios juzgó su fe con la aprobación que hizo de sus ofrendas.

Veamos más: «Por la fe, Noé, advertido sobre lo que aún no se veía, con religioso temor construyó un arca para salvar a su familia; por la fe, condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia según la fe». (Hebreos 11, 7)

Es muy claro. La fe que tenía Noé en que Dios no miente y en que la advertencia era real, lo movió a actuar, obedecer y construir un arca, y gracias a que su fe lo llevó a obrar en consecuencia, pudo sobrevivir con su familia al diluvio. ¿Se habría salvado Noé si ante las advertencias solo hubiera dicho “sí, creo”, pero no hubiera construido el arca? Evidentemente no. Su fe le salvó en tanto que creyó en Dios y ACTUÓ conforme a lo que creyó, por esto heredó la justicia, porque obró SEGÚN SU FE.

Y llegamos a Abraham. Aquí veremos el sentido integral de lo que significa la fe en el lenguaje de todo el Nuevo Testamento. Mientras que el protestantismo, gracias a su visión sesgada y fragmentaria de la biblia toma Romanos 4,3 para presentar una salvación imputada que se resuelve definitiva, eterna e irrevocablemente al momento mismo de confesar la fe, con Hebreos tenemos la verdadera y completa concepción de lo que la justicia por la fe significó para Abraham:

«Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, OBEDECIÓ Y SALIÓ para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, PEREGRINÓ hacia la Tierra Prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas.» (Hebreos 11, 8-9)

Más claro, imposible. Por la fe, en razón de su fe, debido a su fe, Abraham obedeció y salió, y por su fe, PEREGRINÓ. Todas estas palabras denotan ACCIONES que llevó a cabo por la confianza de recibir lo que esperaba de Dios: «Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». (Hebros 11, 10).

¡Este es el verdadero significado del «Y creyó él en Yahvé» que le fue contado para justicia! No el acto solo de “creer”, sino lo que produjo y acompañó a ese creer: obedecer y salir, peregrinar hacia donde Dios le indicaba. Hebreos 11, 8-9 nos deja esto claro, dándonos el panorama completo de aquello a lo que se refiere san Pablo en Romanos 4, 3. 

El protestantismo, entendiendo la Escritura en fragmentos, piensa que Génesis 15, 6 hace referencia solo a un momento en particular cuando Abraham “creyó”, y que a este simple acto, solo, aislado, se refiere san Pablo, de ahí que hayan construido toda una doctrina de la imputación de la salvación que se da, y que además es eternamente irrevocable, cuando se profesa la fe, sin percatarse, sin entender, sin darse cuenta que Abraham ya venía teniendo fe, y obrando en conformidad con esa fe, desde mucho tiempo atrás del momento que relata Génesis 15, 6, desde que Abraham «Marchó […] como se lo había dicho Yahvé» en Gn. 12, 4 (este último versículo es al que hace referencia el autor de Hebreos en el capítulo 11, versículos 8 y 9).

¿Y qué nos dice también más adelante sobre el mismo Abraham?

«Por la fe, Abrahán, sometido a la prueba, ofreció a Isaac como ofrenda, y, el que había recibido las promesas, ofrecía a su único hijo». (Heb. 11, 17).

¡Por la fe que tenía en Dios, en razón, en virtud de su fe, fue capaz de atreverse a ofrecer a Isaac! Por la fe que tenía obró de tal forma. 

¡Tener fe, en el lenguaje de la biblia, significa hacer algo porque confías en la promesa de Dios y le eres fiel (fe significa fidelidad) porque sabes que, a pesar de todo lo que tengas que hacer, al final Él te va dar lo que te ha prometido! Cuando se dice que somos justificados por la fe, significa que somos encontrados justos porque somos fieles a Dios, porque hacemos aquello que nos hará merecedores del premio que Dios ha prometido. ¡Esto es lo que hizo Abraham! Dios le dio la orden de dejar su tierra y le hizo la promesa de entregarle otra, él creyó que Dios le cumpliría, así que se puso en marcha. Esta es la fe que le fue contada por justicia, su acto de fidelidad, su acto de peregrinar confiando en Dios, creyendo en su promesa. La promesa para nosotros es el cielo y la vida eterna, pero aunque no hemos visto el cielo, lo esperamos (Heb 11, 1), y creemos que llegaremos a él a condición de mantengamos nuestra fidelidad (fe) a Dios, de que hagamos lo que Dios espera de nosotros. En pocas palabras, tenemos fe en la promesa de Dios que es el cielo, por tanto PEREGRINAMOS hacia él, nos ponemos en marcha (lo mismo que hizo Abraham).

La fe de Abraham no era solo una creencia o un pensamiento que se profesa, era un actuar y un obrar concreto. Y este obrar no era solo una mera consecuencia, sino que fue la causa que garantizó el cumplimiento de la promesa, como citamos más arriba: «Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, EN PAGO DE HABER OBEDECIDO TU MI VOZ» (Gn. 22, 18).

Todo esto es lo que significa “vivir por la fe”, vivir en obediencia, vivir conformando nuestra vida a la voluntad de Dios, porque creemos que si perseveramos hasta el final, el cumplirá su promesa de hacernos herederos de su reino. 

Si bien estamos de acuerdo en que la justificación es un don absolutamente gratuito e inmerecido, que para nosotros se opera mediante el Espíritu Santo en el bautismo sin necesidad de ninguna obra humana, y para la mayoría de los protestantes se opera al momento de expresar la fe, la justificación no solo es una declaración de justicia, sino ser hechos verdaderamente justos, en tanto que hemos sido incorporados a Cristo por el bautismo (Rom. 6, 3-5) y también por este bautismo nos hemos revestidos de Él, que es el Justo de entre los Justos, y debido a esto, a estar unidos a Cristo, se nos ha comunicado la gracia que nos capacita para actuar conforme a la justicia, y actuando en justicia, por el don de la gracia, conservamos nuestra propia justificación, y esto es realmente lo que se resume en "vivir por la fe".

Estamos de acuerdo en que la salvación es “solamente por medio de la fe” (como lo explicó reiteradamente Benedicto XVI durante su papado), pero debe tenerse claro que bíblicamente "por medio de la fe" significa esto: Expresar en la vida una fe obediente, activa, obrante, justa, en comunión con el amor de Cristo, o sea, la salvación mediante la fe es solamente a condición de que caminemos y vivamos en fidelidad a Dios, que vivamos genuinamente en la fe, o sería mejor decir, “que vivamos la fe”.

Dios no nos pide la circuncisión, ni dejar de encender fuego el sábado o alguna otra carga de las prescripciones de la ley, nos pide que vivamos solamente por medio de la fe,  y vivir por medio de la fe es vivir conforme a la justicia que se nos ha dado en Cristo, es conformar todas nuestras obras, nuestra vida entera, a la vida de Cristo, que es el amor. Solo a condición de vivir según la fe –y esto solo es posible aferrándonos a la fuente de la gracia que es el Espíritu Santo- es que podremos ser salvos. 

Pero este “vivir solamente por la fe”, nunca debe confundirse (como lo ha hecho el protestantismo) con “la fe sola”, que aunque parezca, no son ni remotamente lo mismo

Así que la salvación es por gracia, mediante de la fe, pero NO por la “fe sola”.

Y aunque pudiera seguirme extendiendo más, analizando muchos otros versículos tanto de los Evangelios como de san Pablo, y los demás libros del Nuevo Testamento, por ahora concluyo aquí, pues esta solo pretendía ser una respuesta para un debate de facebook, y ya se ha extendido demasiado.  


Alfredo Rodríguez

lunes, 2 de octubre de 2017

El arca de la alianza y la Virgen María (cuadro comparativo).


Las Sagradas Escrituras están llenas de "tipos" y "antitipos"; en el antiguo testamento el Espíritu Santo dejó plasmadas las claves para entender la plenitud de la revelación a través de lo que hasta entonces solo eran sombras.
 
Es así que estudiando lo que el Espíritu dejó en forma de "tipos", la Iglesia cristiana, desde tiempos muy antiguos, ha sabido entender que María es el cumplimiento (antitipo) de lo que el arca de la alianza era un tipo. María fue llamada a contener el cumplimiento de aquellos que eran "tipos" de Jesús en la antigua alianza (el maná, la vara del sacerdocio y la palabra dada por Dios por medio de los mandamientos). 

Por ello es que si bíblicamente Jesús es el verdadero maná (el pan vivo bajado del cielo), es el verdadero Sumo Sacerdote y es la verdadera Palabra de Dios hecha carne, también María, con toda justicia y en sintonía con las Escrituras es considerada el Arca de la Nueva Alianza.

Y como el arca de la alianza, que era solo una figura de lo que vendría, era sumamente venerada y respetada por el pueblo de Israel, considerada absolutamente pura y santa, así también los católicos, con aun mayor razón, puesto que estamos ante la realidad y no solo ante la sombra, veneramos a María como la purísima y toda santa arca que contuvo dentro de sí a la Plenitud de la Verdad que es el Señor.





Arca de la Alianza
Virgen María
El Arca de la Alianza contenía tres “tipos” de Jesús: el maná, la vara de Aarón y los diez mandamientos (Heb. 9, 4). En hebreo, mandamiento (dabar) puede ser traducido como palabra.
María llevó el cumplimiento de todos estos tipos en su cuerpo. Jesús es el verdadero maná del cielo (San Juan 6, 32), el verdadero ‘Sumo Sacerdote’ (Heb. 3, 1), y la verdadera palabra hecha carne (San Juan 1, 14).
Éxodo 40, 34: “La Nube cubrió entonces la Tienda del Encuentro y la gloria de Yahvé llenó la Morada”. La palabra griega para “cubrió” encontrada en la Septuaginta, “epeskíasen”, es una forma de “episkiasei”.
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios”. (San Lucas 1, 35). La palabra griega para “cubrirá” es “episkiasei”.
David saltó y bailó delante del arca cuando fue llevada a Jerusalén en procesión en 2 Samuel 6, 14-16.
Tan pronto como Isabel escuchó el sonido del saludo de María, Juan el Bautista saltó de gozo en su vientre. (San Lucas 1, 44)
Después de una manifestación del poder de Dios trabajando a través del arca, David exclamó: “¿Cómo ha de venir a mí el arca del Señor?” 2 Samuel 6, 9.
Después de la revelación a Isabel acerca de la verdadera vocación de María, y que llevaba a Dios en su vientre, Isabel exclamó: “¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?” (San Lucas 1, 43)
El arca permaneció tres meses en la casa de Obededón (2 Samuel 6,11).
María permaneció unos tres meses en la casa de Isabel (Lucas 1,56).