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martes, 5 de julio de 2016

7 citas de la Iglesia primitiva que demuestran el Primado de Autoridad de San Pedro.


"Pedro, situado por encima de los Apóstoles." San Pedro de Alejandría.

"Pedro, el príncipe de los Apóstoles." San Antonio de Egipto.

"Roma es conocida como el Trono Apostólico." San Atanasio.

"Moisés fue sucedido por Pedro, a quien se le entregó en sus manos la nueva Iglesia de Cristo, y el verdadero sacerdocio." San Macario de Egipto.

"Él [Jesús] le cambió su nombre por el de Pedro, de la palabra 'Petra' (roca); porque sobre él más tarde fundaría su Iglesia." San Cirilo de Alejandría.
 

"¿Quien puede confiar que está en la Iglesia, si se separa de la cátedra de Pedro, sobre la que la Iglesia ha sido fundada?" San Cipriano de Cartago.

"Lo mismo que el arca de Noé, mientras el mundo naufragaba, mantuvo a salvo a todos los que tenía adentro, así también la Iglesia de Pedro, mientras el mundo perece en llamas, mantendrá a salvo a todos los que ella abraza. Y como entonces, después del diluvio, la paloma llevó hasta el arca de Noé la señal de la paz, así también, después del juicio, Cristo traerá a la Iglesia de Pedro la alegría de la paz". San Máximo de Turín.

miércoles, 6 de abril de 2016

Palabras de San Juan Crisóstomo sobre la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.


Con estas citas aportamos evidencia objetiva de la creencia y la doctrina de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía en los tiempos más tempranos de la Iglesia.
 

Hoy día muchas comunidades neoprotestantes han popularizado la idea de que Jesús hablaba "simbólicamente" cuando dijo "esto es mi cuerpo" y "esta es mi sangre"; incluso dicen que en la era primitiva de la Iglesia la Eucaristía era entendida solo como un símbolo y que muy tardíamente la Iglesia católica "inventó" que se trataba del verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.
 

Esta y muchas otras citas más (te invitamos a leer: La Eucaristía en los Padres de la Iglesia)demuestran que la creencia de los primeros cristianos era la misma que conservamos y confesamos hoy los cristianos del siglo XXI, que la sustancia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo están verdaderamente presentes bajo los signos del pan y del vino luego de la consagración en la Santa Misa.

Cita de San Juan Crisóstomo (349-407):

 
"¿Qué pureza no debería tener el que goza de tal sacrificio? ¿A qué rayo solar no deberá vencer en resplandor la mano que divide esta carne, la boca que se llena de este fuego espiritual, la lengua que se enrojece y tiñe con tan venerable sangre? Piensa bien cuán crecido honor se te ha hecho, de qué mesa disfrutas. A quien los ángeles miran con respeto ni se atreven a mirar por el resplandor que despide, ese es nuestro alimento, con él nos unimos nosotros, y nos hacemos un mismo cuerpo y una misma carne con Cristo" (San Juan Crisóstomo, Homilia 82, sobre el evangelio de San Mateo). 


También te puede interesar: Imagen: San Juan Crisóstomo sobre la eucaristía.

jueves, 31 de marzo de 2016

Imagen: San Juan Crisóstomo sobre la Eucaristía

San Juan Crisóstomo fue un sacerdote de la Iglesia primitiva, nació en Antioquía el año 347 y murió en el 407. Fue obispo de la ciudad de Constantinopla entre el 398 y el 404. Es uno de los más grandes y eminentes teólogos de la Iglesia, es admirado y venerado tanto en la Iglesia de Occidente como en la Iglesia de Oriente. Lo de "Crisóstomo" no es su nombre, sino un título que se ganó por sus enormes dotes de predicador del evangelio. Este título viene del griego chrysóstomos que significa "boca de oro", chrysós = oro y stoma = boca.

Como se puede observar en esta cita y en la de muchos Padres más, la Iglesia primitiva siempre creyó, afirmó y enseñó la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía como lo sigue creyendo, afirmando y enseñando hasta el día de hoy la Iglesia católica. La idea protestante de que solo es un "símbolo" fue una novedad que nació hasta el siglo XVI, y en la que ni siquiera todos los líderes protestantes estuvieron de acuerdo. 

Nunca dudemos de que a quien vemos y recibimos en el Santo Sacramento del Altar es verdaderamente el Cuerpo de nuestro Señor Jesús, el mismo Cuerpo que estuvo clavado sobre la cruz para darnos vida eterna. 

"¡Cuantos dicen ahora de Cristo: Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado! Pues helo ahí, a él ves, a él tocas, a él comes. Tú te contentas con ver sus vestiduras, mas él te concede no solo verle, sino comerle, tocarle, recibirle dentro de ti."


sábado, 17 de octubre de 2015

17 de octubre: Fiesta de San Ignacio de Antioquía, primero en llamar "católica" a la Iglesia de Cristo.


Hoy conmemoramos a nuestro hermano en Cristo, San Ignacio, Obispo de Antioquía, el primer Cristiano en llamar "Católica" a la Iglesia de Cristo en el año 107 aproximadamente, en una carta a los cristianos de la ciudad de Esmirna, la que se cuenta entre una de sus siete famosas epístolas, y en la que San Ignacio, aconsejando a los cristianos de aquella ciudad sujetarse a la autoridad de su obispo, en función de guardar la unidad de la Iglesia como un solo cuerpo, declara:
"Por doquier aparezca el obispo, ahí esté el pueblo; lo mismo que donde quiera que Jesucristo está, también está la Iglesia Católica". Carta a los de Esmirna.

San Ignacio, conocido como uno de los Santos Padres de la Iglesia primitiva, fue un discípulo directo de los apóstoles San Juan y San Pablo, y se cree que casi con toda seguridad convivió también con San Pedro, mientras éste estuvo en Antioquía. San Ignacio murió martirizado siendo arrojado vivo a los leones en Roma, martirio al que se entregó gustoso al saber que moría por la causa de Jesús.
 

Sus cartas fueron una de las referencias más importantes que tomó como fuente de autoridad la Iglesia en el siglo IV al elaborar el canon de la Biblia, en especial al hacer la elección de los 27 textos del Nuevo Testamento, ya que uno de los elementos de base para reconocer como divinamente inspirado un libro apostólico, era saber si éste había sido aceptado y había recibido autoridad por parte de los primeros cristianos, siendo citado en sus cartas, o habiendo sido leído y usado en la litúrgia de las comunidades del cristianismo primitivo en que San Ignacio vivió.
 

Esto resalta la propia importancia de San Ignacio, pues su obra epistolar fue una información importante en la conformación de la Biblia cristiana. 

También a San Ignacio de Antioquía debemos una de las referencias cristianas más antiguas sobre la realidad sacramental (verdadero signo visible por medio del cual se nos transmite la gracia divina) de la Eucaristía y de la Presencial Real de Jesucristo en los dones consagrados al referirse al Sacramento del altar como "medicina de inmortalidad" cuando dice también en la carta a la Iglesia de Esmirna:
"No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible.

Reuníos en una sola fe y en Jesucristo... Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo."
De igual modo de San Ignacio proviene de una de las evidencias más remotas de la primacía de la Iglesia de Roma, cuando al escribirle a esta Iglesia cuando iba camino a su martirio, además de llenarla de elogios afirma que es la que "preside en el amor".
"Ignacio, que es llamado también Teóforo, a aquella que ha hallado misericordia en la benevolencia del Padre Altísimo y de Jesucristo su único Hijo; a la iglesia que es amada e iluminada por medio de la voluntad de Aquel que quiso todas las cosas que son, por la fe y el amor a Jesucristo nuestro Dios; a la que tiene la presidencia en el territorio de la región de los romanos, siendo digna de Dios, digna de honor, digna de parabienes, digna de alabanza, digna de éxito, digna en pureza, y teniendo la presidencia del amor, andando en la ley de Cristo y llevando el nombre del Padre" (Carta a los romanos).

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Eucaristía en los Padres de la Iglesia (Patrística).


Del Sermón de San Atanasio a los bautizados.

San Atanasio (297-373)
Obispo de Alejandría y Doctor de la Iglesia.

"Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el Cuerpo y el cáliz en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo... Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo"

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Del Tratado sobre los misterios.

San Ambrosio (337-397)
Obispo de Milán y Doctor de la Iglesia. 

Tal vez dices: "Es mi pan común". Mas este pan es pan antes de las palabras sacramentales; en cuanto sobreviene la consagración, el pan se convierte en la carne de Cristo. Por tanto, probémoslo. ¿Cómo lo que es pan puede ser el cuerpo de Cristo? ¿Por medio de qué palabras se hace, entonces, la consagración y cuyas son esas palabras? Del Señor Jesús. En efecto, todas las otras cosas que se dicen antes, por el sacerdote son dichas: se ofrecen alabanzas a Dios, se hace oración rogando por el pueblo, por los reyes, por los demás. En cuanto se llega a producir el venerable sacramento, ya el sacerdote no usa sus propias palabras, sino las de Cristo. De modo que la palabra de Cristo es la que produce este sacramento. 

¿Cuál es la palabra de Cristo? En verdad, aquella por la cual todas las cosas han sido hechas. Ordenó el Señor y se hizo el cielo; ordenó el Señor y se hizo la tierra; ordenó el Señor y se hicieron los mares; ordenó el Señor y se engendraron todas las creaturas. Mira, pues, cuán eficaz es la palabra de Cristo. Si tan poderosa es la palabra del Señor Jesús, de modo que por ella comienza a ser lo que antes no era, cuánto más ha de serlo para hacer que las cosas que ya eran sean y se cambien en otra cosa. No existían el cielo, ni existía el mar, no existía la tierra, pero escucha David que dice "Él dijo, y fueron hechos. Él ordenó, y fueron creados".

Así, pues, para responderte: antes de la consagración no estaba el cuerpo de Cristo, pero después de la consagración te digo que es ya el cuerpo de Cristo. [...] Aprendiste, pues, que el pan se convierte en el cuerpo de Cristo, y que se pone en el caliz vino y agua y que por la palabra de la consagración celestial se convierte en su Sangre. 

Pero tal vez digas: "Yo no veo la apariencia de la sangre". Pero tienes el signo. Así como tomaste la similitud de la muerte, así también bebes la semejanza de la preciosa Sangre, de modo que no se da el horror de la sangre que se derrama y, sin embargo, produce su efecto, el precio de la redención. Aprendiste, pues, que lo que recibes es el cuerpo de Cristo.

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De las Catequesis de San Cirilo de Jerusalén

Cirilo de Jerusalén (313 - 386)
Arzobispo de Jerusalén y Doctor de la Iglesia.

Jesús, el Señor; en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo: «Tomen y coman, esto es mi cuerpo.» y tomando el cáliz, después de pronunciar la Acción de Gracias, dijo: «Tomen y beban, ésta es mi sangre.» Por tanto, si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre? Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo tu cuerpo pasa a ser parte de su cuerpo y tu sangre de la suya. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. 

Así, como dice San Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina. 

En otro tiempo, Cristo, discutiendo con los judíos, decía: Si no comen mi carne y no beben mi sangre, no tendrán vida en ustedes. Pero, como ellos entendieron estas palabras en un sentido material, retrocedieron escandalizados, pensando que los exhortaba a comer su carne. 

En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del Antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el Nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma. 

Por lo cual, el pan y el vino eucarísticos no han de ser considerados como meros y comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe. 

Adoctrinados e imbuidos de esta fe tan cierta, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues, fuerzas a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual, y da brillo así al rostro de tu alma. 

Ojalá que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. 

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De los Tratados de San Gaudencio de Brescia, obispo

Gaudencio de Brescia. ( ¿ - c. 410)
Obispo de Brescia.

El sacrificio celestial instituido por Cristo es verdaderamente el don de su nueva alianza que nos dejó en herencia, como prenda de su presencia entre nosotros, la misma noche en que iba a ser entregado para ser crucificado. Éste es el viático de nuestro camino, con el cual nos alimentamos y nutrimos durante el peregrinar de nuestra vida presente, hasta que salgamos de este mundo y lleguemos al Señor; por esto decía el mismo Señor: Si no comen mi carne y no beben mi sangre, no tendrán vida en ustedes. 

Quiso, en efecto, que sus beneficios permanecieran en nosotros, quiso que las almas redimidas con su sangre preciosa fueran continuamente santificadas por el sacramento de su pasión, por esto mandó a sus fieles discípulos, a los que instituyó también como primeros sacerdotes de su Iglesia, que celebraran incesantemente estos misterios de vida eterna, que todos los sacerdotes deben continuar celebrando en las Iglesias de todo el mundo, hasta que Cristo vuelva desde el cielo, de modo que, tanto los mismos sacerdotes como los fieles todos, teniendo cada día ante nuestros ojos y en nuestras manos el memorial de la pasión de Cristo, recibiéndolo en nuestros labios y en nuestro pecho, conservemos el recuerdo imborrable de nuestra redención. 

Además, puesto que el pan, compuesto de muchos granos de trigo reducidos a harina, necesita, para llegar a serIo, de la acción del agua y del fuego, nuestra mente descubre en él una figura del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo compuesto por la muchedumbre de todo el género humano y unido por el fuego del Espíritu Santo. 

Jesús, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, porque así convenía para cumplir la voluntad salvífica de Dios, penetró en las aguas bautismales para consagrarlas, y volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como atestigua el evangelista San Lucas: Jesús regresó de las orillas del Jordán, lleno del Espíritu Santo. 

Asimismo, también el vino que es su sangre, resultante de la unión de muchos granos de uva, de la viña por él plantada, fue exprimido en el lagar de la cruz, y fermenta, por su propia virtud, en el espacioso recipiente de los que lo beben con espíritu de fe. 

Todos nosotros, los que hemos escapado de la tiranía de Egipto y del diabólico Faraón, debemos recibir, con toda la avidez de que es capaz nuestro religioso corazón, este sacrificio de la Pascua salvadora, para que nuestro Señor Jesucristo, al que creemos presente en sus sacramentos, santifique nuestro interior; él, cuya inestimable eficacia perdura a través de los siglos. 

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De la Apología primera de San Justino, mártir, a favor de los cristianos.

San Justino. (100 - 165)

Concluidas las oraciones, nos saludamos con el beso de paz; y luego se le presenta al que preside a los hermanos, el pan, y una copa de vino y agua; y tomándolo todo, tributa alabanzas y gloria al Padre de todas las cosas, en nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y le ofrece una larga acción de gracias, por los dones que hemos recibido de su mano. Apenas se da fin a estas oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo que está congregado manifiesta con sus aclamaciones la parte que toma en aquel acto, y responde en alta voz Amén, palabra hebrea que significa Así sea. Entonces los ministros, que nosotros llamamos Diáconos, distribuyen entre los asistentes el pan, el vino y el agua, que se ha consagrado por medio de la acción de gracias, y llevan también una parte a los ausentes.

A este alimento le damos el nombre de Eucaristía, y a nadie le es permitido participar de él, si primero no hace profesión de creer nuestra doctrina; si no ha sido purificado y regenerado en el bautismo, y no vive conforme a la ley de Jesucristo.

Por lo demás, debe tenerse presente que no tomamos nosotros este alimento como pan y bebida ordinaria, sino que así como sabemos que Jesucristo, nuestro salvador, tomó verdaderamente carne y sangre por el Verbo de Dios, con el fin de salvarnos, hemos también sabido, que este alimento, santificado por la oración y la acción de gracias de Jesucristo, se convierte en su mismo Cuerpo y Sangre, y se hace alimento de nuestro cuerpo y sangre: porque los apóstoles, en sus escritos, que llaman Evangelios, nos enseñan, que habiendo Jesucristo tomado el pan, y ofrecido la acción de gracias, se les dio diciendo: éste es mi cuerpo; e igualmente habiendo tomado el vino, se les presentó diciendo: Ésta es mi sangre, y les mando que hicieran lo mismo en memoria suya.

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Del Tratado de Ireneo contra las herejías.
 
San Ireneo de Lyon. (130 - 202)

Si no fuese verdad que nuestra carne es salvada, tampoco lo sería que el Señor nos redimió con su sangre, ni que el cáliz eucarístico es comunión de su sangre y el pan que partimos es comunión de su cuerpo. La sangre, en efecto, procede de las venas y de la carne y de todo lo demás que pertenece a la condición real del hombre, condición que el Verbo de Dios asumió en toda su realidad para redimirnos con su sangre, como afirma el Apóstol: Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Y, porque somos sus miembros, nos sirven de alimento los bienes de la creación; pero él, que es quien nos da estos bienes creados, haciendo salir el sol y haciendo llover según le place, afirmó que aquel cáliz, fruto de la creación, era su sangre, con la cual da nuevo vigor a nuestra sangre, y aseveró que aquel pan, fruto también de la creación, era su cuerpo, con el cual da vigor a nuestro cuerpo. 

Por tanto, si el cáliz y el pan, cuando sobre ellos se pronuncian las palabras sacramentales, se convierten en la sangre y el cuerpo eucarísticos del Señor, con los cuales nuestra parte corporal recibe un nuevo incremento y consistencia, ¿cómo podrá negarse que la carne es capaz de recibir el don de Dios, que es la vida eterna, si es alimentada con la sangre y el cuerpo de Cristo, del cual es miembro?

Cuando el Apóstol dice en su carta a los Efesios: Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, no se refiere a alguna clase de hombre espiritual e invisible -ya que un espíritu no tiene carne ni huesos-, sino al hombre tal cual es en su realidad concreta, que consta de carne, nervios y huesos, que es alimentado con el cáliz de la sangre de Cristo, y que recibe vigor de aquel pan que es el cuerpo de Cristo. 

Y del mismo modo que la rama de la vid plantada en tierra da fruto a su tiempo, y el grano de trigo caído en tierra y disuelto sale después multiplicado por el Espíritu de Dios que todo lo abarca y lo mantiene unido, y luego el hombre, con su habilidad, los transforma para su uso, y al recibir las palabras de la consagración se convierten en el alimento eucarístico del cuerpo y sangre de Cristo; del mismo modo nuestros cuerpos, alimentados con la eucaristía, después de ser sepultados y disueltos bajo tierra, resucitarán a su tiempo, por la resurrección que les otorgará aquel que es el Verbo de Dios, para gloria de Dios Padre, que rodea de inmortalidad a este cuerpo mortal y da como regalo la incorrupción a este cuerpo corruptible, ya que la fuerza de Dios se muestra perfecta en la debilidad. 

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De las Homilias de San Juan Crisóstomo.

San Juan Crisóstomo. (347 - 407)

 "¡Cuantos dicen ahora de Cristo: Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado! Pues helo ahí, a él ves, a él tocas, a él comes. Tú te contentas con ver sus vestiduras, mas él te concede no solo verle, sino comerle, tocarle, recibirle dentro de ti. ¡Nadie, pues, se acerque a recibirle con náuseas, nadie con tibieza, todos encendidos, todos fervorosos, todos animados!"


"Porque si los judíos, puestos de pie, comían el cordero con gran prisa, teniendo el calzado en sus pies y básculos en sus manos, mucho más conveniente que estés tú alerta. Puesto que si ellos habían de ir a Palestina, y por eso tenían la figura de caminantes, tú, en cambio, debes trasladarte al cielo. Por lo tanto, en todo debes mostrarte diligente, pues no es pequeño el castigo con que se amenaza a los que indignamente comulgan. Piensa cómo te indignas contra el traidor y contra los que le crucificaron, y mira no te hagas también tú reo del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ellos mataron su Santísimo Cuerpo, ¿y tú le recibes con el alma sucia después de tantos beneficios? Porque no se contentó con hacerse por ti hombre, ser herido con bofetadas y crucificado, sino que se une y mezcla con nosotros; y no solo por fe, sino en realidad nos hace su propio cuerpo."
   
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