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jueves, 29 de agosto de 2019

Las 24 hermosas Súplicas a Nuestro Señor Jesucristo de San Juan Crisóstomo.

 
San Juan Crisóstomo es uno de los llamados 'Santos Padres de la Iglesia Primitiva', es uno de los Cuatro Grandes Padres de Oriente. 

Los Padres de la Iglesia llevan ese título porque debido a sus aportes doctrinales y espirituales pusieron la semilla y sentaron en los primeros siglos del Cristianismo las bases teológicas, doctrinales, litúrgicas y morales de la Fe de la Iglesia Cristiana. 

Hasta nuestros días las Iglesias católicos de ritos orientales siguen celebrando la Misa cuyo marco litúrgico se atribuye a San Juan Crisóstomo en el siglo IV. 

Estas 24 súplicas al Señor son atribuidas a este gran santo y muchos cristianos en oriente las recitan diariamente.

La tradición oriental afirma que son 24 en alusión a las 24 horas del día, en el sentido de que debemos rogar al Señor a toda hora, aunque claro está que se pueden hacer todas de una sola vez, por ejemplo, al inicio del día.

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Los 24 'Oh Señor' de San Juan Crisóstomo.


1. Oh Señor, no me prives de Tu Bendición Celestial.

2. Oh Señor, líbrame del tormento eterno.

3. Oh Señor, si yo pequé por pensamientos, palabras o acciones, perdóname.

4. Oh Señor, líbrame de toda ignorancia, de la mezquindad del alma y de la dureza del corazón.

5. Oh Señor, líbrame de toda tentación.

6. Oh Señor, ilumina mi corazón oscurecido por los deseos del maligno.

7. Oh Señor, siendo yo un ser humano, soy pecador. Siendo el Señor Dios, perdóname en Tu Amor, pues Tú sabes que mi alma es débil.

8. Oh Señor, envía tu Gracia en mi auxilio, para que yo pueda glorificar Tu Santo Nombre.

9. Oh Señor Jesucristo, inscribe a Tu siervo en el Libro de la Vida y concédeme un fin bendecido.

10. Oh Señor mi Dios, aunque no haya hecho el bien para Ti, sin embargo concédeme, de acuerdo con Tu Gracia, que pueda comenzar a hacerlo.

11. Oh Señor, rocía mi corazón con Tu Gracia.

12. Oh Señor del Cielo y de la tierra, acuérdate de mi, Tu siervo pecador, impuro y frío de corazón, en Tu Reino.

13. Oh Señor, acepta mi arrepentimiento.

14. Oh Señor, no me abandones.

15. Oh Señor, sálvame de la tentación.

16. Oh Señor, concédeme pensamientos puros.

17. Oh Señor, concédeme las lágrimas del arrepentimiento, el recuerdo de la muerte y el sentido de la paz.

18. Oh Señor, concédeme la humildad, la caridad y la obediencia.

19. Oh Señor, concédeme la confesión de los pecados.

20. Oh Señor, concédeme la tolerancia, la magnanimidad y la dulzura.

21. Oh Señor, sitúa en mí la fuente de todas las bendiciones: el temor de Ti en mi corazón.

22. Oh Señor, concede que pueda amarte con todo mi corazón y toda mi alma, y que pueda obedecer siempre tu voluntad.

23. Oh Señor, defiéndeme de las personas y también de los demonios, de las pasiones, de todos los errores.

24. Oh Señor, que creó al todo y que sobre el todo ejerces Tu Voluntad, haz que Tu Voluntad también me tome, yo pecador, por Tu Eterna Bendición. Amén.

lunes, 4 de febrero de 2019

(Cita) San Agustín creía en la veneración de los santos y celebraba sus fiestas litúrgicas

Existe dentro del protestantismo la corriente conocida como 'reformados' -aglutinados mayormente en las iglesias presbiterianas-. Los que se identifican bajo este título de "reformados" son básicamente los "calvinistas", seguidores de Juan Calvino, y quienes a su vez se consideran los verdaderos herederos de la teología y la doctrina de San Agustín. 

Con la cita de abajo (aunque podríamos utilizar muchas otras, como aquellas en las que San Agustín enseña sobre el sacrificio eucarístico de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos o sobre la intercesión de los santos, solo por mencionar dos ejemplos -los protestantes no creen en los ruegos por los difuntos y mucho menos que la Misa sea un verdadero sacrificio, y tampoco creen en que nos podamos encomendar a la intercesión de los santos del cielo-) demostramos que el pensamiento, la obra, la fe y la doctrina de San Agustín no tiene nada que ver con el calvinismo en particular ni con el protestantismo en general. Las enseñanzas de este Doctor de la Iglesia son enteramente católicas.

¿ O acaso veneran los reformados a los santos como lo hacía San Agustín? ¿Celebran los protestantes anualmente la fiesta de San Pedro y San Pablo como hacía la Iglesia en los primeros siglos cuando el santo de Hipona estaba aun en este mundo y como lo sigue haciendo hasta hoy la Iglesia católica?

«Vengamos a Pedro, tampoco puedo hablar de él dignamente, mas tributémosle la veneración solemne de este día»
San Agustín de Hipona; sermón 299 durante la Fiesta de los santos Pedro y Pablo. Año 418. 


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También puedes leer: Cita de San Agustín sobre la intercesión de los santos

viernes, 7 de septiembre de 2018

¿Existía la Iglesia católica antes del año 325? Citas donde se menciona a la Iglesia católica antes del Concilio de Nicea.



Hay muchos hermanos en la propia fe católica, así como hermanos separados de otras comunidades cristianas, que se preguntan desde cuando comenzó a llamársele "católica" a la Iglesia. Entre la propaganda anti-católica que abunda por internet, no es extraño encontrar falsas teorías, que afirman que lo de llamarle "católica" fue un invento del emperador Constantino, a quien también falsamente presentan como el propio "fundador" de la Iglesia católica en el siglo IV. Ambas afirmaciones son completamente falsas, Constantino no "bautizó" a la Iglesia como "católica", y muchos menos la fundó. 

Con este conjunto de citas demostramos de manera contundente que la Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo, encargada a Pedro junto al resto de los apóstoles, quienes a su vez la dejaron bajo el cuidado y gobierno de sus discípulos, a quienes instituyeron, a unos como obispos, a otros como presbíteros o diáconos de las distintas iglesias locales, ya era llamada y conocida como "Iglesia católica" desde tiempos muy tempranos en el desarrollo mismo de la Iglesia primitiva, para resaltar la comunión universal y la totalidad y la plenitud de la fe recibida de los apóstoles, y creída y abrazada por los fieles cristianos de todas las regiones.

Si bien un detractor podría decir que San Cirilo de Jerusalén y San Agustín de Hipona son autores "post-nicenos" (ya que la propaganda anticatólica afirma precisamente que Constantino "fundó" la Iglesia en el Concilio de Nicea en el año 325, algo por lo demás, como ya hemos dicho, completamente falso, ya que en dicho Concilio no se fundó ninguna iglesia nueva, sino que se reunió la Iglesia que ya existía desde 300 años atrás), las citas de estos dos Padres de la Iglesia demuestran cuan afianzado estaba ya el término "Iglesia católica" para el tiempo en que ellos escriben. San Cirilo recomienda preguntar por la Iglesia católica, lo que indica que ya era ampliamente conocida bajo ese concepto, y San Agustín nos dice que de esa forma la llamaron "nuestros antepasados", comprobándose la antigüedad del término.


San Ignacio de Antioquía; carta a la Iglesia de Esmirna. (Año 107).

«Seguid todos a vuestro obispo, como Jesucristo siguió al Padre, y a los presbíteros como a los apóstoles; y respetad a los diáconos, como el mandamiento de Dios. Que nadie haga nada perteneciente a la Iglesia al margen del obispo. Considerad como eucaristía válida la que tiene lugar bajo el obispo o bajo uno a quien él la haya encomendado. Allí donde aparezca el obispo, allí debe estar el pueblo; tal como allí donde está Jesús, allí está la iglesia católica.»

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Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelio sobre el Martirio de Policarpo (Año 155).


«La Iglesia de Dios que reside en Esmirna a la Iglesia de Dios que reside en Filomelio, y a todas las fraternidades de la santa y católica Iglesia que reside en todo lugar, misericordia y paz y amor de Dios el Padre y nuestro Señor Jesucristo os sean multiplicados.

[…]

Pero cuando finalmente puso fin a su oración, después de recordar a todos los que en un momento u otro habían estado en contacto con él, pequeños y grandes, altos y bajos, y a toda la Iglesia católica por todo el mundo, llegó la hora de partir, y le sentaron sobre un asno y le llevaron a la ciudad, y era un gran sábado.

[…]

Habiendo vencido con su sufrimiento al gobernante injusto en el conflicto y recibido la corona de la inmortalidad, se regocija en la compañía de los apóstoles y de los justos, y glorifica al Dios y Padre Todopoderoso, y bendice a nuestro Señor Jesucristo, el salvador de nuestras almas y piloto de nuestros cuerpos y pastor de la Iglesia católica que se halla por todo el mundo.»
 

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Del fragmento del ‘Canon muratorio’ (año 170 aproximadamente).

«Sin embargo, aunque [el mensaje] se repita a los Corinitios y los Tesalonicenses para su reprobación, se reconoce a una iglesia como difundida a través del mundo entero. Porque también Juan, aunque escribe a siete iglesias en el Apocalipsis, sin embargo escribe a todas. Además, [Pablo escribe] una [carta] a Filemón, una a Tito, dos a Timoteo, en amor y afecto; pero han sido santificadas para el honor de la iglesia católica en la regulación de la disciplina eclesiástica.

Se dice que existe otra carta en nombre de Pablo a los Laodicenses, y otra a los Alejandrinos, [ambos] falsificadas según la herejía de Marción, y muchas otras cosas que no pueden ser recibidas en la iglesia católica, ya que no es apropiado que el veneno se mezcle con la miel.

Pero la carta de Judas y las dos superscritas con el nombre de Juan han sido aceptadas en la iglesia católica; la Sabiduría también, escrita por los amigos de Salomón en su honor.»

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Tertuliano; ‘Prescripciones contra todas las herejías’. (Año 200, aproximadamente).

"¿Dónde estaba [el hereje] Marcion, el capitán del Pontus, el celoso estudioso del estoicismo? ¿Dónde estaba Valentino, el discípulo del platonismo? Porque es evidente que esos hombres vivieron no hace mucho tiempo –en la mayor parte del reinado de Antonio-, y que al principio eran creyentes en la doctrina de la Iglesia Católica, en la iglesia de Roma bajo el episcopado del bendito Eleuterio, hasta que a causa de su curiosidad siempre inquieta, con la que incluso infectaban a los hermanos, fueron más de una vez expulsados"

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De las Actas de los Martires:

Martirio de San Pionio.(Año 250).

El día segundo del sexto mes que es el 12 de marzo, un sábado mayor, mientras Pionio, Sabina, Asclepíades, Macedonia y Lemno, presbítero de la Iglesia católica, celebraban el aniversario del mártir Policarpo, se descargó contra ellos la furia de la persecución. Como el Señor lo manifiesta todo a los de buena fe, Pionio, que no temía los suplicios que ya eran inminentes, los vio anticipadamente antes de que llegaran.

[…]

Después de esto, en presencia de un escribano que anotaba en sus tablillas de cera las respuestas, Polemón siguió interrogando a Pionio: "¿Cómo te llamas?".

Pionio: "Cristiano". 

Polemón: "¿De qué Iglesia?". 
Pionio: "De la católica".

Dejando a Pionio, Polemón se dirigió a Sabina. Pionio anteriormente le había recomendado que cambiara su nombre de Sabina por el de Teódota, para no caer nuevamente en manos de su cruel ama Politta (quien en los tiempos del emperador Gordiano quería obligarla a renegar de su fe y la había encerrado en un calabozo montañoso, de donde la liberaron los hermanos en la fe).

Polemón: "¿Cómo te llamas?".
Sabina: "Teódota y cristiana".
Polemón: "Si eres cristiana, ¿de qué Iglesia?".
Sabina: "De la católica".
Polemón: "¿A qué Dios das culto?".
Sabina: "Al Dios omnipotente, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y cuanto en ellos se contiene. Su Verbo, Jesucristo, nos lo hizo conocer".

Polemón, a Asclepíades que estaba cerca: "¿Cómo te llamas?".
Asclepíades: "Cristiano".
Polemón: "¿De qué Iglesia?".
Asclepíades: "De la católica".
Polemón: "¿A qué Dios das culto?".
Asclepíades: "A Cristo".
Polemón: "¿Cómo? ¿Es otro Dios?". 

Asclepíades: "No; es el mismo Dios a quien estos acaban de confesar".

[…]

Al entrar en la cárcel, un alguacil descargó tal puñetazo sobre la cabeza de Pionio, que por el mismo ímpetu se hirió a sí mismo y se le hincharon las manos y los costados. Una vez encerrados en la cárcel, entonaron un himno de acción de gracias a Dios, pues en su nombre se habían mantenido en la fe y en la religión católica.

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Martirio de San Acacio (alrededor del año 250).

Marciano: "Mira a los frigios, hombres de religión antigua. Ellos abandonaron su religión, se convirtieron a mis dioses y les ofrecen sacrificios junto con nosotros. Apresúrate a imitarlos. Reúne a todos los cristianos de la ley católica y con ellos abraza la religión de nuestro emperador. Trae contigo a todo el pueblo que está bajo tu jurisdicción".

Acacio: "Todos ellos no se rigen por mi voluntad, sino por los mandamientos de Dios. Me escucharán si les enseño cosas justas; pero si les enseño cosas malas y nocivas, me despreciarían".

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Martirio de San Fructuoso, obispo, y de Augurio y Eulogio, diáconos En Tarragona, año 259 


Apenas se hubo descalzado, un camarada de milicia, hermano nuestro, por nombre Félix, se le acercó también y, tomándole la mano derecha, le rogó que se acordara de él. El santo varón Fructuoso, con clara voz que todos oyeron, le contestó:

Yo tengo que acordarme de la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente.

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Martirio San Ireneo de Sirmio (Año 304).

«Al llegar al puente que se llama Básente, él mismo se despojó de sus vestidos, levantó las manos al cielo y oró así:
"Señor Jesucristo, que te dignaste sufrir por la salvación del mundo, abre tus cielos y envía a tus ángeles, para que reciban el espíritu de tu siervo Ireneo, que sufre esto por tu nombre y por tu pueblo de la Iglesia católica de Sirmio y por su progreso. Te ruego y suplico tu misericordia, que te dignes recibirme a mí y confirmar en la fe a los demás".»

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San Cipriano de Cartago (Carta 66. Año 253).


«Allí [en Juan 6, 68-69] habla Pedro, sobre quien se edificaría la Iglesia, enseñando en el nombre de la Iglesia y mostrando que incluso si una multitud obstinada y orgullosa se retira porque no desea obedecer, sin embargo, la Iglesia no se retira de Cristo. La gente se unió al sacerdote y al rebaño que se aferraba a su pastor en la Iglesia. Debes saber, entonces, que el obispo está en la Iglesia y la Iglesia en los obispos; y si alguien no está con el obispo, él no está en la Iglesia. En vano se alaban a sí mismos quienes están al margen, sin tener paz con el sacerdote de Dios, creyendo que están en secreto en comunión con ciertos individuos. Porque la Iglesia, que es una y católica, no está separada ni dividida, sino que está unida y junta por el cemento de los sacerdotes que se adhieren unos a otros»

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San Cirilo de Jerusalén; Lecturas Catequéticas. (Año 350).
 

«La Iglesia se llama católica, entonces, porque se extiende por todo el mundo, de un extremo al otro de la tierra, y porque enseña universal e infaliblemente todas y cada una de las doctrinas que deben llegar al conocimiento de los hombres, concernientes a las cosas visibles e invisibles, celestiales y terrenales, y porque trae a toda raza de hombres a la sujeción de la piedad, a gobernadores y gobernados, eruditos e ignorantes, y porque trata y cura universalmente todas las clases de pecados, los cometidos con el alma y aquellos con el cuerpo , y posee dentro de sí toda forma concebible de virtud, en hechos y en palabras y en los dones espirituales de toda clase".

[…]
 

Y si alguna vez estás de visita en las ciudades, no preguntes simplemente dónde está la casa del Señor –porque las demás sectas de los impíos se atreven a llamar a sus guaridas 'casas del Señor', ni preguntes simplemente dónde está la Iglesia, sino dónde está la Iglesia Católica, porque este es el nombre peculiar de esta santa Iglesia, la madre de todos nosotros, que es la esposa de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios».

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San Agustín (Sermón a los catecúmenos sobre el Símbolo de los Apóstoles).

 

«Después de confesar la Trinidad, el Credo sigue: CREEMOS EN LA SANTA IGLESIA. Os he demostrado a Dios y a su templo. En efecto, dice el Apóstol, el templo de Dios es santo, que sois vosotros. Esta es la Iglesia santa, la Iglesia una, la Iglesia verdadera, la Iglesia católica, que lucha contra todas las herejías. Puede luchar, y, sin embargo, no puede ser vencida. Todas las herejías han salido de ella, como sarmientos inútiles cortados de la vid. Pero ella permanece entera en su raíz, en su cepa, que es su caridad. Las puertas del infierno no la vencerán».
 

San Agustín (Carta a los católicos sobre la secta donatista)
 

«La cuestión que se debate entre nosotros es ver dónde está la Iglesia, si en nosotros o en ellos. La Iglesia es una solamente, a la que nuestros antepasados llamaron Católica, para demostrar por el solo nombre que está en todas partes; es lo que significa en griego la expresión καθολικός (katholikós). Pero esta Iglesia es el Cuerpo de Cristo, como dice el Apóstol: En favor de su cuerpo, que es la Iglesia. De donde resulta claro que todo el que no se encuentra entre los miembros de Cristo, no puede tener la salvación de Cristo. Ahora bien, los miembros de Cristo se unen entre sí mediante la caridad de la unidad y por la misma están vinculados a su Cabeza, que es Cristo Jesús».

sábado, 25 de agosto de 2018

¿Se puede adquirir la vida eterna con buenas obras? La biblia dice que sí.

Como enseña la biblia y siempre lo ha enseñado la Iglesia católica, la fe salva, pero la fe que salva es la que actúa por medio de la caridad, la fe que es sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios, que es el amor. 

¿El hombre puede adquirir la vida eterna con buenas obras?

Aunque a los protestantes les escandalice porque contradice su doctrina: ¡LA BIBLIA DICE QUE SÍ!
1 Timoteo 6, 18-19: «que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera.»
(Biblia de Jerusalén).
Vemos cómo para San Pablo la verdadera doctrina de la Gracia no excluye la necesidad de las obras, pues nuestras buenas obras son posibilitadas por la gracia que Dios nos proporciona por medio de los Sacramentos para unirnos al amor de Cristo y poder dar fruto.
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martes, 21 de noviembre de 2017

La salvación “por medio de la fe” no es igual a la “fe sola” protestante.


La salvación “por medio de la fe” que enseña la biblia es contraria a la “fe sola” del protestantismo

 «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.» San Mateo 7, 21-23

Estos son los tres versículos “anti-sola fe” por excelencia. Es una clara exposición y catequesis, no de algún discípulo muy bien instruido o de algún excelente teólogo de nuestros días, sino de nuestro propio Señor Jesucristo, contra aquellos que podrían, en una falsa y muy peligrosa confianza, creer que basta con declarar que Él es su Señor.

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» es una expresión verdaderamente letal contra la doctrina de “la salvación por la fe sola”. Jesús dice con toda claridad que no basta con “decir” sino que además hay que HACER la voluntad del Padre. 

Uno de los versículos de los que el protestante “solofidelista” suele echar mano para defender la fe sola es Romanos 10, 9: «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» ¿Pero acaso aquellos de quien Jesús afirma que le dirán “Señor, Señor” no son precisamente creyentes que “confesaban con su boca” que Jesús era el Señor? ¿Hay aquí una contradicción entre Jesús y Pablo? Claro que no, lo que hay es una concepción fragmentada, parcializada e incompleta en la lectura bíblica del protestantismo. Cuando el protestante desarrolla su defensa de la sola fe, no toma en cuenta versículos como Mateo 7, 21; únicamente selecciona determinados versículos, principalmente paulinos que, vistos aisladamente, darían un supuesto soporte a su creencia. 

Pero si tomamos Rom. 10, 9 y luego traemos junto a él Mt. 7, 21-23, todo se ve distinto. Dice Jesús: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? » ¿No confesaban acaso estos con su boca que Jesús era su Señor, no tenían tanta fe que incluso echaban demonios y hacían milagros con el poder del nombre de Jesús? Según la doctrina de la “sola fe” estos ya deberían estar salvos y justificados sin ningún rastro de duda y sin la menor sospecha de lo contrario, y lo último que podría esperarse que les dijera Jesús es exactamente lo que viene a continuación: «Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad».
 
No les bastó tener fe, tanta fe que incluso hacían milagros en el nombre de Jesús, aun así son enviados a condenación, por ser HACEDORES de maldad. Sus obras influyeron en su destino final, no solamente su fe. Puesto que hicieron el mal, en lugar de hacer el bien, no serán admitidos en el Reino de los Cielos. ¿Cómo puede alguien después de ver esto afirmar que las obras no tienen relevancia en el destino final del creyente? 

¿O a quienes son a los que el Señor les da la bienvenida en su Reino? Él mismo lo declara en Mateo 25, 34-36 «Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí».

Aquí Jesús deja claro que el cumplimiento de estas buenas obras en el amor son una condición necesaria para entrar al Reino, y no solo un mero producto o consecuencia automática y cuasi mágica de la justificación luego de hacer “la oración de la salvación”. Nótese que Jesús no dice «tuve hambre y me distéis de comer como consecuencia de tu fe por la cual mi Padre te heredó su reino», dice «Venid […] heredad el reino […] porque tuve hambre y me distéis de comer…». Les permite entrar al reino en recompensa de sus buenas obras, por lo que hicieron, en consecuencia con lo que dice san Pablo en Romanos 2, 6 «el cual pagará a cada uno CONFORME A SUS OBRAS», pues se pagará «tribulación y angustia sobre todo ser humano que HACE LO MALO, el judío primeramente y también el griego» pero también se pagará «gloria y honra y paz a todo EL QUE HACE LO BUENO, al judío primeramente y también al griego».

Aquí queda claro que el haber hecho lo malo o haber hecho lo bueno traerá consecuencias diametralmente distintas el día de nuestro juicio. Y aquí no vale que se diga que el que hace lo bueno lo hace solamente porque ha sido predestinado para ser salvo y sus buenas acciones solo son una consecuencia de la fe, pues ya veíamos que aquellos de Mateo 7, 23 que tenían bastante fe, luego son declarados por el Señor «hacedores de maldad». Tenían fe, sin embargo hacían el mal, una cosa no garantiza la otra de manera ineludible. ¿Podrá haber un ejemplo más claro que ese de que la fe no produce mágica o mecánicamente las buenas obras? Pero por si hiciera falta, también dice san Pablo en 1 Cor. 13, 2 «aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy». El apóstol nos deja claro que no necesariamente tener plenitud de fe es equivalente a tener plenitud de caridad. 
  
Pero volvamos a Rom. 10, 9 ¿el apóstol contradice a Jesús? No, pues en san Pablo (como en cualquiera de los otros escritores inspirados del Nuevo Testamento), la fe no consiste en la mera afirmación intelectual sobre la existencia de tal o cual persona o acontecimiento, la fe en el lenguaje bíblico significa conformar la vida personal a la voluntad de Dios en virtud de la esperanza que produce la promesa de obtener la vida eterna (esperanza es una de las palabras más repetidas por san Pablo en todas sus cartas).

Vivir por la fe no significa simplemente creer que Jesús murió, resucitó, y listo, ser declarado “salvo, siempre salvo”; nada de esto, bíblicamente vivir por la fe más bien significa llevar una vida que se corresponde con la esperanza que se tiene en alcanzar la vida eterna, y este vivir por la fe es además una condición durante toda nuestra existencia terrena, «el que persevere hasta el fin, ese será salvo». Para el reformado la perseverancia es solo una consecuencia segura de la justificación, mas en el lenguaje de Jesús es una condición, «el que persevere».

El otro error garrafal del protestantismo es confundir las obras de la ley (los preceptos mosaicos de la Torá, correspondientes a la circuncisión, las prescripciones alimentarias, etc.) con la ley de Cristo que san Pablo manda a cumplir. ¿Pero cómo es que san Pablo dice que somos salvos por la fe sin las obras de la ley (Rom. 3, 28) y al mismo tiempo manda a cumplir la ley de Cristo? («Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas y cumplan así la ley de Cristo»; Gal. 6, 2). Porque el apóstol está hablando de dos cosas distintas que el protestantismo ha revuelto y confundido completamente, creando toda una deformación sobre las obras y la justificación.

¿O es que acaso cuándo nos acusan a los católicos de presentar una salvación que incluye la necesidad de las obras, piensan que creemos que para salvarnos tenemos que cumplir las obras de la ley mosaica? ¿Acaso los católicos nos circuncidamos, guardamos el sábado con toda la complejísima legislación de la Torá, o nos abstenemos de comer cerdo y demás animales con pezuña? Saben perfectamente bien que no hacemos nada de eso. La Iglesia católica siempre ha sabido y enseñado que ningún hombre puede justificarse por las obras de la ley a las que se refiere san Pablo en Rom. 3, 28. 

¿Pero si no son las prescripciones de la Torá, entonces cuales son las obras por las que Dios pagará a cada uno? No son evidentemente las observancias de la legislación mosaica, no es la circuncisión (el tema principal del gran debate que llevó san Pablo en todas sus epístolas contra quienes buscaban imponer las obras de la ley), son las obras de la fe, la ley de Cristo, que es la ley del amor: «el que ama al prójimo, ha cumplido la ley» (Rom. 13, 8), «la caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, LA LEY en su plenitud» (Rom. 13, 10). Así vemos que la caridad no es solamente una consecuencia de la justificación, sino también una obligación para el creyente, por eso san Pablo le llama LEY en Rom. 13, 8; 13, 10 y LEY DE CRISTO en Gal. 6, 2.

El problema es que el protestantismo ha confundido todo esto, sin percatarse que san Pablo no habla de las obras ni de la ley en un solo sentido, en general, como si botara a la basura la utilidad de toda obra, sino que diferencia entre “las obras de la ley” (entendido este concepto en su debido contexto como los preceptos ceremoniales y rituales como la circuncisión, la comida y la bebida, los sábados, etc.) inútiles por sí mismas para justificar, de las buenas obras que se resumen en el amor al prójimo. 

Este amor al prójimo es la ley que se resume en el mandamiento nuevo (San Juan 13, 34), que al final es la  plenitud de la ley natural que está inscrita en los corazones, y que incluso los gentiles pueden cumplir cuando en su conciencia son capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, siendo así justificados: «que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ÉSOS SERÁN JUSTIFICADOS […] cuando los gentiles que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley» (Rom. 2, 13-14) 

¿Cómo “cumplen naturalmente las prescripciones de la ley” los gentiles si no se circuncidan? No ciertamente circuncidándose o guardando estrictamente el sábado, o la legislación sobre comida o bebida, sino guiándose por su conciencia y sabiendo diferenciar y escoger y desechar entre lo que es propio de juicio de condenación o de alabanza, o sea las “acciones secretas” de los hombres por las que Dios los juzgará, como dice Rom. 2, 16.

Y todas estas obras del amor, de la fe, de la obediencia, son también a las que se refiere Santiago cuando dice que las obras cooperan juntamente con la fe, de modo que la fe no sea muerta y estéril. Por eso no hay contradicción entre Pablo y Santiago cuando el primero dice que la fe le fue contada por justicia a Abraham, mientras que el segundo dice que fue justificado también por las obras, ya que para Santiago la fe de Abraham que le fue contada como justicia llegó a su pleno cumplimiento cuando Abraham obedeció ofreciendo a Isaac, y por esa obediencia Dios aseguró el cumplimiento de la promesa que ya antes le había hecho:

Leamos, Dios primero le promete a Abraham que su descendencia será como las estrellas del cielo:

«Y sacándolo afuera le dijo “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”. Y le dijo: “así será tu descendencia”. Y creyó él en Yahvé, el cual se lo contó como justicia». (Génesis 15, 6)

Ahora veamos como esto alcanza su cumplimiento con la obediencia de Abraham al ofrecer a Isaac en Génesis 22, 18:

«yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré mucho tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, EN PAGO DE HABER OBEDECIDO TU MI VOZ» 

¡Por eso es que Santiago dice que por las obras la fe de Abraham alcanzó su perfección! Y es lógico. El mismo Santiago es quien nos dice que la fe sin obras está muerta y es estéril, así que la única fe que puede salvar, es una fe viva, en eso estamos de acuerdo católicos y protestantes. 

Pero entonces debemos preguntarnos: ¿cómo se discierne si la fe está viva o muerta?

 ¿Basta la sola confesión de la fe para demostrar si ésta está viva o muerta? De ningún modo, pues eso solo puede demostrarse posteriormente al acto de confesar la fe, ¡con las obras que realice el creyente! Con éstas es como se demuestra si se trata de una fe viva o muerta. Cuando alguien hace la “oración de la salvación” que usan las iglesias bautistas, pentecostales, entre otras, es imposible distinguir si se trata de una fe viva que da salvación, o de una fe muerta que no la da, pues la oración es idéntica para todos. Lo que distinguirá a una fe de otra, lo que hará diferencia entre salvación o condenación, no será el solo acto de tener fe y confesarla, sino los frutos que produzca posteriomente esta fe, por ello es que no puede juzgarse la fe sola, sino también lo que resulta de ella y la acompaña.

¿Ven por qué es imposible que baste la fe sola? Si Dios concediera la salvación por la sola confesión de la fe en Jesús, Dios estaría obligado a concedérsela incluso a los que tienen una fe muerta, es decir, a aquellos que hacen una profesión de fe con sus labios, “recibiendo a Jesús como salvador”, independientemente de que luego de esta acción fuesen hacedores de maldad (y no olvidemos que ya quedó demostrado que se puede tener mucha fe y al mismo tiempo ser un hacedor de maldad como dice Mt 7, 21-23).

Alguien podría decir, “pero Dios todo lo sabe; Él de antemano conoce quien mostrará tener una fe viva y quien una muerta, no necesita estar a la espera de qué ocurrirá después”. Pero con esto también nos darían la razón a los católicos, pues finalmente tendrían que admitir que la salvación no se decide únicamente por la sola confesión de fe, sino también por aquello (las obras) que Dios en su Presciencia ya sabe que la persona demostrará, contando con una fe viva y activa, que realmente lo llevará a conformarse a Cristo y actuar en la vida en función de la fe que posee, y por aquello que espera obtener al final de su vida terrena: la salvación y la vida eterna. Dios ya sabe quiénes se salvarán, pero no solamente porque sepa quiénes harán la “oración de la salvación”, sino porque ya sabe quiénes conformarán su vida, sus obras y sus acciones a la fe en lo que esperan alcanzar. 

¿Pero es bíblica esta visión de la fe que venimos explicando como una forma activa de vivir en función de lo que se espera alcanzar, más que un simple pensamiento en algo o alguien? ¡Por supuesto! El autor de Hebreos se explaya en explicar la fe en este sentido, como una forma activa de vida. Veamos unos ejemplos:

Primero leamos el ya famoso versículo de Hebreos 11,1: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve». En efecto, la fe es nuestra certeza de que Dios tiene reservado un reino para nosotros. Eso es lo que se espera, esa es nuestra esperanza, y porque tenemos esa esperanza, actuamos en consecuencia:

«Por la fe, ofreció Abel a Dios un sacrificio mejor que el de Caín, por ella fue declarado justo, con la aprobación que dio Dios a sus ofrendas» (Hebreos 11, 4).

¿Se necesita algo más claro para entenderlo? Abel tenía fe en Dios y porque tenía fe en Él le ofreció un mejor sacrificio, su fe le hizo actuar de ese modo, y por esa fe Dios lo declaró justo, APROBANDO SUS OFRENDAS. Su fe no estaba separada de sus obras, Dios juzgó su fe con la aprobación que hizo de sus ofrendas.

Veamos más: «Por la fe, Noé, advertido sobre lo que aún no se veía, con religioso temor construyó un arca para salvar a su familia; por la fe, condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia según la fe». (Hebreos 11, 7)

Es muy claro. La fe que tenía Noé en que Dios no miente y en que la advertencia era real, lo movió a actuar, obedecer y construir un arca, y gracias a que su fe lo llevó a obrar en consecuencia, pudo sobrevivir con su familia al diluvio. ¿Se habría salvado Noé si ante las advertencias solo hubiera dicho “sí, creo”, pero no hubiera construido el arca? Evidentemente no. Su fe le salvó en tanto que creyó en Dios y ACTUÓ conforme a lo que creyó, por esto heredó la justicia, porque obró SEGÚN SU FE.

Y llegamos a Abraham. Aquí veremos el sentido integral de lo que significa la fe en el lenguaje de todo el Nuevo Testamento. Mientras que el protestantismo, gracias a su visión sesgada y fragmentaria de la biblia toma Romanos 4,3 para presentar una salvación imputada que se resuelve definitiva, eterna e irrevocablemente al momento mismo de confesar la fe, con Hebreos tenemos la verdadera y completa concepción de lo que la justicia por la fe significó para Abraham:

«Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, OBEDECIÓ Y SALIÓ para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, PEREGRINÓ hacia la Tierra Prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas.» (Hebreos 11, 8-9)

Más claro, imposible. Por la fe, en razón de su fe, debido a su fe, Abraham obedeció y salió, y por su fe, PEREGRINÓ. Todas estas palabras denotan ACCIONES que llevó a cabo por la confianza de recibir lo que esperaba de Dios: «Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». (Hebros 11, 10).

¡Este es el verdadero significado del «Y creyó él en Yahvé» que le fue contado para justicia! No el acto solo de “creer”, sino lo que produjo y acompañó a ese creer: obedecer y salir, peregrinar hacia donde Dios le indicaba. Hebreos 11, 8-9 nos deja esto claro, dándonos el panorama completo de aquello a lo que se refiere san Pablo en Romanos 4, 3. 

El protestantismo, entendiendo la Escritura en fragmentos, piensa que Génesis 15, 6 hace referencia solo a un momento en particular cuando Abraham “creyó”, y que a este simple acto, solo, aislado, se refiere san Pablo, de ahí que hayan construido toda una doctrina de la imputación de la salvación que se da, y que además es eternamente irrevocable, cuando se profesa la fe, sin percatarse, sin entender, sin darse cuenta que Abraham ya venía teniendo fe, y obrando en conformidad con esa fe, desde mucho tiempo atrás del momento que relata Génesis 15, 6, desde que Abraham «Marchó […] como se lo había dicho Yahvé» en Gn. 12, 4 (este último versículo es al que hace referencia el autor de Hebreos en el capítulo 11, versículos 8 y 9).

¿Y qué nos dice también más adelante sobre el mismo Abraham?

«Por la fe, Abrahán, sometido a la prueba, ofreció a Isaac como ofrenda, y, el que había recibido las promesas, ofrecía a su único hijo». (Heb. 11, 17).

¡Por la fe que tenía en Dios, en razón, en virtud de su fe, fue capaz de atreverse a ofrecer a Isaac! Por la fe que tenía obró de tal forma. 

¡Tener fe, en el lenguaje de la biblia, significa hacer algo porque confías en la promesa de Dios y le eres fiel (fe significa fidelidad) porque sabes que, a pesar de todo lo que tengas que hacer, al final Él te va dar lo que te ha prometido! Cuando se dice que somos justificados por la fe, significa que somos encontrados justos porque somos fieles a Dios, porque hacemos aquello que nos hará merecedores del premio que Dios ha prometido. ¡Esto es lo que hizo Abraham! Dios le dio la orden de dejar su tierra y le hizo la promesa de entregarle otra, él creyó que Dios le cumpliría, así que se puso en marcha. Esta es la fe que le fue contada por justicia, su acto de fidelidad, su acto de peregrinar confiando en Dios, creyendo en su promesa. La promesa para nosotros es el cielo y la vida eterna, pero aunque no hemos visto el cielo, lo esperamos (Heb 11, 1), y creemos que llegaremos a él a condición de mantengamos nuestra fidelidad (fe) a Dios, de que hagamos lo que Dios espera de nosotros. En pocas palabras, tenemos fe en la promesa de Dios que es el cielo, por tanto PEREGRINAMOS hacia él, nos ponemos en marcha (lo mismo que hizo Abraham).

La fe de Abraham no era solo una creencia o un pensamiento que se profesa, era un actuar y un obrar concreto. Y este obrar no era solo una mera consecuencia, sino que fue la causa que garantizó el cumplimiento de la promesa, como citamos más arriba: «Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, EN PAGO DE HABER OBEDECIDO TU MI VOZ» (Gn. 22, 18).

Todo esto es lo que significa “vivir por la fe”, vivir en obediencia, vivir conformando nuestra vida a la voluntad de Dios, porque creemos que si perseveramos hasta el final, el cumplirá su promesa de hacernos herederos de su reino. 

Si bien estamos de acuerdo en que la justificación es un don absolutamente gratuito e inmerecido, que para nosotros se opera mediante el Espíritu Santo en el bautismo sin necesidad de ninguna obra humana, y para la mayoría de los protestantes se opera al momento de expresar la fe, la justificación no solo es una declaración de justicia, sino ser hechos verdaderamente justos, en tanto que hemos sido incorporados a Cristo por el bautismo (Rom. 6, 3-5) y también por este bautismo nos hemos revestidos de Él, que es el Justo de entre los Justos, y debido a esto, a estar unidos a Cristo, se nos ha comunicado la gracia que nos capacita para actuar conforme a la justicia, y actuando en justicia, por el don de la gracia, conservamos nuestra propia justificación, y esto es realmente lo que se resume en "vivir por la fe".

Estamos de acuerdo en que la salvación es “solamente por medio de la fe” (como lo explicó reiteradamente Benedicto XVI durante su papado), pero debe tenerse claro que bíblicamente "por medio de la fe" significa esto: Expresar en la vida una fe obediente, activa, obrante, justa, en comunión con el amor de Cristo, o sea, la salvación mediante la fe es solamente a condición de que caminemos y vivamos en fidelidad a Dios, que vivamos genuinamente en la fe, o sería mejor decir, “que vivamos la fe”.

Dios no nos pide la circuncisión, ni dejar de encender fuego el sábado o alguna otra carga de las prescripciones de la ley, nos pide que vivamos solamente por medio de la fe,  y vivir por medio de la fe es vivir conforme a la justicia que se nos ha dado en Cristo, es conformar todas nuestras obras, nuestra vida entera, a la vida de Cristo, que es el amor. Solo a condición de vivir según la fe –y esto solo es posible aferrándonos a la fuente de la gracia que es el Espíritu Santo- es que podremos ser salvos. 

Pero este “vivir solamente por la fe”, nunca debe confundirse (como lo ha hecho el protestantismo) con “la fe sola”, que aunque parezca, no son ni remotamente lo mismo. 

Así que la salvación es por gracia, mediante de la fe, pero NO por la “fe sola”.

Y aunque pudiera seguirme extendiendo más, analizando muchos otros versículos tanto de los Evangelios como de san Pablo, y los demás libros del Nuevo Testamento, por ahora concluyo aquí, pues esta solo pretendía ser una respuesta para un debate de facebook, y ya se ha extendido demasiado.  


Alfredo Rodríguez

lunes, 13 de noviembre de 2017

San Juan Crisóstomo: Sobre Eva y la Nueva Eva (la Virgen María)




San Juan Crisóstomo (347-407)

(Catequesis sobre el cementerio y la cruz, 2: PG 49, 396).


¿Te das cuenta, qué victoria tan admirable? ¿Te das cuenta de cuán esclarecidas son las obras de la cruz? ¿Puedo decirte algo más maravilloso todavía? Entérate cómo ha sido conseguida esta victoria, y te admirarás más aún. Pues Cristo venció al diablo valiéndose de aquello mismo con que el diablo había vencido antes, y lo derrotó con las mismas armas que él había antes utilizado. Escucha de qué modo

Una virgen, un madero y la muerte fueron el signo de nuestra derrota. Eva era virgen, porque aún no había conocido varón; el madero era un árbol; la muerte, el castigo de Adán. Mas he aquí que, de nuevo, una Virgen, un madero y la muerte, antes signo de derrota, se convierten ahora en signo de victoria. En lugar de Eva está María, en lugar del árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la cruz; en lugar de la muerte de Adán, la muerte de Cristo.

¿Te das cuenta de cómo el diablo es vencido en aquello mismo en que antes había triunfado? En un árbol el diablo hizo caer a Adán; en un árbol derrotó Cristo al diablo. Aquel árbol hacia descender a la región de los muertos; éste, en cambio, hace volver de este lugar a los que a él habían descendido. Otro árbol ocultó la desnudez del hombre, después de su caída; éste, en cambio, mostró a todos, elevado en alto, al vencedor, también desnudo. Aquella primera muerte condenó a todos los que habían de nacer después de ella; esta segunda muerte resucitó incluso a los nacidos anteriormente a ella. ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios? Una muerte se ha convertido en causa de nuestra inmortalidad: éstas son las obras esclarecidas de la cruz.

¿Has entendido el modo y significado de esta victoria? Entérate ahora cómo esta victoria fue lograda sin esfuerzo ni sudor de nuestra parte. Nosotros no tuvimos que ensangrentar nuestras armas, ni resistir en la batalla, y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó y nosotros quienes hemos sido coronados. Por tanto, ya que la victoria es nuestra, imitando a los soldados, canten hoy, llenos de alegría, las alabanzas de esta victoria, alabemos al Señor, diciendo: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Dónde está, muerte, tu aguijón?

Éstos son los admirables beneficios de la cruz a favor nuestro: la cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe. 

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miércoles, 6 de abril de 2016

Palabras de San Juan Crisóstomo sobre la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.


Con estas citas aportamos evidencia objetiva de la creencia y la doctrina de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía en los tiempos más tempranos de la Iglesia.
 

Hoy día muchas comunidades neoprotestantes han popularizado la idea de que Jesús hablaba "simbólicamente" cuando dijo "esto es mi cuerpo" y "esta es mi sangre"; incluso dicen que en la era primitiva de la Iglesia la Eucaristía era entendida solo como un símbolo y que muy tardíamente la Iglesia católica "inventó" que se trataba del verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.
 

Esta y muchas otras citas más (te invitamos a leer: La Eucaristía en los Padres de la Iglesia)demuestran que la creencia de los primeros cristianos era la misma que conservamos y confesamos hoy los cristianos del siglo XXI, que la sustancia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo están verdaderamente presentes bajo los signos del pan y del vino luego de la consagración en la Santa Misa.

Cita de San Juan Crisóstomo (349-407):

 
"¿Qué pureza no debería tener el que goza de tal sacrificio? ¿A qué rayo solar no deberá vencer en resplandor la mano que divide esta carne, la boca que se llena de este fuego espiritual, la lengua que se enrojece y tiñe con tan venerable sangre? Piensa bien cuán crecido honor se te ha hecho, de qué mesa disfrutas. A quien los ángeles miran con respeto ni se atreven a mirar por el resplandor que despide, ese es nuestro alimento, con él nos unimos nosotros, y nos hacemos un mismo cuerpo y una misma carne con Cristo" (San Juan Crisóstomo, Homilia 82, sobre el evangelio de San Mateo). 


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jueves, 31 de marzo de 2016

Imagen: San Juan Crisóstomo sobre la Eucaristía

San Juan Crisóstomo fue un sacerdote de la Iglesia primitiva, nació en Antioquía el año 347 y murió en el 407. Fue obispo de la ciudad de Constantinopla entre el 398 y el 404. Es uno de los más grandes y eminentes teólogos de la Iglesia, es admirado y venerado tanto en la Iglesia de Occidente como en la Iglesia de Oriente. Lo de "Crisóstomo" no es su nombre, sino un título que se ganó por sus enormes dotes de predicador del evangelio. Este título viene del griego chrysóstomos que significa "boca de oro", chrysós = oro y stoma = boca.

Como se puede observar en esta cita y en la de muchos Padres más, la Iglesia primitiva siempre creyó, afirmó y enseñó la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía como lo sigue creyendo, afirmando y enseñando hasta el día de hoy la Iglesia católica. La idea protestante de que solo es un "símbolo" fue una novedad que nació hasta el siglo XVI, y en la que ni siquiera todos los líderes protestantes estuvieron de acuerdo. 

Nunca dudemos de que a quien vemos y recibimos en el Santo Sacramento del Altar es verdaderamente el Cuerpo de nuestro Señor Jesús, el mismo Cuerpo que estuvo clavado sobre la cruz para darnos vida eterna. 

"¡Cuantos dicen ahora de Cristo: Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado! Pues helo ahí, a él ves, a él tocas, a él comes. Tú te contentas con ver sus vestiduras, mas él te concede no solo verle, sino comerle, tocarle, recibirle dentro de ti."


miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Eucaristía en los Padres de la Iglesia (Patrística).


Del Sermón de San Atanasio a los bautizados.

San Atanasio (297-373)
Obispo de Alejandría y Doctor de la Iglesia.

"Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el Cuerpo y el cáliz en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo... Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo". 

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Del Tratado sobre los misterios.

San Ambrosio (337-397)
Obispo de Milán y Doctor de la Iglesia. 

Tal vez dices: "Es mi pan común". Mas este pan es pan antes de las palabras sacramentales; en cuanto sobreviene la consagración, el pan se convierte en la carne de Cristo. Por tanto, probémoslo. ¿Cómo lo que es pan puede ser el cuerpo de Cristo? ¿Por medio de qué palabras se hace, entonces, la consagración y cuyas son esas palabras? Del Señor Jesús. En efecto, todas las otras cosas que se dicen antes, por el sacerdote son dichas: se ofrecen alabanzas a Dios, se hace oración rogando por el pueblo, por los reyes, por los demás. En cuanto se llega a producir el venerable sacramento, ya el sacerdote no usa sus propias palabras, sino las de Cristo. De modo que la palabra de Cristo es la que produce este sacramento. 

¿Cuál es la palabra de Cristo? En verdad, aquella por la cual todas las cosas han sido hechas. Ordenó el Señor y se hizo el cielo; ordenó el Señor y se hizo la tierra; ordenó el Señor y se hicieron los mares; ordenó el Señor y se engendraron todas las creaturas. Mira, pues, cuán eficaz es la palabra de Cristo. Si tan poderosa es la palabra del Señor Jesús, de modo que por ella comienza a ser lo que antes no era, cuánto más ha de serlo para hacer que las cosas que ya eran sean y se cambien en otra cosa. No existían el cielo, ni existía el mar, no existía la tierra, pero escucha David que dice "Él dijo, y fueron hechos. Él ordenó, y fueron creados".

Así, pues, para responderte: antes de la consagración no estaba el cuerpo de Cristo, pero después de la consagración te digo que es ya el cuerpo de Cristo. [...] Aprendiste, pues, que el pan se convierte en el cuerpo de Cristo, y que se pone en el caliz vino y agua y que por la palabra de la consagración celestial se convierte en su Sangre. 

Pero tal vez digas: "Yo no veo la apariencia de la sangre". Pero tienes el signo. Así como tomaste la similitud de la muerte, así también bebes la semejanza de la preciosa Sangre, de modo que no se da el horror de la sangre que se derrama y, sin embargo, produce su efecto, el precio de la redención. Aprendiste, pues, que lo que recibes es el cuerpo de Cristo.

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De las Catequesis de San Cirilo de Jerusalén

Cirilo de Jerusalén (313 - 386)
Arzobispo de Jerusalén y Doctor de la Iglesia.

Jesús, el Señor; en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo: «Tomen y coman, esto es mi cuerpo.» y tomando el cáliz, después de pronunciar la Acción de Gracias, dijo: «Tomen y beban, ésta es mi sangre.» Por tanto, si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre? Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo tu cuerpo pasa a ser parte de su cuerpo y tu sangre de la suya. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. 

Así, como dice San Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina. 

En otro tiempo, Cristo, discutiendo con los judíos, decía: Si no comen mi carne y no beben mi sangre, no tendrán vida en ustedes. Pero, como ellos entendieron estas palabras en un sentido material, retrocedieron escandalizados, pensando que los exhortaba a comer su carne. 

En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del Antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el Nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma. 

Por lo cual, el pan y el vino eucarísticos no han de ser considerados como meros y comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe. 

Adoctrinados e imbuidos de esta fe tan cierta, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues, fuerzas a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual, y da brillo así al rostro de tu alma. 

Ojalá que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. 

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De los Tratados de San Gaudencio de Brescia, obispo

Gaudencio de Brescia. ( ¿ - c. 410)
Obispo de Brescia.

El sacrificio celestial instituido por Cristo es verdaderamente el don de su nueva alianza que nos dejó en herencia, como prenda de su presencia entre nosotros, la misma noche en que iba a ser entregado para ser crucificado. Éste es el viático de nuestro camino, con el cual nos alimentamos y nutrimos durante el peregrinar de nuestra vida presente, hasta que salgamos de este mundo y lleguemos al Señor; por esto decía el mismo Señor: Si no comen mi carne y no beben mi sangre, no tendrán vida en ustedes. 

Quiso, en efecto, que sus beneficios permanecieran en nosotros, quiso que las almas redimidas con su sangre preciosa fueran continuamente santificadas por el sacramento de su pasión, por esto mandó a sus fieles discípulos, a los que instituyó también como primeros sacerdotes de su Iglesia, que celebraran incesantemente estos misterios de vida eterna, que todos los sacerdotes deben continuar celebrando en las Iglesias de todo el mundo, hasta que Cristo vuelva desde el cielo, de modo que, tanto los mismos sacerdotes como los fieles todos, teniendo cada día ante nuestros ojos y en nuestras manos el memorial de la pasión de Cristo, recibiéndolo en nuestros labios y en nuestro pecho, conservemos el recuerdo imborrable de nuestra redención. 

Además, puesto que el pan, compuesto de muchos granos de trigo reducidos a harina, necesita, para llegar a serIo, de la acción del agua y del fuego, nuestra mente descubre en él una figura del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo compuesto por la muchedumbre de todo el género humano y unido por el fuego del Espíritu Santo. 

Jesús, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, porque así convenía para cumplir la voluntad salvífica de Dios, penetró en las aguas bautismales para consagrarlas, y volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como atestigua el evangelista San Lucas: Jesús regresó de las orillas del Jordán, lleno del Espíritu Santo. 

Asimismo, también el vino que es su sangre, resultante de la unión de muchos granos de uva, de la viña por él plantada, fue exprimido en el lagar de la cruz, y fermenta, por su propia virtud, en el espacioso recipiente de los que lo beben con espíritu de fe. 

Todos nosotros, los que hemos escapado de la tiranía de Egipto y del diabólico Faraón, debemos recibir, con toda la avidez de que es capaz nuestro religioso corazón, este sacrificio de la Pascua salvadora, para que nuestro Señor Jesucristo, al que creemos presente en sus sacramentos, santifique nuestro interior; él, cuya inestimable eficacia perdura a través de los siglos. 

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De la Apología primera de San Justino, mártir, a favor de los cristianos.

San Justino. (100 - 165)

Concluidas las oraciones, nos saludamos con el beso de paz; y luego se le presenta al que preside a los hermanos, el pan, y una copa de vino y agua; y tomándolo todo, tributa alabanzas y gloria al Padre de todas las cosas, en nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y le ofrece una larga acción de gracias, por los dones que hemos recibido de su mano. Apenas se da fin a estas oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo que está congregado manifiesta con sus aclamaciones la parte que toma en aquel acto, y responde en alta voz Amén, palabra hebrea que significa Así sea. Entonces los ministros, que nosotros llamamos Diáconos, distribuyen entre los asistentes el pan, el vino y el agua, que se ha consagrado por medio de la acción de gracias, y llevan también una parte a los ausentes.

A este alimento le damos el nombre de Eucaristía, y a nadie le es permitido participar de él, si primero no hace profesión de creer nuestra doctrina; si no ha sido purificado y regenerado en el bautismo, y no vive conforme a la ley de Jesucristo.

Por lo demás, debe tenerse presente que no tomamos nosotros este alimento como pan y bebida ordinaria, sino que así como sabemos que Jesucristo, nuestro salvador, tomó verdaderamente carne y sangre por el Verbo de Dios, con el fin de salvarnos, hemos también sabido, que este alimento, santificado por la oración y la acción de gracias de Jesucristo, se convierte en su mismo Cuerpo y Sangre, y se hace alimento de nuestro cuerpo y sangre: porque los apóstoles, en sus escritos, que llaman Evangelios, nos enseñan, que habiendo Jesucristo tomado el pan, y ofrecido la acción de gracias, se les dio diciendo: éste es mi cuerpo; e igualmente habiendo tomado el vino, se les presentó diciendo: Ésta es mi sangre, y les mando que hicieran lo mismo en memoria suya.

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Del Tratado de Ireneo contra las herejías.
 
San Ireneo de Lyon. (130 - 202)

Si no fuese verdad que nuestra carne es salvada, tampoco lo sería que el Señor nos redimió con su sangre, ni que el cáliz eucarístico es comunión de su sangre y el pan que partimos es comunión de su cuerpo. La sangre, en efecto, procede de las venas y de la carne y de todo lo demás que pertenece a la condición real del hombre, condición que el Verbo de Dios asumió en toda su realidad para redimirnos con su sangre, como afirma el Apóstol: Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Y, porque somos sus miembros, nos sirven de alimento los bienes de la creación; pero él, que es quien nos da estos bienes creados, haciendo salir el sol y haciendo llover según le place, afirmó que aquel cáliz, fruto de la creación, era su sangre, con la cual da nuevo vigor a nuestra sangre, y aseveró que aquel pan, fruto también de la creación, era su cuerpo, con el cual da vigor a nuestro cuerpo. 

Por tanto, si el cáliz y el pan, cuando sobre ellos se pronuncian las palabras sacramentales, se convierten en la sangre y el cuerpo eucarísticos del Señor, con los cuales nuestra parte corporal recibe un nuevo incremento y consistencia, ¿cómo podrá negarse que la carne es capaz de recibir el don de Dios, que es la vida eterna, si es alimentada con la sangre y el cuerpo de Cristo, del cual es miembro?

Cuando el Apóstol dice en su carta a los Efesios: Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, no se refiere a alguna clase de hombre espiritual e invisible -ya que un espíritu no tiene carne ni huesos-, sino al hombre tal cual es en su realidad concreta, que consta de carne, nervios y huesos, que es alimentado con el cáliz de la sangre de Cristo, y que recibe vigor de aquel pan que es el cuerpo de Cristo. 

Y del mismo modo que la rama de la vid plantada en tierra da fruto a su tiempo, y el grano de trigo caído en tierra y disuelto sale después multiplicado por el Espíritu de Dios que todo lo abarca y lo mantiene unido, y luego el hombre, con su habilidad, los transforma para su uso, y al recibir las palabras de la consagración se convierten en el alimento eucarístico del cuerpo y sangre de Cristo; del mismo modo nuestros cuerpos, alimentados con la eucaristía, después de ser sepultados y disueltos bajo tierra, resucitarán a su tiempo, por la resurrección que les otorgará aquel que es el Verbo de Dios, para gloria de Dios Padre, que rodea de inmortalidad a este cuerpo mortal y da como regalo la incorrupción a este cuerpo corruptible, ya que la fuerza de Dios se muestra perfecta en la debilidad. 

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De las Homilias de San Juan Crisóstomo.

San Juan Crisóstomo. (347 - 407)

 "¡Cuantos dicen ahora de Cristo: Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado! Pues helo ahí, a él ves, a él tocas, a él comes. Tú te contentas con ver sus vestiduras, mas él te concede no solo verle, sino comerle, tocarle, recibirle dentro de ti. ¡Nadie, pues, se acerque a recibirle con náuseas, nadie con tibieza, todos encendidos, todos fervorosos, todos animados!"


"Porque si los judíos, puestos de pie, comían el cordero con gran prisa, teniendo el calzado en sus pies y básculos en sus manos, mucho más conveniente que estés tú alerta. Puesto que si ellos habían de ir a Palestina, y por eso tenían la figura de caminantes, tú, en cambio, debes trasladarte al cielo. Por lo tanto, en todo debes mostrarte diligente, pues no es pequeño el castigo con que se amenaza a los que indignamente comulgan. Piensa cómo te indignas contra el traidor y contra los que le crucificaron, y mira no te hagas también tú reo del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ellos mataron su Santísimo Cuerpo, ¿y tú le recibes con el alma sucia después de tantos beneficios? Porque no se contentó con hacerse por ti hombre, ser herido con bofetadas y crucificado, sino que se une y mezcla con nosotros; y no solo por fe, sino en realidad nos hace su propio cuerpo."
   
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