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lunes, 27 de junio de 2016

Homilia del Papa Francisco en Misa con sacerdotes y religiosas de Estados Unidos.

Palabras del Papa Francisco en la Catedral de San Patricio en la ciudad de New York el 24 de septiembre del 2015:

Escuchamos al apóstol: «Alégrense, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas» (1P 1,6). Estas palabras nos recuerdan algo esencial: tenemos que vivir nuestra vocación con alegría.

Esta bella Catedral de San Patricio, construida a lo largo de muchos años con el sacrificio de tantos hombres y mujeres, es símbolo del trabajo de generaciones de sacerdotes, religiosos y laicos americanos que han contribuido a la edificación de la Iglesia en los Estados Unidos. Son muchos los sacerdotes y consagrados de este País que, no solo en el campo de la educación, han tenido un papel fundamental, ayudando a los padres en la labor de dar a sus hijos el alimento que los nutre para la vida.
 

Muchos lo hicieron a costa de grandes sacrificios y con una caridad heroica. Pienso, por ejemplo, en Santa Isabel Ana Seton, cofundadora de la primera escuela católica gratuita para niñas en los Estados Unidos, o en San Juan Neumann, fundador del primer sistema de educación católica en este País.

Esta tarde, queridos hermanos y hermanas, he venido a rezar con ustedes, sacerdotes, consagrados, consagradas, para que nuestra vocación siga construyendo el gran edificio del Reino de Dios en este País. Sé que ustedes, como cuerpo presbiteral, junto con el Pueblo de Dios, recientemente han sufrido mucho a causa de la vergüenza provocada por tantos hermanos que han herido y escandalizado a la Iglesia en sus hijos más indefensos.

Con las palabras del Apocalipsis, les digo que ustedes «vienen de la gran tribulación» (7,13). Los acompaño en este tiempo de dolor y dificultad, así como agradezco a Dios el servicio que realizan acompañando al Pueblo de Dios. Con el propósito de ayudarles a seguir en el camino de la fidelidad a Jesucristo, y me permito hacer dos breves reflexiones.

La primera se refiere al espíritu de gratitud. La alegría de los hombres y mujeres que aman a Dios atrae a otros; los sacerdotes y los consagrados están llamados a descubrir y manifestar un gozo permanente por su vocación. La alegría brota de un corazón agradecido. Verdaderamente, hemos recibido mucho, tantas gracias, tantas bendiciones, y nos alegramos. Nos hará bien volver sobre nuestra vida con la gracia de la memoria. Memoria de aquel primer llamado, memoria del camino recorrido, memoria de tantas gracias recibidas y sobre todo memoria del encuentro con Jesucristo en tantos momentos a lo largo del camino. Memoria del asombro que produce en nuestro corazón el encuentro con Jesucristo. Hermanas y hermanos, consagradas y sacerdotes. Pedid la gracia de la memoria para hacer crecer el espíritu de gratitud. Preguntémonos: ¿Somos capaces de enumerar las bendiciones recibidas? ¿O me las he olvidado?.

Un segundo aspecto es el espíritu de laboriosidad. Un corazón agradecido busca espontáneamente servir al Señor y llevar un estilo de vida de trabajo intenso. El recuerdo de lo mucho que Dios nos ha dado nos ayuda a entender que la renuncia a nosotros mismos para trabajar por Él y por los demás es el camino privilegiado para responder a su gran amor.

Sin embargo, y para ser honestos, tenemos que reconocer con qué facilidad se puede apagar este espíritu de generoso sacrificio personal. Esto puede suceder de dos maneras, y las dos maneras son ejemplo de la «espiritualidad mundana», que nos debilita en nuestro camino de mujeres y hombres consagrados y consagradas, de servicio y oscurece la fascinación, el estupor del primer encuentro con Jesucristo.

Podemos caer en la trampa de medir el valor de nuestros esfuerzos apostólicos con los criterios de la eficiencia, de la funcionalidad y del éxito externo, que rige el mundo de los negocios. Ciertamente, estas cosas son importantes. Se nos ha confiado una gran responsabilidad y justamente por ello el Pueblo de Dios espera de nosotros una correspondencia. Pero el verdadero valor de nuestro apostolado se mide por el que tiene a los ojos de Dios. Ver y valorar las cosas desde la perspectiva de Dios exige que volvamos constantemente al comienzo de nuestra vocación y –no hace falta decirlo– exige una gran humildad. La cruz nos indica una forma distinta de medir el éxito: a nosotros nos corresponde sembrar, y Dios ve los frutos de nuestras fatigas. Si alguna vez nos pareciera que nuestros esfuerzos y trabajos se desmoronan y no dan fruto, tenemos que recordar que nosotros seguimos a Jesucristo, cuya vida, humanamente hablando, acabó en un fracaso: en el fracaso de la cruz.

El otro peligro surge cuando somos celosos de nuestro tiempo libre. Cuando pensamos que las comodidades mundanas nos ayudarán a servir mejor. El problema de este modo de razonar es que se puede ahogar la fuerza de la continua llamada de Dios a la conversión, al encuentro con Él. Poco a poco, pero de forma inexorable, disminuye nuestro espíritu de sacrificio, nuestro espíritu de renuncia y de trabajo. Y además nos aleja de las personas que sufren la pobreza material y se ven obligadas a hacer sacrificios más grandes que los nuestros, sin ser consagrados.

El descanso es necesario, así como un tiempo para el ocio y el enriquecimiento personal, pero debemos aprender a descansar de manera que aumente nuestro deseo de servir generosamente. La cercanía a los pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a los enfermos, a los explotados, a los ancianos que sufren la soledad, a los encarcelados y a tantos otros pobres de Dios nos enseñará otro tipo de descanso, más cristiano y generoso.

Gratitud y laboriosidad: estos son los dos pilares de la vida espiritual que deseaba compartir con ustedes sacerdotes, religiosas y religiosos esta tarde. Les doy las gracias por sus oraciones y su trabajo, así como por los sacrificios cotidianos que realizan en los diversos campos de apostolado. Muchos de ellos sólo los conoce Dios, pero dan mucho fruto a la vida de la Iglesia.

Quisiera, de modo especial, expresar mi admiración y mi gratitud a las religiosas de los Estados Unidos. ¿Qué sería de la Iglesia sin ustedes? Mujeres fuertes, luchadoras; con ese espíritu de coraje que las pone en la primera línea del anuncio del Evangelio. A ustedes, religiosas, hermanas y madres de este pueblo, quiero decirles «gracias», un «gracias» muy grande y decirles también que las quiero mucho.

Sé que muchos de ustedes están afrontando el reto que supone la adaptación a un panorama pastoral en evolución. Al igual que San Pedro, les pido que, ante cualquier prueba que deban enfrentar, no pierdan la paz y respondan como hizo Cristo: dio gracias al Padre, tomó su cruz y miró hacia delante.

Queridos hermanos y hermanas, dentro de poco, en unos minutos, cantaremos el Magníficat. Pongamos en las manos de la Virgen María la obra que se nos ha confiado; unámonos a su acción de gracias al Señor por las grandes cosas que ha hecho y que seguirá haciendo en nosotros y en quienes tenemos el privilegio de servir.

lunes, 28 de septiembre de 2015

¿El Papa realmente dijo que la muerte de Jesús fue un fracaso?

Al observar cuán rápido se ha hecho viral un video y una nota de una página protestante donde dan a entender que el Papa Francisco habría declarado que la muerte de Jesús fue un "fracaso" y ante las preguntas que sobre esto hemos recibido en distintos grupos de discusión en los que participo, me he animado a redactar rápidamente esta respuesta, después de volver a ver el video de la homilia completa del Papa.

¿EL PAPA REALMENTE DIJO QUE LA MUERTE DE JESÚS FUE UN FRACASO? 

Los grupos "evangélicos" más fanáticamente anticatólicos están usando unas palabras del Papa para arremeter de nuevo contra la Iglesia católica. Como hacen siempre estos grupos, toman un fragmento de las palabras del Papa y desfiguran por completo todo el mensaje para que de a entender algo que jamás dijo ni pretendió decir. Incluso esta vez han dio más lejos, no han tomado un fragmento, sino de plano han inventado una supuesta frase jamás pronunciada. Lamentablemente las personas menos analíticas compran la calumnia sin dudar. En el video y en la nota que se han viralizado principalmente a través de Facebook, dicen que el Papa declaró: "la muerte de Jesús en la cruz fue un fracaso". Primero, esto es totalmente falso, el Papa nunca dijo tal cosa. Las palabras exactas que emitió, en su contexto correcto, fueron las siguientes: "La cruz nos indica una forma distinta de medir el éxito: a nosotros nos corresponde sembrar, y Dios ve los frutos de nuestras fatigas. Si alguna vez nos pareciera que nuestros esfuerzos y trabajos se desmoronan y no dan fruto, tenemos que recordar que nosotros seguimos a Jesucristo, cuya vida, humanamente hablando, acabó en un fracaso: en el fracaso de la cruz".



¿Ahora suena totalmente diferente, verdad? Claro, pues ahora vemos las palabras exactas que él emitió, no las que los enemigos de la Iglesia pretenden hacer creer a las pobres personas que tienen la desdicha de leerlos o escucharlos.

¿Pero qué quiso decir realmente el Papa con estas palabras? Podría estar hasta de más explicarlo, es muy claro cuando se lee la cita completa y real. Pero demos una explicación brevemente. 

La medida del "éxito" del cristiano es totalmente distinta al concepto de "éxito" del mundo moderno, un mundo sin Cristo, por ello el Papa dice, haciendo énfasis en su discurso que, "HUMANAMENTE HABLANDO", o sea, medido con los criterios del mundo, la cruz "fue un fracaso"; más no lo fue, claro está, para los ojos de la fe, para los ojos con los que debe mirar un cristiano. El mundo secular nos vende una idea pervertida del éxito, donde nuestros esfuerzos siempre, y de la manera más inmediata posible, deben darnos "resultados" eficientes, tangibles, medibles, y por supuesto, traducirse en la mayor obtención de fama, dinero, placeres, etc. El Papa pronunció esas palabras que han creado tanta polemica gracias a la tergiversación malintencionada de algunos, en una Homilia dirigida a personas consagradas, (monjas, sacerdotes, etc.), y las pronuncia en el contexto de un mensaje sobre el trabajo de la evangelización. En este sentido, el Papa les recuerda que el éxito de los cristianos consagrados (o de cualquiera que se dedica a anunciar el evangelio de Jesús) es sembrar, sembrar el evangelio, y "Dios ve los frutos de nuestras fatigas". 

A veces, ciertamente, puede llevarnos a la frustración no ver resultados medibles, tangibles e inmediatos cuando anunciamos las razones de nuestra fe y de nuestra esperanza, pero esa es una visión sesgada por los parámetros "del mundo", los mismos parámetros que, HUMANAMENTE HABLANDO, como aclara el Papa, nos dicen que Jesús no fue más que un pobre tipo que, como muchos otros, terminó muerto en una cruz, o sea , que "fracasó".

Mas para los ojos de la fe, ante los ojos de Dios, evidentemente el sacrificio de Cristo es la hazaña más grande desde la creación del mundo. Así pues, el Papa nos invita a que cuando anunciemos el evangelio no midamos nuestros éxitos con criterios humanos, pues Dios ve los frutos de nuestro trabajo aunque nosotros, con una visión meramente humana, no los veamos de inmediato. El vicario de Cristo nos anima a ver la labor de sembrar el evangelio con el criterio y la medida de la fe, no con el parámetro del mundo, aunque éste último criterio juzgue de "inútil" o de condenada al fracaso nuestra labor.

En el siguiente enlace, se puede leer la Homilia completa donde el Papa Francisco pronunció esas palabras: http://respuestasdeuncatolico.blogspot.com/2016/06/homilia-del-papa-francisco-en-misa-catedral-san-patricio.html

https://www.youtube.com/user/AlfredoRdzMx?sub_confirmation=1