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lunes, 13 de noviembre de 2017

San Juan Crisóstomo: Sobre Eva y la Nueva Eva (la Virgen María)




San Juan Crisóstomo (347-407)

(Catequesis sobre el cementerio y la cruz, 2: PG 49, 396).


¿Te das cuenta, qué victoria tan admirable? ¿Te das cuenta de cuán esclarecidas son las obras de la cruz? ¿Puedo decirte algo más maravilloso todavía? Entérate cómo ha sido conseguida esta victoria, y te admirarás más aún. Pues Cristo venció al diablo valiéndose de aquello mismo con que el diablo había vencido antes, y lo derrotó con las mismas armas que él había antes utilizado. Escucha de qué modo

Una virgen, un madero y la muerte fueron el signo de nuestra derrota. Eva era virgen, porque aún no había conocido varón; el madero era un árbol; la muerte, el castigo de Adán. Mas he aquí que, de nuevo, una Virgen, un madero y la muerte, antes signo de derrota, se convierten ahora en signo de victoria. En lugar de Eva está María, en lugar del árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la cruz; en lugar de la muerte de Adán, la muerte de Cristo.

¿Te das cuenta de cómo el diablo es vencido en aquello mismo en que antes había triunfado? En un árbol el diablo hizo caer a Adán; en un árbol derrotó Cristo al diablo. Aquel árbol hacia descender a la región de los muertos; éste, en cambio, hace volver de este lugar a los que a él habían descendido. Otro árbol ocultó la desnudez del hombre, después de su caída; éste, en cambio, mostró a todos, elevado en alto, al vencedor, también desnudo. Aquella primera muerte condenó a todos los que habían de nacer después de ella; esta segunda muerte resucitó incluso a los nacidos anteriormente a ella. ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios? Una muerte se ha convertido en causa de nuestra inmortalidad: éstas son las obras esclarecidas de la cruz.

¿Has entendido el modo y significado de esta victoria? Entérate ahora cómo esta victoria fue lograda sin esfuerzo ni sudor de nuestra parte. Nosotros no tuvimos que ensangrentar nuestras armas, ni resistir en la batalla, y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó y nosotros quienes hemos sido coronados. Por tanto, ya que la victoria es nuestra, imitando a los soldados, canten hoy, llenos de alegría, las alabanzas de esta victoria, alabemos al Señor, diciendo: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Dónde está, muerte, tu aguijón?

Éstos son los admirables beneficios de la cruz a favor nuestro: la cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe. 

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También puedes leer: La Virgen María, la primer cristiana de todos los tiempos.

sábado, 15 de octubre de 2016

[Imágenes apologéticas] La Tradición de la Iglesia y los autores de los cuatro Evangelios.

¿Sabías que los textos de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento no fueron firmados por quienes los escribieron? Es la Tradición la que nos proporciona los datos sobre sus autores y su origen en el círculo apostólico, datos que fueron transmitidos y resguardados en el seno de la Iglesia de siglo en siglo.

Hay quienes dicen que solo hay que confiar en la Escritura y no en la Tradición. Pues bien, deshagámonos de la información proporcionada por la Tradición y nos quedan solo cuatro textos anónimos, cuyo origen apostólico –y por tanto su carácter autoritativo en materia de fe- tendría que ser puesto en duda. De ese tamaño es la importancia de la Tradición.



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